La soledad de Rafael
(El
interior de la noche)
Antonio
Tello
Rafael acabás de recibir esa puñalada y estás solo en
la
habitación, mientras la vida se te va por ese ojal buscado.
Percibís el olor a vino, casi agrio de tanto chupe
y
pensás que viene de las botellas y vasos caldos y de
los
naipes empapados. Pero no pensás que también
viene
de tu aliento. No hay nadie. Estás solo Rafael. Y
en
el techo de zinc reverbera la siesta que te imaginás
afuera:
las plantas chuzas, las gramillas prolongando el
guadal
de la calle y una pequeña humedad remisa alrededor
de la bomba del agua. Un cachilote llena con su
canto
desordenado el espacio blanco y más allá el silencio.
Hasta los resoplidos del caballo que muerde sin ganas
los yuyos ralos, bajo un árbol de sombra escasa, callan.
Ladridos muy lejanos se disuelven en el aire
tembloroso
sin alterar la palidez y el sudor que te van
ganando.
Estás solo Rafael y la vida se te escapa por el ojal
buscado.
Un moscardón se suma a las moscas de la siesta
y bebe ansioso los restos del vino y de tu sangre que
se
escurre por la tierra dejando su color: esfera grandota
que
se multiplica bajo los párpados, que ya no podés
mantener
abiertos porque te reclama el sueño y ese deseo
enorme de asomarte por el globo amarillo, que se
te
viene sobre la cara como la trompada del grandullón,
porque rompiste los vidrios de su ventana. A las
otras
trompadas no las sentís porque te dura el dolor
de
la primera y entre las risas y los dales del barrio hay
un
globo marrón que guarda la bocaza puteadora de
tu
padre, que te busca el culo con cada patada y corrés
y
corrés y cortés: al almacén tirando piedras y escupiendo
sangre a buscar el vino y la pateadura de más tarde
o
el grito de la maestra del día siguiente.
Ya está de nuevo el canto del cachilote abriendo la
puerta
cada vez más chica. Estás solo Rafael y la vida
te
fluye por el ojal buscado, dejando tu cuerpo pálido
y
liviano. Liviano y filoso como las hojitas de afeitar
que
le estás poniendo a la cola de tu barrilete. El barrio
te
corre de nuevo: qué alivio cuando te corren Rafael.
Te
sentís vivo. Un héroe casi. Es como, digo casi, como
pegarle
a los hijos de tu mujer. Ella dice que son tuyos
pero
vos no estás seguro. Además te jode que sean llorones,
muchos, feos y sucios. Y te da rabia cuando lo
pensás
encaramado a la Juana, tu mujer, y eyaculás la
costumbre
de hacerlo entre llantos y gritos. Después te
dormís
con las bolsas al hombro de las changas esporádicas del sindicato. Por supuesto que estás firme en la
lista
de los buenos estibadores. Sos fornido Rafael,
pero
las changas van por turno y los turnos hay que
cumplirlos:
eso te han dicho, pero vos sabés que hay
acomodados
y varios como vos, Rafael, se joden.
Qué flojos son los contornos de la puerta y qué lejano
el patio que se cuela por ella. Si hasta te dirás que
sólo
ves su blancura y que el calor de la siesta es una
mentira,
porque has empezado a notar que ahí, en el
suelo,
entre las sillas caídas, la humedad de tu vida lo
ha
refrescado todo. Y qué muchos son los colores del
globo
multiplicador y multiplicado. Estás solo Rafael y
no
te importa porque hay silencio. Un silencio que no
se
romperá con el baldazo frío en las madrugadas de
calabozo
ni con las gomas de la confesión: la comida
Rafael,
la comida que robaste es tu delito. Te han dicho
muchas veces que hay felicidad en los sopapos y
por
eso se los das al que tengás cerca, porque sí, porque
te
sentís bien así: un hombre vivo. También a tujuana
le
pegás cuando te chupás lo que no te alcanza para
nada
porque te odian y odiás.
Los naipes sedientos por el manoseo y la siesta de
allá
afuera se chupan, entonces, el vino de los vasos caídos.
El canto desordenado del cachilote llena el espacio
transparente.
Tembloroso. Calcinado. Un caballo mastica
sin ganas. Un olor de madreselvas que viene del río
revolotea
cargoso junto a las moscas. Los ladridos se disuelven.
Un remolino guadaloso anda por la calle. Un
moscardón
te da vueltas por la cara. Afuera el aire reverbera la siesta. Y los tres que estaban con vos se han
ido
hace rato, dejándote solo, Rafael. Solo. Solo con tu
querido
ojal por donde salen esferas y globos de colores
que
se multiplican consumiéndote. Y ya no hay más
plenitud,
más serenidad que esa que estás soñando,
porque
la borrachera se te ha ido sin llevar tu aliento.
Ya
te has dado cuenta Rafael de lo hermosos que son
los
colores de los muchos globos y cada vez te resistís
menos
a las ganas de meterte en ellos. Quizás era eso
lo
que buscabas sin saberlo en el momento en que te
hiciste
el guapo y le tajeaste la cara a tu hermano y él
te
metió la cuchilla en el hígado.