La guerra invisible
(El
interior de la noche)
Antonio
Tello
a Pablo
La voz del chico recorrió el espacio, pero no llegó a
los
oídos del hombre que, sentado en la arena, abrazado
a sus piernas, miraba absorto la quietud horizontal
del
mar. El chico volvió a gritar pero antes de que la
voz
llegara al hombre la misma brisa que venía del Mediterráneo
y movía de un lado a otro las páginas del
libro
que el hombre tenía a su lado disolvía los sonidos
del
mismo modo que disuelve los puñados de arena
arrojados
al aire. De pronto, la brisa pareció detenerse
un
instante y el hombre y el chico ocuparon un lugar
más
real en la playa.
]
-¡Eh, abuelo! ¿Qué haces? -preguntó el chico
llegando
junto al hombre, con la voz entrecortada por
la
carrera.
-Nada -respondió el hombre.
De cerca no era tan viejo como podría suponerse.
Al
parecer aquél era un tiempo en que las generaciones
se
sucedían con mayor rapidez que en éste.
-¿Dormías o acaso mirabas el mar?
-Soñaba -contestó él.
El chico buscó con sus ojos los del hombre, pero
éstos
siguieron sumidos en el oleaje sumergido de los
sueños y las miradas no se encontraron allí.
-¿Y era lindo el sueño? -quiso saber el chico.
-Este mar es tan tranquilo, tan dulce...
-Bueno, a veces sí y a veces no -comentó el
niño-.
Claro que tú conoces el océano, ¿verdad,
abuelo?
El hombre arrugó su rostro en una mueca indescriptible
y abrió las rodillas para que el chico se metiera
entre
sus piernas. Este se acurrucó y ambos enfrentaron
el
mar, cuyo oleaje se estiraba perezosamente por la
arena
para luego volver a su impasibilidad de siglos.
-Sí. Es inmenso y violento, digo el océano, y sus
olas,
cuando llegan a la playa, son tan grandes y poderosas
que, si te descuidas, te arrojan a la arena y después
te arrastran mar adentro.
-¿Y tú te viniste porque el océano es malo?
Antes de responder el hombre acarició el pelo de su
nieto,
quien había vuelto su rostro hacia él para que la
pregunta
no se confundiera con el rumor de la marea.
-No, no fue por el océano, sino por la guerra.
-Nunca me contaste nada de esa guerra, abuelo.
A la hora del ocaso el Mediterráneo se torna gris y
un
tenue vapor asciende buscando cobijo en la bruma.
Es
como si la líquida inmensidad, ante la noche próxima,
sintiera un repentino pudor y quisiera evitar a los
ojos
humanos la visión de los innúmeros sueños y naufragios
que habitan sus profundidades.
-Fue una guerra miserable, como todas las guerras.
Pero además fue extraña, porque nadie la vio o
dijo
verla de verdad.
-¿Quieres decir que nunca viste los cañones, ni los
tanques,
ni los misiles...?
-Sí, eso quiero decir.
Una gaviota los sobrevoló por unos instantes y
después continuó su vuelo por encima de las dunas. La
brisa se hizo fresca y el chico creyó percibir un ligero
temblor en el cuerpo de su abuelo. También su nombre pronunciado a la distancia.
-Entonces fue una guerra invisible, ¿eh, abuelo?
-Fue una guerra extraña -repitió-. Durante el
día la gente andaba por las calles como si nada pasara,
aunque procuraba llegar temprano a casa y no hablar
con el vecino. Nadie mencionaba la guerra, nadie sabía
qué estaba sucediendo, salvo que por la noche se oían
los estruendos de las bombas y el chillido desagradable
de las sirenas y que por las mañanas comprobábamos
que alguien faltaba. Pero de algún modo el miedo se
complicaba con el silencio y nadie hablaba.
-¿Tampoco veían los aviones?
-No. Ya te digo, fue una guerra
muy extraña, tanto
que al Gobierno se le ocurrió pensar que el enemigo
se escondía entre los textos y mandó a los soldados que
rastrillaran la ciudad e incinerasen todos los libros
que hallaran.
-Fue cuando te dio miedo y te viniste.
La cola de la marea lamió los pies del hombre y éste
los encogió. La vasta superficie del Mediterráneo había
desaparecido envuelta en una niebla gris, pesada, nocturnal. En la playa ya no se oían risa ni grito algunos
y las ondas de la última llamada materna hacía mucho
rato que se habían disuelto en el vacío. Sólo el ladrido
de un perro adelantándose a su dueño cruzaba por ese
instante.
-No fue exactamente así -contestó el hombre incorporándose-.
Un día, cómo decírtelo, mi existencia
quedó
en suspenso, indecisa, entre el fuego y la imprenta,
y el hombre que había empezado la obra temió
por
sus papeles. Así fue como nos metió en una maleta
y,
al cabo de un tiempo, una mañana de sol, nos continuó
frente a este mar, que ahora miramos pensando en
el
otro.
-Pero yo nací aquí -advirtió el chico.
En ese instante la marea avanzó sobre la playa con
un
estrépito de páginas y sucedió la noche.
El hombre, que hasta entonces, abstraído, soñaba
mirando
el mar, recogió el libro y se marchó.