El padre Tomás

(De cómo llegó la nieve)

Antonio Tello 


   Usted es Manuel T. No me pregunte cómo lo sé, no sabría explicárselo, de la misma manera que tampoco usted sabría decirme por qué ha venido a yerme después de tanto tiempo. Pero lo esperaba. En cuanto apareció por el fondo del patio supe que por fin había venido, aunque ignorante de que pisaba un país extraño, un país que ha llevado una vida ajena a la suya...

   Si hubiese vestido pantalón vaquero, campera de cuero negra y botas altas del mismo color, hubiera sido capaz de jurar que era igual a alguien que soñé hace mucho, cuando asaltaban mi alma la duda y el entusiasmo.

   Seguramente su madre le habló de mí en alguna carta, o tal vez no, tal vez nunca me mencionó siquiera y quién sabe si no fue mejor así. Pero ahora su madre, su abuela y su hermano están muertos y para usted lo estaban desde mucho antes. Sabia que vendría un día cualquiera y también para qué, pero no se haga ilusiones, yo no tengo todo lo que usted busca, sólo una pequeña parte. Además, lo hecho, hecho está, aunque lo esperaba para morir en paz.

   ¿Le costó mucho encontrarme? ¿Sí? ¿Lo ve? Le diré lo que hizo: fue a la iglesia después de mucho preguntar y allí le dijeron con religiosa seriedad que no  me conocían, ¿sabe?, tienen vergüenza de un viejo cura

recluido, cuya visión nunca aceptaron y que pudorosamente llaman «crisis de conciencia», una locura, un desvarío espiritual que purgo desde hace mucho tiempo en este asilo. Bueno, usted fue y preguntó por el padre Tomás y le contestaron que no conocían a ninguno con ese nombre y creo que eran sinceros porque nunca me tuvieron por uno de ellos. Deje que me ría, aunque, claro, ya me doy cuenta de que esto no tiene nada de divertido, así que no me mire con esa cara. También usted se reirá si le digo que yo solía barrer el templo, arreglar la sacristía, ocuparme de las hostias y de tocar el órgano en ocasión de bodas y tedeums; hacía de todo pero llegaron a prohibirme que dijera misa o confesara porque me consideraban peligroso o tal vez sólo perturbado. Usted insistió, habló de un posible error, pero no sacó nada y ya se marchaba cuando el más joven de los curas le detuvo justo antes de cruzar el portal y, desde su escondite al lado de la pila bautismal, le dijo quién era yo y dónde estaba. Sonríe ¿eh? No me he equivocado en nada ¿verdad? Le diré otra cosa, y que Dios me perdone porque a lo mejor es más horrible de lo que pienso, pero en este asilo sólo es hermosa esta glorieta y nadie más que yo viene a ella. Fíjese en esas rosas enroscándose en las columnas blancas, tienen una bellez3 tan limpia como empecinada que las hace ajenas a los habitantes de este lugar. Detesto a los viejos, me repugna su piel arrugada y sebosa, la boca desdentada, el temblor de sus labios y la torpe insolencia de creerse niños. Pobres, no saben o no quieren saber que los niños no tienen recuerdos sino sueños, ¿me comprende?, por eso yo alimenté los sueños de su hermano y los dejé crecer y ocupar este mundo cargado de un pasado ajeno y de un presente monstruoso que los esbirros del General se encargaban de avivar a cada instante. Me ha oído bien, si, yo alimenté los fantásticos sueños de su hermano hasta su locura, pero no me odie, por favor, escúcheme, fue un acto de piedad hacia un muchacho inocente que vivía sumido en una fe ciega en un padre y en un hermano que habían desaparecido imprevista y repentinamente de su vida. Su hermano sufría continuas pesadillas que luego me contaba con infinito dolor, lo mismo que las viejas historias que su abuela, a su vez, le contaba a él. En alguna de estas ocasiones fue cuando debió de dejar de llamarme Tomás, padre Tomás, pero pronto me di cuenta de lo que estaba pasando por su cabeza. El día en que, después de la procesión, me pidió unas monedas para ver Robinson Crusoe fue inolvidable para mí. El chico había leído el libro  y quería ver la película, una dudosa versión mexicana que pasó sin pena ni gloria. Recuerdo que llegó corriendo y me dijo: «Manuel, dame unas chirolas para ver la del Avenida». Le di el dinero y se fue como había llegado porque se le hacía tarde. Yo, definitivamente para él, había dejado de ser el padre Tomás y sentí pena por él e increíblemente también por mucha gente, ya sabe a qué me refiero, y por usted, que había decidido marcharse de la organización, como antes se había marchado de su familia. Pero por el momento no hice nada. Después de aquella tarde, seguramente su madre le escribió lo que pasó, el chico se encerró desnudo en su pieza y comenzó a amontonar trastos, llevar animales y cuanta porquería caía en sus manos, a la manera de un Robinson náufrago entre nosotros. Durante mucho tiempo me sentí culpable de la desgracia y creo que tuve una verdadera crisis de conciencia, como diría el Obispo.  Sufrí mucho, los sueños del muchacho me obsesionaban continuamente y deseé redimirme como fuese ante él, ante mí, ante los hombres. El chico lo admiraba mucho, me dije un día, y me di cuenta en ese instante de lo que tenía que hacer. Decidí, entonces, llevar a cabo todo aquello que hubiese hecho Manuel T. de haberse quedado. Era también una especie de homenaje al amor de un inocente, una reivindicación de la locura, el deseo de sublevar la imaginación contra esa normalidad que nos destruía lentamente. No, es mejor que no diga nada, que no haga nada ahora, usted tuvo sus motivos para irse y no regresar hasta hoy y yo tuve los míos para dejar de ser quien era y convertirme en Manuel T. Créame, estoy perfectamente lúcido, sé lo que le estoy diciendo, es la pura verdad... porque de la misma manera renuncié, renegué de su nombre cuando la derrota fue ostensible.

   Oiga... ¿le dije que este lugar tiene de malo a los viejos y de bueno esta glorieta y sus rosas? Le voy a decir otra cosa; también tiene de bueno la soledad y ¿sabe por qué?: porque es lo único solidario que tiene la gente que habita los asilos. En la calle no pasa lo mismo, allí la soledad es egoísta y desesperada y los hombres envejecen con un insidioso sentimiento de culpa en el alma. Este sentimiento es el que nos coarta la libertad rebajándonos a una vejez temblorosa. Padres e hijos sienten unos de otros y de sí mismos una vergüenza inconfesada. Yo soy cura, usted bien lo sabe, y antes mi fe en Dios era temerosa de su infinito poder; pero he aprendido que no debo temer a ese poder sino a la debilidad esencial de los hombres, sobre todo la de los hombres oprimidos, porque ¿qué es la debilidad sino el rostro de ese sentimiento de culpa por pretender algo, yo diría la libertad, para lo cual nuestra alma no esta convencida ni de su legitimidad ni de su existencia? Quiero decir que hemos hecho de la libertad una estatua impasible, un poema, un fantasma miserable. Bah, dejemos esto... usted se marchó un día de diciembre, pocas horas más tarde de que una gitana le tirara las cartas y le anunciara parte de su destino, un destino que usted ni siquiera intentó modificar, aceptándolo como una fatalidad. ¿Se da cuenta de la contradicción? Con el tiempo he ido conociéndolo, intuyendo sus más íntimos pensamientos y deseos. También conocí a Matilde y viví con ella después de que ella fuese en su busca y usted la rechazara, pero no sé si alguna vez me amó. Ella era una mujer hermosa pero estaba derrotada. No le digo todo esto para molestarlo, trate de comprenderme, estas cosas  han sucedido hace muchos años y usted ha venido a buscar algo que ya no existe y que aun existiendo tampoco le serviría de nada. Pero es necesario que se entere de lo que pasó durante su ausencia, algo es algo, y, casi con seguridad, ya se ha reunido o se reunirá con los pocos que sobrevivieron a la derrota. Ellos también han envejecido y, como todos los demás, trabajan y fornican, fornican y trabajan y dan vivas a la Revolución en sus noches de borracheras. No les juzgo, no tengo por qué hacerlo, ellos dieron más de lo que podían dar y, aunque usted no estuvo, no tiene que sentirse totalmente excluido. Usted está aquí, ha vuelto y espero que no sea un remordimiento de visita. No hay peor cosa que los remordimientos...

    Yo lo esperaba y ha venido, ahora puedo morir feliz, ya prolongué demasiado mi juventud, más que cualquiera de los hombres que lucharon y sucumbieron a la soledad de la calle. Moriré siendo más joven que usted, pero tenía el remordimiento de haberle complicado para siempre la vida falseando su destino y que no me perdonara el abuso, es decir, que me muriera sin advertir su regreso. Son cosa fea los remordimientos, aunque nos justifiquemos de mil maneras. Le agradezco que esté aquí frente a mí. No importa que no haya deseado realmente venir y sólo se haya dejado arrastrar por un impulso profundo y extraño, incomprensible para su tremenda, egoísta soledad en la que ha exiliado su corazón. No tome esto como un reproche, no tengo derecho a hacérselo, como tampoco lo tiene usted, porque lo conjuró en el mismo momento en que decidió regresar a la ciudad, recorrer sus calles y preguntar por mi. ¿Se da cuenta? Un poeta vencido, con el alma desterrada de sus propios sueños, ha regresado buscando un viejo poema que tal vez no haya escrito nunca y un montón de libros y sospecha que yo puedo tenerlos. Usted se equivocó una vez, se asustó, huyó, pero piénselo bien, no se equivoque, no se asuste ni huya otra vez, porque no habrá una nueva oportunidad. Si ese poema existe es posible que ya no le diga nada y tal vez le convenga intentar otro. En todos estos años he pensado en usted y en mí como en una sola persona, he pensado en esos hombres que aún vivan a la Revolución cuando se emborrachan y siempre termino sumido en la misma visión: la ominosa desnudez de las palomas desplumadas. ¿Se ha fijado alguna vez en ella? Es horrenda la piel violácea  que parece perforada por infinidad de alfileres que la sostienen sobre los cuerpos descarnados de esos pobres animales. Es una visión ofensiva de la derrota y usted y yo la hemos tenido y hemos terminado por volver la cabeza entristecidos. Por eso enterré sus libros, su poema y mi Biblia en los médanos de la Cabeza del Indio, por eso enterré allí a Manuel 1. hasta que usted regresara, si es que regresaba algún día... pero espere... no se vaya todavía...