Extraños en el paraíso

Antonio Tello

La lengua artística ante los efectos del destierro


   La profundidad de la convulsión que provoca el destierro afecta asimismo a la lengua dada su vinculación a la estructura de pensamiento. La lengua es un código de comunicación que identifica a una comunidad, un rasgo diferenciador sobre el que se soporta una etnia, una cultura, una religión o una nación más allá de los límites convencionales de los Estados. La versatilidad de su materia permite a su vez precisar en su misma jurisdicción la región o provincia, extracción o situación social, incluso profesión o bandería del hablante.

   La posibilidad de dominar más de una lengua, cualquiera sea la causa que la origine, faculta al hablante a actuar en otros tantos esquemas de pensamiento y lo dota de una mayor capacidad de comunicación; diversifica sus estructuras de pensamiento y lo coloca (o debería colocarlo) en una situación de privilegio para comprender el carácter diverso de la realidad. "Entre nosotros -dice la filóloga beninesa Agnés Agboton Adigoun- aprender otras lenguas es fundamental, porque el insulto es sagrado y debemos saber cómo responder a él para que no nos cause mal" (47).

   Sin embargo, aunque la lengua propia o ajena aprendida facilite instrumentalmente la comunicación no puede evitar el impacto que el destierro provoca en la identidad personal del hablante. Es más, es inevitable que el habla actúe como elemento diferenciador en el nuevo contexto, aunque éste pertenezca a la misma nación idiomática y el desterrado se esfuerce por abandonar su deje. La profundidad del vínculo se revela en esos momentos de tensión emocional, en los que se fraguan en lo más íntimo el ruego, la maldición o el balbuceo amoroso.

   Como escritor he vivido con particular intensidad este proceso, cuyo desarrollo y desenlace expuse en cierta ocasión y cuyo texto me permito incluir: ". . .En la medida que la palabra me crea y me identifica ante mí y ante los demás; en la medida en que pronunciar la palabra es un acto de fundación, se me ocurre que hablar es, en este sentido, una secuencia de diminutas fundaciones que constituyen el mundo.

   Creo que siempre tuve esta creencia, pero cuando el en tomo natural, ése en el que yo pronunciaba mi mundo y en el que éste era comprensible para los demás, desapareció, entonces me di cuenta de todo lo que había perdido; supe de ese modo inesperado y brutal que la palabra no era para mí un mero instrumento para contar historias, sino que la palabra era la historia misma; que era yo su instrumento expresivo, porque narraba desde dentro de ella, que es como decir desde dentro del mundo, las íntimas peripecias del dolor, la angustia y la soledad de otros hombres iguales a mí y que yo sentía correr por mis venas, como la savia corre por el cuerpo del árbol.

   El día en que el árbol fue arrancado, las raíces de la palabra quedaron en el aire. Desnudas y despojadas de todo alimento. Fue un pequeño cataclismo y al principio, la perplejidad y el aturdimiento no me dejaron ver el alcance de aquel desterramiento. El instinto de supervivencia me situó en los aledaños de la palabra y encontré en el periodismo un ejercicio de aprendizaje por el que aprendí un dialecto de comunicación convencional, que en esos momentos era como una piedrita en el zapato.

   De pronto el sentimiento de extrañeza y aislamiento cobró una dimensión demasiado grande y me sentí perdido. Era un extranjero con síndrome de nostalgia y, como tal, cada noche me inyectaba la savia aún viva del árbol desterrado, para pronunciar la palabra y evocar el paraíso perdido. Así terminé, por inercia, `De cómo llegó la nieve; mi primera novela.

   Mientras tanto, unos pequeños pelos nacían de las raíces y se adherían a la nueva tierra. El cuerpo del árbol se negaba a morir y brotes de tonalidades diferentes aparecían en sus ramas. No obstante, la copa seguía desnuda en espera de una primavera que parecía no llegar jamás. El corazón del árbol ya no bombeaba la antigua savia. Entonces me enfrenté al vacío. A la imposibilidad absoluta de pronunciar la palabra verdadera.

   ¿Escribir? Podía escribir, pero las historias que me salían estaban atrapadas en la falsedad argumental No las sentía. No eran mías. No era yo quien estaba en aquellas palabras-probeta, porque éstas, fruto de la inseminación artificial, no nacían de mis entrañas.

   No sin dolor acepté que mi conocido camino interior del sentimiento y la sensualidad estaba cerrado. No amaba. No sentía. Las ramas mayores del árbol eran leña. Entonces llegó un día en que pude volver a Argentina y en cuanto pisé su tierra me sentí otra vez yo. Reconocí la música de mi palabra, el ritmo de voces olvidadas y el calor de la ternura. Me dije que otra vez estaba en condiciones de volver a refundar el mito, como pedía Camus. Pero era una creencia falsa.

   La palabra retomada me sonaba ajena, demasiado débil para ser fundacional. Ya no era exactamente mi palabra. Se me había agotado el mundo. Fueron, aquéllos, días de profunda rabia y decepción, de angustia ante la página en blanco, ante la pantalla vacía donde el cursor destellaba su impaciencia. Nunca me pesó tanto el sentimiento de extranjeridad, de sentirme náufrago en un lugar cualquiera.

   Pero, al margen de mis desesperos, el árbol seguía vivo. Después de todo, me dije un día, el que elige el oficio de escritor, o acaso deba decir aquél que es elegido por él, se convierte en extranjero desde el mismo instante en que toma esa oscura decisión, porque su única y verdadera patria es la palabra. La extranjeridad geográfica no es sino una mera circunstancia de lugar para ese pronunciador de palabras, que es el escritor

   No sé precisar cuándo comprendí que mi problema de identidad y mi incapacidad para el ejercicio fundacional estaban enquistados en mi desconcierto, en la perplejidad del árbol que busca enraizarse. El afán de supervivencia me había llevado a creer erróneamente que para continuar existiendo tenía dos alternativas: Seguir siendo el viejo árbol argentino o bien ser un árbol integrado, aclimatado, en el jardín botánico local.

   La primera de las alternativas debí descartaría tras el primer regreso. Ya no era como los demás árboles de mi familia porque el nuevo enraizamiento había modificado mi follaje y ya difícilmente volvería a ser el que fui. 

   La segunda tampoco era posible porque nunca sería como los demás árboles que me rodeaban. No era argentino, pero tampoco español; no era cordobés, pero tampoco catalán y sin embargo seguía siendo> a todos los efectos y afectos, un argentino y cordobés que vivía en un medio que me era ajeno, pero no hostil.

   Continuaba sin poder escribir ni una Línea, pero sabía que algo estaba madurando dentro de mi y eso me daba esperanzas para el futuro. Dejé que la naturaleza siguiera su curso y que el árbol renaciera por los impulsos de la luz y de las sales de la tierra. Me convencí de que la argentinidad, aquello que yo añoraba, no era el rasguido ido de una guitarra o el gemido de un bandoneón, ni el perfil de la sierra Comechingones o el hilo horizontal de la pampa, porque esto es evocación y topografía; la argentinidad es, supongo, un estado mental o acaso sólo sentimental, donde comulgamos con nuestros seres queridos; una abstracción poética de la que soy una parte indisociable esté donde esté.

   Pero hay algo más. Superada esa fase crítica de angustioso vacío, me di cuenta de que al acentuar, o mejor dicho, preservar la condición de extranjeridad me ponía en una situación de privilegio con respecto al entorno inmediato y con respecto a mis compatriotas que permanecen en el país. En la medida en que se perfilaba mi identidad individual y aceptaba mi mestizaje, el distanciamiento me permitía reconocer matices esenciales de la palabra y establecer un compromiso más profundo con el sustantivo. Había aprendido a escuchar y detectar sus notas engañosas y también a valorar la ambigüedad significativa de algunos sonidos y, sobre todo, a detestar la hipocresía del eufemismo, uno de cuyos ejemplos más insidiosos es llamar `proceso' a uno de los períodos más inicuos de la historia argentina, durante el cual una banda de hacheros taló y arrancó árboles indiscriminadamente en nombre de los valores esenciales del bosque.

   Por esos días, leyendo un libro sobre el Renacimiento italiano me encontré con unas palabras muy hermosas del florentino Lorenzo Ghiberti: `aquél que lo ha aprendido todo no es extranjero en ninguna parte; exiliado y sin amigos, es ciudadano de cualquier país. Donde un hombre instruido fija su residencia, está en su casa'. Independientemente del conocimiento, Ghiberti, como humanista, hablaba de tolerancia, de aceptación del otro y de uno mismo.

   A esa altura sentía no sin impaciencia que estaba a punto de abandonar mi estado feudal, donde creía ser, en tanto miembro de una colonia o de un país existente sólo en la memoria. Cada día que pasaba sentía más fuerte el pálpito del renaces el alumbramiento o pulsión de una identidad que nada tenía que ver con el burocrático DNL

   El verano de 1990, como al final de un largo embarazo, pude escribir y escribí en un estado febril, de premiosa euforia, `El hijo del arquitecto; relato épico que es una metáfora. La del dramático esfuerzo del artista por hallar y formular la palabra capaz de fundar el mundo y hacerlo más armonioso, más habitable. Porque, según explica uno de los personajes de la novela, `el mundo, el mundo humano, es una palabra sin pasado, sin presente y sin futuro. Una palabra que simplemente existe por un acto de voluntad. Es la lectura lo que fragmenta el ser de la palabra en presente, pretérito y futuro. Pero la lectura también es un acto de voluntad que perfecciona el mundo, porque evoca la dimensión del todo y valora el esfuerzo del hombre por superar el dolor, aunque este esfuerzo no sea más que un fugaz destello en el gran espacio" (48).

   La vinculación personal con la escritura como expresión artística me permitió comprobar cuán honda era la fractura que se había producido en mi interior. No obstante seguir en el mismo ámbito idiomático, las peculiaridades y referencias ambientales que definían desde la lengua mi identidad habían sufrido los efectos devastadores del desarraigo dificultando, cuando no haciendo imposible, la fundación y expresión de un imaginario íntimo. Como el soldado de Aguirre, la cólera de Dios que sigue hablando sin darse cuenta de que ha sido decapitado, terminé en 1980 de escribir De cómo llegó la nieve, novela que es el trasunto de la pesadilla de una comunidad desde la perspectiva de un hombre, un poeta, Manuel T., que lucha contra la evidencia de la angustia: "Estoy roto. Me he trizado como un espejo contra el piso, veo mi rostro partido en mil trozos y pienso. Pienso en cada fragmento que me devuelve imágenes que son mías y ajenas. Sé que no me pertenezco, que me desconozco, porque cada uno que soy o que he sido engendra memorias diferentes y diversas con el estigma de la angustia. No quiero reconocerlo, aunque la escoba pronto se llevará mis parcialidades dejándome vacío, con la desesperación devorándome las uñas, impotente y solo, buscando las correspondencias solidarias de aquello que fui o quise sen Mido las distancias, contemplo mis nuevas, lejanas, absurdas geografías, y sueño con tramar la totalidad herida que tal vez puedo ser, con recomponer mis parcelas dispersas, y me sorprenden sueños, historias, pensamientos, deseos, crímenes, tristezas, amores, heroicidades, cobardías y nombres que no supe que me pertenecían hasta ese instante en que di contra la piedra que me fracturó la íntima sensación de ser quien creía ser, ignorante de los muchos que habitaban mi alma construyéndome con la engañosa calidad de los espejos, con sus tramposas perspectivas que al enfrentarse reproducen tu impertinencia física hasta el infinito."

   Con estos antecedentes, hacia el final de la novela, al sospechar que la lengua que se agosta entre las líneas de su escritura está vinculada a la naturaleza de su identidad y que, por ende, esta identidad comienza a desdibujarse, el narrador reacciona dispuesto a sobrevivir y a encontrar las palabras esenciales que lo nombren: "...Debo seguir buscando mi casa, la misma por la que no supe morir, y habitarla y defenderla, como aquella invención de Rafael. Debo seguir buscando porque los libros no se pudren. Son mares, digo los libros, son mares convertidos en historias urdidas con palabras fabulosas, con invenciones placenteras que aún siguen viviendo más allá del sueño de aquel que nos sueña. Digo que no se pudren, que no hay gusanos ni lanzas en sus entrañas y que aquel que me pertenece sólo espera que exilie mis miserias entre sus páginas".

   Con el correr de los días la vinculación se convierte en una certeza y así el anciano de La guerra invisible (49) explica a su nieto, mientras ambos miran el Mediterráneo, cómo fue que llegó a esa orilla: "Un día, cómo decírtelo, mi existencia quedó en suspenso, indecisa, entre el fuego y la imprenta, y el hombre que había empezado la obra temió por sus papeles. Así fue cómo nos metió en una maleta y, al cabo de un tiempo, una mañana de sol, nos continuó frente a este mar, que ahora miramos pensando en el otro".

   Instalado en esta orilla del océano, el instinto de supervivencia que supongo común a todo desterrado me llevó a aprender, a asimilar, el habla y la escritura locales sin darme demasiada cuenta del proceso transformador que había desencadenado con ello. La lengua que había adoptado para la escritura alimenticia era no obstante una lengua-herramienta, un recurso estrictamente funcional que me permitía acomodarme a las circunstancias, pero no ir más allá en el conocimiento ni en la expresión.

   El proceso de pérdida, de aculturación, siguió su curso irremediablemente e hizo crisis durante el proceso de redacción de Los días de la eternidad, cuando las palabras originales, como negándose a ser usadas por alguien a quien ya desconocían, condujeron al narrador de esta novela a decir del protagonista: "Al principio todo se le aparece demasiado vago como para que pueda darle coherencia y explicarse el sentido de las cosas en ese territorio donde abundan las obsesiones. La única certeza que tiene es que allí es distinto. Otro. Es Otro el que se aparta de sí para manifestar su vida en un lugar y en un tiempo diferentes, aunque no demasiado remotos. El paisaje es casi siempre el mismo, vasto y desprovisto de accidentes. En él las ciudades emergen mutándose en aldeas y éstas en ciudades del ni ¡sino y desconocido nombre. Se reiteran asimismo ocultas batallas detrás de las olas de una mar que se disuelve en salitre y de voces que se hunden indefectiblemente en el horizonte, como tragadas por el silencio.

   En esa especie de sopor propio del despertar se esperanza con que en un amanecer futuro al abrir los ojos recordará en su totalidad su obsesivo sueño. Pero, mientras llega ese mañana, procura reconocer cada objeto de la habitación, descubrir en las formas la huella de algún gesto propio, incluso el roce del alma, si esto fuese posible, sobre la superficie de las cosas. Mas nada le es familiar, salvo la máquina de escribir y un libro en el que alcanza a ver el retrato de un hombre vestido con el hábito militar.

   Ensimismado, observa la máquina, a sus delgadas falanges tipográficas adormecidas en abanico en espera de sus dedos que guardan, en la memoria táctil de las yemas, la erosionada grafía de las letras. Hasta cree percibir en ellos, en sus dedos, el embarazo de las palabras pugnando por una sintaxis que les dé sentido, una expresión capaz de hacerlas saltar más allá de la nada, por encima de la incandescencia que lo ciega y lo atrae hacia la disolución."

   Creí caer entonces en una especie de angustioso silencio que se convirtió en el paisaje propio de la esterilidad creadora, por el que vagaba con la pequeña esperanza del sediento que espera encontrar un manantial en el desierto. "Observo la flor -dice el joven sobreviviente del cuento La catinga-. Los pálidos pétalos que pugnan por la herida aún ceñida de los sépalos del brote. Observo en la tierra las letras que constituyen la palabra. He escrito F-L-O-R sobre la cicatriz de P-L-A-N-T-A y ésta a su vez sobre la casi invisible sutura de S-E-M-I-L-L-A. Aquello que la palabra significa, es. Me digo que aquello que la palabra evoca existe si vence las fuerzas compresoras del silencio; si rompe la costra de la tierra y la dura corteza de la rama."

   Como aquellos que atraviesan el mítico espacio de la catinga, una especie de monstruoso bosque que detiene a sus víctimas entre su fronda de tiempo inmóvil, quedé atrapado en un territorio infecundo, reducido a la condición de impotente espectador de la batalla que las palabras libraban dentro de mí por la hegemonía de la expresión creadora. Por esto puedo hacer mías las vivencias del protagonista de este cuento cuando sentí en mi interior un lejano murmullo parecido a la lluvia: "... al cabo me sorprende la leve rotura del aire al chocar con las piedras y el rumor de las horas. De un modo casi imperceptible siento que el peso de la soledad se hace más ostensible y que el silencio cambia de registro y me ahoga. El silencio. Ese líquido que inunda mis oídos y golpea contra los tímpanos hasta que un dolor agudo se clava en la marea espesa y me hunde...

   (Observo la flor La yema ha reventado y las ondas insonoras de su explosión se desplazan por el aire trastocando el orden de la catinga; haciendo que el decurso del tiempo recupere su dirección futura.)

   El tiempo avanza y, al amaneces el rugido lejano y múltiple de la catinga cruza el cielo astillado de luces. Es un bramido lleno de distancia y soledad que hiere de vida al mundo y alcanza el patio, donde millones de mariposas incoloras se arremolinan libando la flor Entre la resaca del silencio oigo cómo los frágiles aleteos se ciernen sobre la fortaleza con un rumor de espuma. Mientras, ante la puerta, cientos de hombres luchan y se matan de alegría, porque han conocido algunas de las palabras que repiten...".

   Es así como llegué al último cuento de El interior de la noche que evoca la pesadilla de un hombre encerrado en sus propios limites y que, sin yo saberlo entonces, marcaba el punto de inflexión en el proceso de sustantivo despojamiento al que me había visto sometido como escritor. Éste es el lugar de arranque de la siguiente novela, El hijo del arquitecto, la cual en tanto que metáfora del esfuerzo creador del artista, de su aspiración irrenunciable por fundar el mundo y formular su belleza, me ayudó a reconocer en la diversidad de los sonidos, cadencias y significados la esencia de la lengua, el sustantivo que soporta la escritura y de este modo aceptar que también podía elaborar una voz que se correspondiera con mi extranjeridad.

   No se trataba, como acaso supuse en algún momento, de anclarme en la lengua que hablaba y escribía en el pasado, en un tiempo y espacio que ya no habitaba, ni tampoco asimilar sin resistencia la del nuevo entorno. En ambos casos hubiese sido una impostación válida para la comunicación doméstica, pero no para la creación, pues ella necesita de la armonía y no hay armonía cuando la palabra y quien la pronuncia (escribe) no se corresponden. Una correspondencia que puede suscitar el peligro de confundir la perfección con la belleza. Como dice uno de los personajes de El hijo del arquitecto, ambas son "distintas y únicas en el concepto del mundo" y, aunque le comporte un sacrificio sobrehumano, es tarea del artista reconocerlas en él para no traicionarse, para no convertirse en "un error de su propia escritura". Ya dijo Aristóteles que la escritura es la representación del habla y el habla lo es de la mente, es decir del pensamiento, y éste, como quería Kant, es aquello que nos formula e identifica como seres humanos.

 

 

Los peligros de la impostura

 

   La sensibilidad artística y el conocimiento son dos vías primordiales para descubrir nuestra propia esencia, nuestra identidad, pues el fin del arte y la ciencia es mostramos dos aspectos de una misma realidad de la que forma parte la existencia humana. De aquí la dramática distorsión de esta unidad que se produce cuando el artista se convierte en traficante de imposturas y el científico en un siervo de la experiencia.

   En este sentido, creo que un escritor que no se preocupe de hacer de la escritura un fiel reflejo de su identidad y cuya mirada no acoja y ordene la diversidad de las visiones y sensaciones de la realidad difícilmente podrá crear una obra que equivalga a una síntesis perceptiva del mundo. Al margen de cualquier valoración, estética o mercantil, de su obra, como artista habrá fracasado, del mismo modo que el científico incapaz de situar su trabajo en el contexto del espíritu. No en vano Albert Einstein escribió que "la experiencia más hermosa que tenemos a nuestro alcance es el misterio. Es la emoción fundamental que está en la cuna del verdadero arte y de la verdadera ciencia" (50).  

   La consagración de la búsqueda científica y artística sólo sobre la base de hechos y relaciones comprobables y mensurables empíricamente está en el origen de la sacralización de la tecnología y de un arte sin espíritu que han conducido, consecuentemente, a la edificación de una civilización inhumana. Es decir que la negación de la dimensión trascendente del ser humano, de esa "emoción fundamental", reduce su realidad y sus actos y obras a la condición de objetos cuantificables en el ámbito de la producción y las transacciones mercantiles, y rechaza o destruye cualquier forma de civilización o expresión cultural que no responda a los parámetros de su dimensión objetiva.

   La sensaciones cotidianas de insatisfacción, de acabamiento y de ser arrastrado y manipulado como una mercancía por fuerzas invisibles que experimenta el ser humano contemporáneo son los síntomas de una alienación que lo extraña del mundo y le hace ininteligibles las lenguas que no estén consagradas al orden socio-tecnológico sancionado por el pensamiento cientificista. No es cierto que el auge de los medios de comunicación haya babelizado el mundo, antes bien, en consonancia con la globalización económica y las tendencias de hegemonía cultural que manifiestan los países ricos, parece pretender un idioma también homogéneo que garantice el dominio planetario de éstos. Desde el poder se elabora una lengua artificial que opera como un objeto idéntico a la realidad objetivada por el orden constituido y se somete a su exclusivo servicio. Es ésta una lengua funcional, una lengua-herramienta, que se desarrolla y manifiesta sobre la superficie de las cosas y de los actos humanos. Pero la verdadera lengua se rebela y se resiste a toda objetivación porque, por su propia naturaleza, no puede realizarse separada del ser humano, de cuya esencia y múltiples interrelaciones que construyen su realidad participa. En tanto que vinculada a la identidad humana, la lengua es reflejo del crecimiento personal de los individuos y vehículo de expresión y difusión del conocimiento, lo cual aboca al artista y al científico a emplear en sus creaciones e investigaciones una lengua sensible a su propia identidad, a sus estados y transformaciones, y a la realidad dinámica del mundo para aproximarse al verdadero conocimiento, a la belleza y a la perfección. La lengua resultante, segura de su identidad sustantiva y de su pertenencia a un ámbito cultural, es abierta a las nuevas voces, propicia al mestizaje léxico y a la diversidad de los sonidos que potencian los significados, transforman la sintaxis y proyectan su vocación universal. Al menos, fue así cómo, desde que concilié lo que llevaba dentro de mí con el entorno que habitaba, pude recuperar la energía creadora de la palabra y reconocer en la extranjeridad mi propia identidad.

 

Notas:

47. Agnés Agboton Adigoun, domina varias lenguas africanas (gun, fou, miná, etc.) y europeas (español, francés, inglés, italiano, etc.).  

48.  "La palabra desterrada. Una nueva identidad". Ponencia leída en el Primer encuentro de escritores argentinos residentes en Cataluña, el 15 de febrero de 1995, en el Centre de Cultura Contemporánia de Barcelona.

49. Cuento de El interior de la noche.

50. Albert Einstein, El mundo tal como yo lo veo.