Antonio Tello: el ruido que asusta al tigre

Por Luis Alonso Girgado

El Correo Gallego de Santiago, 19 de marzo de 1989


Si la vida política del pasado reciente argentino hubiese discurrido por cauces de normalidad, Antonio Tello continuaría haciéndose como escritor en su país. Es más dudoso, en cambio, que ciertas obsesiones recurrentes, ciertos temas y esa crispada angustia que da tono a numerosos momentos de su prosa se hubiesen producido.

Pero en 1975, Antonio Tello, hubo de exiliarse en España y desde entonces reside en Barcelona. Forma parte, pues, de ese numeroso grupo de escritores argentinos exiliados que, habiéndose iniciado como tales escritores en su país natal, prosiguen su obra entre nosotros. Cercados por esa herida múltiple que es el exilio, en la medida que encuentran aquí su segunda patria -la primera del idioma nadie se la puede quitar- este país nuestro dará cuenta de su memoria histórica y de su buena salud moral.

Antonio Tello (n. en Villa dolores, Córdoba, Argentina, en 1946), profesor y periodista, se inició en la narrativa en 1973 con un libro de relatos, El día en que el pueblo reventó de angustia. Ya en España, publicó su primera novela, De cómo llegó la nieve (Tusquets, 1987).

Mientras escribe la segunda ve aparecer su segundo libro de relatos, El interior de la noche (Tusquets, 1989). Es este un conjunto de dieciocho piezas narrativas agrupadas en tres apartados. El tercero de ellos, el más extenso, titulado significativamente "Memoria del exilio", incluye lo escrito en la situación de exilio.

Uno de los signos de madurez, de perfección de un libro de poemas o de relatos es su unicidad. Ésta puede lograrse de diversas formas y una de ellas es la convergencia en un centro o núcleo significativo al que apunten, con entidad propia, cada una de las piezas del conjunto. Pues bien, en el caso de El interior de la noche, esa "noche" del título es eje de la práctica totalidad del universo narrativo.

El referente del que nace la metáfora de la noche no parece difícil. Porque los relatos de este libro son una abismada indagación en una amenazadora violencia, en el vuelo cercano de la muerte, en las tenazas del miedo y la soledad y en la memoria amarga de tanta catástrofe desde el exilio. La "Larga noche de males" del verso de Alfredo Zitarrosa acosa la vigilia y el sueño de la noche de los personajes de estos relatos. Relatos que son, en gran parte, huellas existenciales del "horror, la brutalidad y la miseria de aquellos días", de los días en que tuvo lugar aquella guerra invisible hecha de nocturnidad y silencio cómplice, de miedo y de ausencias.

Pero esta raíz, este sustrato de tan acusada presencia no se entrega al lector de manera inmediata. Está, de por medio, el lenguaje y la técnica para filtrar esa realidad y potenciarla estética y emocionalmente. Técnicamente, el escritor ha elegido una vía difícil, exigente. Nos referimos a ese tratamiento tangencial, oblicuo, mítico o alegórico bien visible en algunos de estos relatos.

A ello hay que añadir un constante proceso de ruptura y caotización de los planos del tiempo y del espacio, las concatenaciones oníricas y los enfoques visionarios de la realidad que sólo al final encuentra la clave identificativa y explicativa. Las huellas de Bioy Casares (nítidamente evocado en "La reinvención de Morel") y de Julio Cortázar no parecen lejanas, por no mencionar el opresivo mundo de Kafka.

Un apartado especial merece la especificidad de la prosa en estos relatos. Su elaboración estética es por momentos un fin en sí. Su ritmo o flujo acezante, el jadeo de la yuxtaposición, la sobrecarga verbal o9 la amplia espiral de algunos periodos dan la medida de un escritor para quien el lenguaje no se limita a fácil y transparente vehículo.

Este lenguaje, lastrado en determinados pasajes por el peso de la adjetivación, potencia, con la plenitud de su exceso el nivel de la pesadilla, violencia y muerte que informa las narraciones. En piezas como "La soledad de Rafael" o "La campaña del coronel Emilio" se contienen las mejores virtudes expresivas de Antonio Tello.

Algunas de las composiciones de El interior de la noche se nos graban muy especialmente. Así, la brutal elementalidad revelada en el diálogo interior, de estructura circular, en "La soledad de Rafael", lleno de fuerza coloquial; la tristeza y ternura que destila "La guerra invisible", técnicamente de lo más sencillo del libro; el contrapunto narrativo que, entre onomatopeyas, juegos fonosimbólicos y referencias folclóricas recorre la fantástica cabalgada de "La campaña del coronel Emilio"; la desnudez y la hondura -juego de palabra y silencio- expresivas de "El hombre que mató", con el acierto de un simbólico motivo narrativo; el oscuro misterio y cerrado simbolismo de "La catinga"; etc.

Conviene advertir, no obstante, que el alargamiento de la fábula, la multiplicación de rupturas, la sobrecarga visionaria acaban en algunos casos por difuminar el relato, restándole eficacia y agobiando al lector. Un exponente de esto podría ser "Nocturno".

Como toda literatura exigente -y estos relatos de Antonio Tello lo son- la pausada relectura resulta aquí esclarecedora y gratificante. Acaso un mayor margen de contención expresiva no viniese mal en un escritor ya maduro, dominador de la técnica y asombrado dueño de un mundo de muerte y violencia que ha vivido muy de cerca y ha sabido transmutar en buena literatura. Como el tigre, sabe que tras el ruido vienen los cazadores y que el instinto aconseja prevenirse. Antonio Tello lo ha hecho, pero no se ha librado del rastro del terror y de la angustia. Sus relatos patentizan una meditativa nostalgia que alimenta el vivir de la memoria; una memoria que el dolor de la distancia no ha logrado enmudecer.