Los días de la eternidad

Novela, Muchnik Editores, 1997


 
  • Fragmento correspondiente al inicio de la novela.

 
Contraportada: La palabra puede herir o puede curar, también es capaz de preservar la memoria, de otorgar trascendencia. Antonio Tello ilustra esta verdad al describir el proceso de rescate de una persona gracias a la escritura.

En un clima de represión política, el poeta Andrés presencia el secuestro de un universitario, Alejandro. En estas circunstancias conoce a Teresa, una joven arquitecta que, obligada a cambiar de identidad, trabaja en una panadería. Juntos tratan de localizar a la víctima. Cuando la muerte de Alejandro se confirma, Andrés se propone cambiar su destino mediante la palabra, relatando su vida y rescribiendo el final para darle la oportunidad de otra muerte, de escapar a la obscuridad.

Antonio Tello compone un relato a tres voces y en varios planos con gran eficacia narrativa, apoyado por un marcado clima poético. así logra fusionar, en una novela memorable, pasión y desamor, sexo y violencia, realidad y ficción.

 

Críticas:

No es hacer concesiones a la exageración afirmar que ésta es una novela que sólo tienen derecho a leer los dispuestos a perderse por sus páginas en una lectura trabajada. Serán los únicos capaces de descubrir la grandeza de una obra compleja, pero también extremadamente bien construida.

Los días de la eternidad la protagonizan Andrés, poeta al que la represión argentina obliga a esconderse tras la apariencia de un vendedor de enciclopedias, su mujer Matilde, Teresa, la joven arquitecto que vive como panadera para escapar del régimen, y el novio que ésta se inventa, Bermejo.

Andrés vive obsesionado por salvar a Alejandro Esquivel, un universitario cuya detención presenció sin mover un dedo. Para ello, el Andrés poeta escribe una historia alternativa a la realidad en la que Esquivel tenga un final distinto. En ese relato los personajes son los mismos, pero sus circunstancias se intercambian y trastocan de forma muy bien estudiada. Además, Andrés nos deleita con la historia de un hombre que sueña con otro, quien, a su vez, despierta de sueños que nunca recuerda.

Nos encontramos ante una novela escrita en tres planos: la realidad -de estilo directo y sencillo-; la ficción, con un marcado tono poético; y el sueño, puro surrealismo literario. Los tres transcurren paralelamente, alternándose episodios de cada historia, sin que Tello -escritor y periodista argentino exiliado en Barcelona- explicite nada. La trama evoluciona de tal forma que cada hecho, cada imagen, cada matiz de un plano es recogido por los otros dos, integrándose en ellos hasta que el lector no distingue entre ficción, realidad y sueño. Es como si cayera "en una vasta ambigüedad donde, no obstante intuir la trampa de la apariencia, el alma se interna sin que nada le refiera al hombre." Algo así como la vida misma.

 

Los días de la eternidad, segunda novela de Antonio Tello, periodista argentino afincado en España, es una historia en la que la palabra se erige en protagonista. La búsqueda desesperada de alguien que ha sido secuestrado por el poder. Los dos protagonistas, Andrés y Teresa, deben esconder sus identidades para desde el anonimato encontrar a Alejandro. Cuando el desastre se ha consumado, sólo les queda la palabra para restituir la memoria del perdido hasta hacerlo eterno. Es un relato sobre la tortura y las desapariciones en Argentina, de gentes de las que no perdura ni el nombre, escrito en tono elíptico y contrapuntístico, con diversas voces siempre en primera persona.

 

La flamante edición de Los días de la eternidad, del argentino Antonio Tello -nacido en Villa Dolores y residente por muchos años en Río Cuarto- aconseja su presentación en esta columna. Y mucho más cuando se comprueba que a través de una exploración por nuestro pasado político reciente, elabora una metáfora acerca de la palabra poética como un ejercicio bello y desgarrador de la memoria.

Esta novela es un ejemplo singular de lo que puede la escritura literaria cuando enfrenta las políticas de desmemoria promovidas por la maquinaria de la dominación y el exterminio: ella puede constituirse en un territorio de incertidumbre y misterio en el que unos personajes contradictorios indagan la propia identidad para trazar un puente subterráneo entre la memoria personal y la de toda una comunidad.

Ante el olvido voluntario -que el horror y el crimen sistemático quieren imponer- una novela como ésta traza una geografía imaginaria y recupera en clave simbólica el pasado, en tanto que vía de construcción de un futuro posible. En la recuperación poética de ese pasado, de los cueros y los nombres que la violencia estatal borró y laceró, reside la utopía que ubica en el centro móvil de ese territorio siempre esquivo que es la literatura.

"Nadie / testimonia por el / testigo", escribió Paul Celan. La pulcra escritura de Tello suscribe aquella máxima y ejecuta un relato de arriesgada complejidad y templada emoción. En lugar de recurrir a las estrategias típicas del relato político o a los golpes bajos del martirologio, opta por las matrices discursivas de lo fantástico y de lo maravilloso. Entonces, los descarnados tópicos de la persecución, la detención, el encarcelamiento, la tortura y el exilio revisten una carga simbólica imprevista. Ocurre como si el tiempo de la memoria, antes que una cronología burocrática o una estadística impiadosa invocara a las sustituciones y los desplazamientos propios del sueño. Las leyes inflexibles del transcurrir histórico son rebasadas por el tiempo mítico, esa dimensión de la conciencia en la que pasado, presente y futuro se superponen y funden en imágenes que desafían toda lógica. De ese modo, la sencilla historia que une a Andrés (antiguo poeta convertido en vendedor domiciliario de enciclopedias) y a Teresa (una ex arquitecta que oculta su verdadera identidad tras la de una vendedora de pan), marcha sobre la base de aproximaciones y fragmentos discontinuos. A la perspectiva de Teresa, realista y analítica, le responde la de Andrés, alucinada y fantástica. Son planos ficcionales paralelos que nunca coinciden, se espejan y se abren en abanico. Pero este impulso narrativo tendería a la dispersión incesante si el estilo de Tello no los ajustara con una trama lingüística capaz de enlazar la precisión conceptual y la libre asociación de imágenes, la tersura verbal y la desmesura poética.

También con esta novela, escrita en Barcelona entre noviembre de 1983 y septiembre de 1996, Tello rinde cuentas a las vivencias de su exilio. El espacio en el que se ubica la anécdota novelística es la ciudad de Río Cuarto veinte años atrás. Se trata de un paisaje que el recuerdo, el deseo y el paso del tiempo han transmutado en una suerte de paraíso perdido. Una ciudad, una época, una forma de vida que la palabra inscribe ahora en su propio cuerpo, como confirmando que la patria de un escritor resulta menos de la fidelidad biográfica que de su trato con la escritura. Una escritura -que convocada desde el dolor y la derrota- cobra fuerza al hacer del ejercicio de la memoria un modo de acceso único al pasado. Así el pulso de la literatura rescata el valor de unas vidas y las redime de la feroz eternidad del olvido y la muerte.