La misión de la lluvia verde
(El
interior de la noche)
Antonio
Tello
Caminamos con las armas bajas y con paso rápido
y
cansado. A cada instante miramos hacia atrás tratando
de escuchar el mínimo mido que delate a nuestros
perseguidores.
Somos cinco. Habíamos salido quince y
un
traidor. Los árboles, sin embargo, no tenían intenciones
trágicas. Ya nadie habla de la lluvia verde. Caía
y
caía con insistencia. Con obcecación.
Por el sendero apenas si encontramos una vaga humedad
perfumada de lo que antes fue un charco prepotente.
Tenemos que llegar cuanto antes al campamento.
Sólo Mariana y dos hombres están en él.
Chiquito
Gómez y Manuel van a mi lado. Lo oímos y
mecánicamente
nos pegamos al suelo. Nadie debía
disparar
un solo tiro si no era con buenas posibilidades
de
acertar. Batiendo sus aspas sonoras, el helicóptero
verde
oliva pasó sobre nuestras cabezas. Pero nadie se
movió.
El mido del motor se alejó. Pero seguimos
quietos.
La lluvia verde al principio nos asombró. «Es un fenómeno»,
gritábamos al comienzo de la tormenta,
pero
después el perfume que era amarillo como el aire
nos
fue embriagando y quedamos tendidos. Mientras
la
lluvia caía con su rumor de pasto tierno nosotros permanecíamos tirados, acostumbrándonos a los catres,
con
las armas descansando en los rincones, cerca de nosotros.
Más tarde, el viento del tercer día, así lo llamábamos
aunque corrió cerca de un mes, trajo y llevó aromas
y fragancias nunca aspirados. Y la lluvia verde que
seguía
cayendo. Chiquito Gómez dijo: Cuando estaba
en
la ciudad cayó, pero aquí es distinto. Manuel nunca
hablaba
de la ciudad y miraba todo y a todos con infinita
pena, con una angustia misteriosa, casi mágica, en
los
ojos. Mariana es mi mujer. Ella lo decidió después
de
algún tiempo. Es la única hembra del grupo.
Pasa por encima de nosotros otro helicóptero verde
oliva
lleno de uniformes. Nadie se movió. El aire es
fresco
y seco desde que cesó la lluvia verde. Nos buscan.
Somos cinco. Habíamos salido quince y un traidor.
Entonces la tierra sedienta bebía y bebía la lluvia
verde
y cuando nos dimos cuenta marchábamos a continuar
con las operaciones guerrilleras. Las primeras noches,
entre las ramas y la lluvia sin calor ni frío, no
pude
dormir: Mariana sabor de pechos tibios. Manos
curiosas
indagando su cuerpo ansioso y tenso. La cordillera
y el monte se funden agrestes y armoniosos. Y
toda
la música que viene de las estrellas se agita silenciosa,
al compás de las respiraciones desbocadas. Mariana.
Mariana. Mariana calidez de boca amada. Hierba
jugosa
floreciendo la piel bajo las sombras soleadas. Los
meses
llovían sobre la tierra sedienta. Mariana. La lluvia
verde, tenue después del viento del tercer día, se
venía
sin pausas sobre las superficies y los animales y los
hombres
hasta que una extraña claridad pareció anunciar
su fin cuando entramos en el pueblo. En la noche,
charcos
de agua y barro perfumados y amarillos alquimizaban
la lluvia verde que seguía cayendo. Entramos cautelosos
en el pueblo. Éramos quince y un traidor.
El
objetivo estaba en la plaza, en el centro del pueblo.
Ningún
jardín. Todos los canteros de los jardines fueron
avasallados por el cemento del arsenal que los uniformes
habían construido: el objetivo. La extraña claridad
nocturna pegaba nuestras sombras contra el
barrizal,
que sonaba chirle a cada pisada, mientras la
lluvia
verde continuaba cayendo suave y olorosa.
Ronroneando sus paletas en el vacío mohoso pasó
el
tercer helicóptero verde oliva, con uniformes en su
panza
abultada. Nadie se movió. Iba demasiado alto.
Nos
buscan. ¡Pasan y no vuelven! Somos cinco. Chiquito
Gómez y Manuel están junto a mí. Ya nadie recordaba
la lluvia verde y yo veía el fin.
El comandante Ordóñez se adelantó unas cuadras
solo
y luego de un rato de lluvia nos hizo señal de avanzar.
El objetivo estaba a la vista. El pueblo dormía y
una
extraña claridad parecía anunciar el fin de la lluvia
verde.
Frente a nosotros estaba el cuartel militar y en
la
cuadra opuesta la iglesia. Entre uno y otro el objetivo
de
cemento: muda gruta de armas y explosiones. «El
cura
está avisado», me susurró Chiquito Gómez. La
gente
se ha ido al monte. Los guardias parecían dormir,
pero igualmente los desmayamos a culatazos. El
cráneo
de algunos sonó a porcelana. Y siguieron durmiendo.
Un vaho intenso de perfume amarillo nos envolvió
y casi nos embriaga como hace tiempo. La extraña
claridad aumentaba y la tenue lluvia verde se
desteñía
a medida que el alba nos anunciaba su fin.
Habían
sido planeadas cinco cargas de dinamita que
estallarían
al cabo de cinco minutos en el interior del
arsenal.
«Si no, vuela todo el pueblo», dijo el comandante Ordóñez. Mariana piernas fugaces. Nos abrimos
contra la pared y tres compañeros se encaminaron hacia
el depósito, casi agachados. El comandante masculló:
Hijos de puta justo en medio del pueblo. Todos los jardines estaban muertos, sepultados bajo el cemento del
arsenal. De pronto nacieron estrellas rojas. Sonoras.
Tremendas. La lluvia cesó. Y los tres cayeron hacia
atrás en el momento en que el cura salió haciéndonos
señas y también a él lo alcanzó de lleno una ráfaga de
metralla en el pecho. Rodó los dos escalones del atrio
y se acostó mojándose de sangre y agua. Retrocedimos
haciendo fuego.
Desde los techos los fusiles hacían estragos en el grupo. Quedamos cinco. Y corrimos.
Habíamos salido quince y un traidor.
Hoy nadie habla de la lluvia verde. « ¡ Son tres y no
han vuelto!», gritó el comandante Ordóñez y nos levantamos como despertándonos. Los árboles y los
pastos estaban muy limpios. En el campamento están Manana y dos hombres y a pesar de la proximidad no
oímos ningún tiroteo. Corremos. Avistamos el rancho
y las carpas. Una fina columna de humo se eleva al cielo todavía sucio de verdín. Silencio. Somos cuatro y un
traidor. Nos separamos rodeando el campamento y
avanzando hacia él. Mariana es mi mujer. Ella lo decidió después de algún tiempo. Chiquito Gómez,
Manuel y el comandante Ordóñez están a la expectativa,
son muy zorros, se huelen algo. El Otro es un novato
y a la carrera se desprende del bosque. La
distancia es
mucha. Por momentos baila sin caer y cuando cae se sigue convulsionando, como si en la dinámica lentitud
de su cuerpo quisiera retener la vida que se mezcla presurosa con la humedad perfumada del patio. Doy un
rodeo
amplio y en un valle cercano veo los tres helicópteros.
« ¡ Son tres y no han vuelto!», gritó el comandante
hace
un rato. En el rancho Mariana desnuda. En el rancho
dos hombres acuchillados. En el rancho Mariana
callada.
Una línea de sangre le nace del sexo ultrajado.
Me
mira sin comprender por qué estoy yo ahí. Mariana
mujer.
Callada. Violada. Besada. Cerrando los ojos con
fuerza
y rabia agoto el cargador de la metralleta en Manana.
Los uniformes ya van camino de los tres helicópteros
asentados en el valle. Y yo voy con ellos.