Los días de la eternidad

(Fragmento correspondiente al principio de la novela)

Antonio Tello


El principio

 

En el Principio eran la razón y el orden. El instante único en que la forma y la sombra compartían el mismo espacio. Nada precedía ni sucedía a la quietud, porque la quietud era. Pero ocurrió que un imprevisible error se produjo y, corriendo como una duda eléctrica por la materia y el vacío, provocó el caos. A la gran deflagración y al insonoro estallido sucedieron los gases, las cenizas y la líquida lava de los siglos que arrastró consigo la escoria fundamental de lo orgánico y lo inorgánico: la vegetación y las estaciones, los minerales y el agua, el estruendo y el silencio. Fue en ese acontecer de causas y combinaciones cuando la serpiente y el hombre tuvieron efecto y, tras ellos, en ese fluir hacia el futuro, complicadas con la vida y la muerte, con el asombro y la curiosidad, también nacieron las palabras. Pero antes de que ellas alcanzaran su esencia maleable y la comunión con las cosas que nombrarían, los hombres ya habían sucumbido al engañoso perfil de las metáforas. Impelidos por un oscuro deseo, sintiéndose deudores de lo que ignoraban, los hombres cultivaron ritos y adoraron dioses posibles y, los más perversos, predicaron que en el Principio era el caos.

  De este modo, con el discurrir del tiempo y con el propósito de establecer el orden del dios que circunstancialmente los inspiraba formaron ejércitos y los lanzaron a la guerra, asolando el íntimo territorio de las almas.

 


 

Lo vi alejarse seguido de su perro. Renqueaba ligeramente y el perro, por solidaridad, también. Tenía unos cuarenta años, pero parecía mayor, y todas las mañanas a las ocho pasaba a buscar el pan. Me gustaba hablar con él y a él conmigo, porque era con la única con quien lo hacia, al menos en la panadería donde estaba empleada. Mejor dicho, donde estaba oculta esperando que todo pasara.

  Cierta mañana, de hace algo más de un mes, Andrés entró y le di el pan, pero él se quedó en silencio mirando los bollos y las tonas que nunca compraba. Había dejado el perro en la puerta y éste desde allí lo miraba moviendo la cola impaciente mientras él seguía con los ojos fijos en los bollos de la vitrina y algo que deseaba decirme sacudía su pecho.

  -No supe qué hacer -dijo al fin sin dejar de mirar los bollos.

  El perro se alzó sobre sus patas traseras y dio un pequeño ladrido. Él levantó la barra de pan hacia su pecho en el momento en que yo lo miraba a los ojos. Por unos instantes reconocí en ellos el miedo que los excitaba, porque desde hacía mucho tiempo ese mismo miedo también se había metido en mi cuerpo, gasificando la sangre y aflorando por la piel y la mirada al menor estimulo.

  -Anoche vi cómo se llevaban a un muchacho del edificio vecino y no supe qué hacer.

  Sentí un escalofrío. Hubiera preferido que no me dijera nada. Pero lo había hecho y ahora, contándome lo que había visto y, sobre todo, su sentimiento de impotencia, establecía entre nosotros un nuevo vinculo.

  Él, de un modo ingenuo, acaso poético, me había elegido para entrar en la pesadilla. Ahora ambos éramos parte de ella y, desde ese momento y hasta que alguno de los dos rompiera la inercia que nos atenazaba, seguiríamos juntos.

  Fue así como Andrés y yo empezamos un largo y, a veces, confuso diálogo, sentados en bancos de plazas y parques de la ciudad o del paseo a la orilla del río, entre los sauces; o ante la mesa de algún bar, en esos bardos suburbiales que él solía recorrer, edificio por edificio, casa por casa, ofreciendo enciclopedias a crédito.

  -En un momento dado, mientras dos hombres encapuchados trataban de meterle la cabeza en el coche, el muchacho levantó la cabeza y me vio.

Creo que me vio. Allí arriba, me vio detrás de una ventana, observando cómo se lo llevaban sin que hiciera el mínimo gesto para evitarlo.

  Guardó silencio y acarició la piel del portafolios en ci que llevaba las muestras de la enciclopedia que vendía. Esperé mirándole el perfil, tratando de penetrar lateralmente al lugar donde se fraguaban sus pensamientos y su angustia, pero la barrera era infranqueable. Al cabo de unos instantes reaccionó como si despertara, abrió la cartera y sacó dos cartas sin abrir.

  -De algún modo lo salvaré -dijo mostrándomelas.

 


Uno

  

Cierro los ojos y dentro de mí veo extenderse una llanura que parece ir más allá del horizonte. Sobre él, sobre el horizonte, distingo un pequeño punto móvil que se acerca y a medida que se aproxima se alarga y poco a poco se perfila una sombra. La transparencia del aire y la proximidad me permiten darle los detalles de una figura humana, cuya silueta se hace patente sobre el plano y oscuro fondo. Es un hombre.

  De pronto deseo ser un ave y mis ojos se elevan, mas no puedo ir hacia él. Sólo al cambiar mi perspectiva consigo que la línea del horizonte se incline a un lado y a otro siguiendo mis propios movimientos de balanceo. El hombre viste levita oscura, camisa blanca, corbata de lazo y sombrero de copa. La mirada que lo observa desde lo alto y que hasta entonces ha planeado con suavidad entra en una breve turbulencia y, casi enseguida, el aire que la sustenta cesa. Inesperada y bruscamente, la mirada comienza a descender en espiral enloqueciendo la línea del horizonte y se precipita hacia el hombre que, en ese preciso instante, alza sus ojos y no sin asombro me reconozco en él Estoy lejos del orden fundacional Estoy lejos del horror, pero el relámpago que cegó mi tiempo me condujo al vado: a esa inmutable eternidad entrevista en los sueños: a ese extremo linde entre el ser y la nada. Estoy en esa zona de la ausencia donde puedo sentir, o acaso imaginar, el dolor físico, el sufrimiento del cuerpo y la angustia, porque, en el caprichoso juego de quien sueña y escribe la vida, el alma está atrapada en la carne, ese sustantivo corruptible.

  Y porque nada es extraño en esa ambigüedad perfecta de lo que aún no ha sido escrito, puedo repugnar la perversión y ser al mismo tiempo uno u otro, el padre y su hijo, el verdugo o su víctima; puedo estar y no estar, soñar o ser el sueño.

  Es uno quien sueña y escribe. Es uno quien lucha y revive.  

 


  «Cada día paso a recoger su correo. Se llama Alejandro Esquivel» me había dicho mostrándome las cartas cerradas, pero no le pregunté por qué lo hacía. Tampoco qué había querido decir cuando dijo: «De algún modo lo salvaré». Me limité a acariciarle ligeramente las manos en un gesto de comprensión que no sé si tenía razón de ser.

 El mozo nos trajo el café y se marchó.

 -¿Sabés Teresa? -sorbió de su pocillo y yo esperé-. Cuando llega la medianoche, a la misma hora en que lo raptaron, voy a la ventana que da a la calle y, aunque parezca vacía, la visión de lo que vi sigue flotando en el mismo lugar. Todo es confuso, salvo los ojos de Alejandro pidiéndome socorro.

 -Tal vez -me animé a comentarle-, sólo pretendía que lo viera.

 -Entonces -prosiguió ensimismado-, me sucede algo extraño. Me voy hacia la mesa del comedor como si lo hiciera por el escenario de un teatro. Quiero decir que, aunque Matilde ya esté durmiendo, me siento observado. No por ella, sino por un público que sólo se interesa por ver lo que hago y oír lo que digo. Incluso, los ruidos que me llegan en esos instantes evocan antiguos aplausos y la sensación de poder desdoblarme en uno y muchos personajes. Siento que él se mete en mí. Digo que Alejandro, a través de su mirada desesperada, se apodera de mis recuerdos y de mis pensamientos y se alimenta de ellos y crece con ellos y no puedo resistirme, porque sé que es lo único que puedo hacer por él.

  Traté de decirle algo que no pasó de la garganta, porque las palabras se me fueron para dentro envueltas en saliva. Y él prosiguió mirando más allá de mí.

  -La lucha que libraron nuestras almas fue dolorosa hasta que la mía cedió y comprendí que en adelante no debía oponerme si quería que volviera.

  -Andrés, tenga cuidado, no deje que la pesadilla crezca.

  -¿Creés que estoy loco?

  -¿Loco? -Moví negativamente la cabeza y sonreí.

  Andrés hizo un gesto con la boca y un silencio pesado se metió entre nosotros. Sentía que él me miraba esperando que le dijera algo, cualquier cosa, pero no se me ocurrió nada. Es posible que el tiempo transcurrido fuera breve, pero a mí me pareció tan largo y doloroso, que no sentí ni vi cuando sacó de su portafolios un par de hojas escritas y me las dio a leer:

  «Antes de que el telón se levantara por segunda vez, los aplausos ya habían terminado y un murmullo contradictorio se escurría por la puerta del teatro...»

  Terminé de leen Entendía su esfuerzo y su desesperación y tuve miedo por él.

  -No puedo sustraerme al impulso de escribir o contar mis recuerdos si quiero seguir siendo yo mismo. No, desde el momento en que me llegó la mirada de Alejandro, su grito silencioso, y nada hice por socorrerlo. Desde entonces todo me parece irreal y tramposo, como si mi vida fuese de papel, apenas una anatomía de palabras, una textura de gestos y pensamientos que resultan indiferentes a los demás, al público ante el cual estamos obligados a actuar. Sí, actuar en un drama en el que las calles tienen el trazado de una sutil amenaza.

  -¿Y su mujer, Andrés? ¿Qué dice ella?

  -¿Matilde?

  -¿Se llama Matilde?

  -Sí, se llama Matilde -hizo una pausa y suspiró.

  Por un momento pareció irse a un lugar secreto y placentero, pero enseguida sacudió la cabeza.

  -Matilde es una buena mujer

 


   

      «Antes de que el telón se levantara por segunda vez, los aplausos ya habían terminado y un murmullo contradictorio se escurría por la puerta del teatro. Ahora que ya conocía el esperado final de la radio-novela, el público prefería no haberlo visto. Pero a Matilde y a mi no nos importaba lo que el público quisiese entonces. Nos teníamos el uno al otro y nos sentíamos ajenos al mundo de los infieles, tal como llamábamos por entonces a los espectadores.

        Entre todos los actores desmontamos el escenario y al amanecer, cuando el sol era una presunción detrás de las montañas azules, la Compañía Teatral César Córdoba con su elenco estelar abandonó el pueblo en un viejo Bedford llevándose consigo y a otra parte su gran éxito radiofónico, Agapito Cruz y el lobo.

        Aquella mañana la brisa era fresca y el cielo, abandonado por las estrellas, enrojecía por detrás de la sierra. Sentado en el último asiento junto a Matilde miré hacia atrás, hacia el pueblo que dejábamos, donde en el corazón de cuyos habitantes palpitaba ahora el drama de un hombre poseído por la bestia. Sus casas, salvo el campanario de la iglesia, se perdieron pronto tras la tumultuosa joroba que el ómnibus dejaba tras de sí. Al cabo, el pueblo entró en la memoria y ya no tuve la certeza de que existiera o de que no fuese el atrezo de alguna de las muchas obras que la compañía representaba. Entonces intenté recordar, o puede que sólo imaginar, las casas chatas, las paredes de adobe encalado, algunos techos de tejas rojas y los más de caña y paja y las calles vacías, pero siempre terminaban fijándose como en un decorado. En el recuerdo me era difícil precisar si el tenue ondular del paisaje se debía al reverbero del aire o al temblor de la lona pintada, o quizás al escalofrío de los visillos, detrás de los cuales la gente espiaba las distintas formas del miedo, que ya por entonces había empezado a recorrer las calles como los remolinos de tierra durante las siestas.»