El hijo del arquitecto
(Fragmento correspondiente al principio de la novela)
Antonio Tello
1
Donde se narra la repentina muerte
Un
puñado de cenizas al viento y el viento que esparce las cenizas. Sobre el mar.
Sobre el tiempo. Ese polvo leve y gris que se pierde... fue mi padre. El
arquitecto. El constructor del templo más bello del mundo.
Mi abuelo, aún sosteniendo la minúscula urna vacía, me busca, mientras
yo, inhibido para aceptar la ausencia, pienso en mi padre muerto e incapaz de
imaginarme la disolución sólo siento su mirada desde algún lugar de la
memoria. Presumo que quizás es así el puro recuerdo. Algo semejante a una
pequeña sombra que pasa sobre nosotros, corno ese pájaro que zigzaguea sobre
nuestras cabezas, se asienta unos instantes en la proa del barco y enseguida se
aleja en dirección a la costa. Allí, en el muelle, envueltas de silencio,
decenas de personas nos hacen sentir su dolor por la muerte del hombre que había
construido la Catedral de los Siete Alminares. Acaso esa gente, igual que yo, se
interroga por la razón que indujo al arquitecto a lanzarse desde el más alto
de los siete alminares de su catedral. Pero a diferencia de sus preguntas, las mías,
las de muchacho de quince años son apasionadas y, en este caso, cargadas de
rabia y dolor
-¿Por qué?- Musito sabiendo que la respuesta posible es conjetura. La
razón que impulsó al suicidio a un hombre capaz de amar a Dios como él lo amó,
construyéndole un templo al que acuden peregrinos de todo el planeta siguiendo
las invisibles rutas de la fe, es tan secreta como aquella que lo indujo a vivir
en soledad los últimos cinco años.
-Quizás es que había dejado de creer- murmura entonces mi abuelo como
si viviéramos los mismos pensamientos.
-Quizá nunca creyó- digo sin darme cuenta de la terrible sospecha que
acabo de pronunciar.
Atrás queda el gentío y su murmullo se confunde con el de las olas que,
con regular intermitencia se desgranan con un rumor de arena en la playa. Entre
el mar y el cielo intensamente azules, un cúmulo de nubes blancas, redondas y sólidas,
aparece por el borde del horizonte, sobre el cual asoman, como banderas
multicolores de un antiguo ejército, las velas de una regata.
Ajeno al paisaje y a mi comentario mi abuelo dice:
-Por aquí, cuando era niño, tu padre trajinaba arena y agua para hacer
sus castillos de arena.
Quise pensar en mi padre de niño, pero sólo imaginé un niño de difuso
rostro. Un niño como cualquier otro trasegando la informe masa en un pequeño
cubo.
Mi abuelo sonríe para si al recordarlo. Él también sabe de la precaria
felicidad de levantar castillos en la arena, de la secreta lucha contra el
inexorable avance de la marea o el imprevisto golpe de una ola. Tal vez piensa
que en eso consiste el valor de construir castillos de arena, en hacerlos a la
vera del mar, del mismo modo como alzamos nuestras vidas a la orilla del tiempo.
-De pronto- dice mi abuelo con la mirada fija en el recuerdo, -oí su
grito y corrí hacia él. El agua, obstinada en su cometido, había sobrepasado
los muros defensivos de su castillo de arena y socavaba los cimientos. Unos
instantes después, una sombra húmeda y brillante era todo lo que quedaba de la
tosca fortaleza de arcilla.
Recuerdo el vuelo del pequeño pájaro y mi esfuerzo por recordar a mi
padre de otro modo que no fuese en el vacío.
-Pero a él- continúa mi abuelo evocando al que fue su hijo, -ya no le
importaba su efímera obra, sino la piedra que el mar había dejado al
descubierto. Una simple piedra alargada y roma que alzó con sus manitas y me
enseñó feliz por el hallazgo. Tuve una hermosa sensación y recordé entonces
una historia que me había contado mi padre. "Te contaré un cuento",
le dije plantando la piedra en la arena como si fuese un obelisco.
-¿Un cuento? -pregunto incrédulo.
Nos sentamos de cara al mar y después de un rato habla.
-Un cuento- responde, pero tengo la sensación de que no se dirige a mí.
-Hace muchos, muchos miles de años- continúa, -cuando los hombres habían ya
descubierto el fuego y fabricaban armas de piedra para cazar y defenderse, pero
seguían viviendo en cavernas, hubo uno que tuvo un extraño sueño. Soñó con
una mujer y también con un niño que se le parecía. Mucho tiempo después, en
otro lugar, porque siempre iban detrás de los animales que cazaban para comer,
aquel hombre encontró a la mujer del sueño y en lugar de arrastrarla hasta la
cueva, como hacían habitualmente los demás con las hembras que encontraban,
sintió en su interior que, antes de llevársela, debía hacerle saber que ya la
conocía, que la había soñado muchas noches atrás y que, desde entonces, la
llevaba en un lugar desconocido dentro de sí. Pero al intentarlo, el hombre,
carente del don de la palabra, no emitió sino broncos gruñidos que sólo
asustaron a la mujer y a él lo sumieron en una torpe melancolía. El resto de
la tribu cazó durante toda la primavera y todo el verano y, cuando arribó el
otoño, marchó abandonándolo en aquel paraje. El hombre, viéndose solo,
buscó una cueva y se metió en ella a esperar el invierno y algo que ignoraba.
Y habría muerto de frío y hambre, y de esa extraña tristeza que lo
distinguía de los otros, de no haber aparecido la misma mujer del sueño. Ella,
viéndolo en aquel estado, lenta y temerosa se fue acercando a él, poco a poco,
poco a poco, hasta que, estando tan cerca que sólo podía verle el rostro,
descubrió maravillada que el hombre era capaz de lloran Entonces, con un gesto
también nuevo para ella, alargó la mano y enjugó las lágrimas del cazador
Cuando arribó la primavera y el vientre de la mujer había crecido como el de
las hembras del bisonte, el cazador la llevó a la hondonada de un valle y le
mostró una enorme piedra alargada que él mismo había conseguido levantar
hasta dirigir su punta hacia el cielo.
El abuelo hace una pausa para mirarme y enseguida prosigue:
-Con el tiempo, otros monolitos se levantaron sobre la tierra a semejanza
de aquél que había alzado el cazador que soñó con una mujer y un niño que
se le parecía. Este hombre, que supo del amor antes de poder nombrarlo, quizá
fue el primer sacerdote, el primer arquitecto, el primer poeta que hubo entre
los hombres.
No sé qué decir y sigo con la mirada el vuelo de una gaviota sobre el
mar.
-Quizá tu padre era muy pequeño entonces para comprender el sueño del
cazador musita triste mi abuelo al tiempo que se incorpora.
Alzo los ojos al cielo, pero me siento más desolado aún.
-Toma, era de tu padre, ahora es tuya- me dice mi abuelo entregándome
una vieja capa oscura; -el fuego no ha podido con ella. Fue el regalo que su
abuela, mi madre, le hizo el día en que se tituló de arquitecto y ella le
enseñó la pintura de la catedral, que años más tarde construiría.