10 narradores cubanos

Antonio Tello (compilador)


Introducción 

(Por Antonio Tello)

 

    La cuentística cubana tiene una larga tradición que arranca desde las últimas décadas del siglo XIX, con narradores como Esteban Borrero Echeverría, Julián del Casal y José Martí. Sin embargo, es a partir de la literatura republicana (la República nace en 1902) que el cuento como género alcanza su autonomía. Los escritores de esta época (1910-1930), como Alfonso Hernández Catá y Jesús Castellanos, demuestran ciertos afanes cosmopolitas y un gran apego al esteticismo. A pesar de ello, es demasiado poderosa la influencia del entorno social y político como para que estos narradores queden al margen de la conflictividad nacional.

    La incidencia de otros escritores en sus obras es un tanto ecléctica y en ellas encontramos huellas de un Maupassant, de un Anatole France, de un Zola, tanto como de un Darío o un José Enrique Rodó y más tarde de un Kipling, un Conrad o un Gorki o un Horacio Quiroga.

    En 1923 tiene lugar un hecho importante para los intelectuales cubanos. Se trata del Primer Congreso de Estudiantes del que surge la -luego célebre- Protesta de los Trece, manifestación de repudio de un grupo de jóvenes intelectuales, escritores y periodistas a la situación política y al gobierno y exigencia de urgentes y radicales cambios en la República. Los escritores, poetas y artistas reunidos en lo que se dio en llamar Grupo Minorista -del que fue parte Alejo Carpentier- postulaban un arte nuevo y la liberación de la isla del predominio norteamericano.

  El movimiento popular que se produce contra la dictadura de Gerardo Machado (1925-1933) genera una toma de conciencia nacional entre los escritores de la segunda generación republicana. La marginación, la explotación y la dependencia política y económica de Cuba respecto de los Estados Unidos, más las miserias y angustias de la población, se reflejan en las páginas de estos escritores.

  La cuentística cubana pasa así de una actitud universalista a otra de matices nacionales y -sobre todo- criollista, tal como sucede con el resto de la literatura hispanoamericana de la época.

  Entre los narradores de esta generación figuran Enrique Serpa, Pablo de la Torriente Brau, Dora Alonso, Arístides Fernández y Félix Pita Rodríguez, entre otros.

  A principios de la década del 40, frustrada la revolución contra Machado y sumido el país en la inestabilidad política, se va gestando la actividad creadora de un sólido grupo de poetas y escritores, que más tarde se agruparán en torno a la revista Orígenes (1944-1956), encabezados por José Lezama Lima y Eliseo Diego. Refiriéndose a Orígenes, el crítico Ambrosio Fornet, comenta: "Incapaces de medir la realidad a escala humana, convencidos de que la literatura evoluciona entre "secretas minorías" fuera de las cuales la comunicación es imposible, inmersos en un mundo extraño del que sólo percibían, como creadores el enemigo rumor que denunciaba el ser de las cosas y como ciudadanos una corrupción que los asqueaba, los miembros de Orígenes decidieron construir su propio mundo. Fue un universo blando impenetrable como una mónada, donde por haberse excluido lo demoníaco se vivía en estado de gracia."

  Por entonces, aparte de Orígenes, van surgiendo aisladamente narraciones de Lidia Cabrera, Piñera, Onelio Jorge Cardozo, Pita Rodríguez y Alejo Carpentier (Viaje a la semilla y El reino de este mundo). En conjunto la prosa se hace más sólida y su nivel de calidad es casi parejo con el alcanzado por la poesía. Los prosistas han comenzado a beber de nuevas fuentes: Quevedo, Proust, Kafka, Joyce, Faulkner, Hemingway, etc, y -particularmente- del cine.

     La narrativa surgida a partir del triunfo de la Revolución manifiesta un profundo respeto por su tradición literaria, pero al mismo tiempo rompe con una serie de esquemas impuestos por las contingencias de la sociedad anterior. Los nuevos escritores cubanos no sólo se preocupan por la problemática de su ser nacional, sino también en hallar nuevos medios expresivos. De ahí que más que hablar de una literatura revolucionaria cubana sería más ajustado hablar de una literatura de la Revolución, puesto que, como bien dice Camila Henríquez Ureña, "a partir de ese acontecimiento histórico, la nueva realidad que se ha venido estructurando ha penetrado la obra de nuestros escritores, informando la de los más jóvenes, y se ha hecho sentir también en la de aquellos que en 1959 tenían ya definida su personalidad literaria, en quienes se puede observar cómo el profundo cambio que la realidad revolucionaria significa, ha producido un vuelco en su actitud espiritual.

    "En cuanto a la forma, se observa -en la novela, en el cuento, en el teatro- una voluntad de experimentar en técnica, composición y estilo, en busca de una difícil maestría que es todavía en muchos autores jóvenes más una demanda que un logro, pero que a veces alcanza felices realizaciones. En el lenguaje se tiende, con creciente insistencia, a emplear -aun en poesía- el lenguaje conversacional, la locución prosaica o la palabra impura, en lo que es como una reversión del antiguo culto de la forma por su belleza extrínseca".

   Es decir, que los numerosos escritores surgidos a partir de 1959 se encuentran, en su mayoría, asombrados por la nueva realidad que viven y, este asombro, este desconcierto, se manifiesta en sus obras a través de cierto desfase entre los presupuestos sociopolíticos de la Revolución y los principios estéticos.

  Dentro de la nueva cuentística cubana se pueden señalar las siguientes características: renovación temática, unida a la búsqueda de diversas fórmulas técnicas que mejor expresen la realidad; ampliación conceptual de realismo, al incorporar al mismo la íntima correlación de realidad inmediata y fantasía, lo que ha dado lugar -en consecuencia- a un nuevo lenguaje poético.

  De los autores aquí incluidos, algunos han obtenido ya el reconocimiento de la crítica mundial. Los demás han sido seleccionados en base a un criterio un tanto arbitrario, ya que las limitaciones de espacio han impuesto exclusiones a todas luces injustas.