Presentación del libro "Extraños en el Paraíso" de Antonio Tello (Barcelona 10-12-97)
Nora Catelli en la presentación de uno de los libros de José-Luis Giménez Frontín afirmó, hace ya algún tiempo que hay varios modos, varios estilos y varias razones para presentar un libro. Se trata a veces de que el autor es un amigo de la infancia –pero este no es como hoy, mi caso-, otras se hace por afinidad ideológica –y eso es algo que debo averiguar aún-, otras, finalmente, el presentador es persona de prestigio literario o autoridad académica, y está claro que en mi caso tampoco es así. Por lo tanto, debo este honor –que sí lo es, y grande- al hecho de que ambos somos, como pude averiguar durante una larga conversación con Tello, mientras él recogía datos para su libro, unos extraños en el paraíso; claro que a diferencia de muchos otros compañeros, a nosotros no nos ha ido tan mal. De modo que lo que permite hablar, hoy, aquí, no son mis conocimientos, no es mi obra ni mis méritos, sino los avatares de la vida.
Y a este respeto quisiera explicarles una historia, un chiste dirían algunos…, que me parece reveladora: Érase una vez un hombre que, tras una vida monótona y aburrida, murió por fin y se presentó ante san Pedro, el celestial portero. Éste, al recibirle, le dijo:
- Bienvenido, acompáñame y te enseñaré cómo son el cielo y el infierno para que puedas elegir el lugar dónde deseas pasar la eternidad.
Aquél hombre siguió a san Pedro que, acercándose a una gran puerta y entornándola , le mostró lo que era el cielo. Un lugar agradable, tranquilo, pacífico. Dónde todos parecían felices.
Luego, tras andar un poco más, san Pedro abrió otra puerta para mostrar a nuestro amigo cómo era el infierno. Era un antro lleno de música y de hermosas mujeres, dónde abundaban los vinos y los licores, dónde todos bailaban y parecían entregados a los más refinados placeres.
- Bueno –le dijo san Pedro--, ahora ya sabes cómo es el cielo y cómo el infierno. Ve a ver a Dios y le comunicas tu elección.
El hombre había tenido como ya hemos dicho una vida monótona y los placeres que el infierno prometía le atrajeron mucho más que la tranquilidad, la paz y el aburrimiento del cielo. Eligió el infierno pues.
Pero cuando atravesó las puertas para instalarse definitivamente en el lugar que había escogido, todo había cambiado. Aquél era el antro del sufrimiento, los reos eran abrasados, torturados, las bellas mujeres habían desaparecido y los diablillos torturaban a aquellos desgraciados con plomo fundido y pinchazos de tridentes.
Asustado, el hombre quiso protestar ante san Pedro, pero esté socarrón le respondió:
- No seas ingenuo, ahora sabes ya la diferencia que hay entre un turista y un trabajador inmigrante.
Pues bien, “Extraños en el Paraíso” es un apasionante ensayo sobre ese lugar ambiguo que puede ser al mismo tiempo, el paraíso y el infierno. Suscita reflexiones, sugerencias y, sobre todo despierta unas inmensas ganas de discutir horas y horas con el autor para contraponer distintos puntos de vistas.
Sometida al rito de la lectura, sola por lo tanto, sin poder hablar con el autor mientras leía, no tuve más remedio que dejar los hilos sueltos para otra ocasión.
Tello teje su discurso en un cañamazo que no olvida hilo alguno, recorriendo el pensamiento filosófico o recurriendo a la biología. Habla del género humano y lo contextualiza en su historia. En su discurso, se acerca a los modernos estados, al concepto de nación o inmigración, o a los problemas socioculturales, nos ofrece testimonios, distintas experiencias en el extranjero hasta formular, ya finalizando el libro la teoría de que un inmigrante puede construir, partiendo de la noción del extranjero que es, una nueva forma de vida, y en definitiva una Nueva Identidad.
Pero, antes de esa aportación de Tello, que me parece interesantísima aunque subjetiva, creo que el autor ha conseguido insertarse en la doble dinámica que parece presidir aquí ahora, nuestra realidad: es evidente, por una lado, que cada vez se habla más de multiculturalidad; no me extenderé en este punto. Muy cerca ya está el Forum de las Culturas del 2004, aquí están las numerosas ONG’s y sus consignas de solidaridad, de igualdad, de tolerancia, tan dudosas a veces, tan poco claras. Creo que una frase de Octavio Paz en su prólogo al libro de Matsuo Basho, “Sendas de Oku”, lo resume perfectamente: “Occidente ha olvidado dice, que el hombre son los hombres y la cultura las culturas”.
Pero, frente a ello, por otra parte, no podemos olvidar ni los nuevos impulsos nacionalistas, ni sobre todo, el florecimiento de la extrema derecha. Estos dos puntos de vista, estas dos actitudes tan contrapuestas han sido siempre para mí, una fuente de preguntas y algunas de ellas encuentran respuestas en el libro de Tello.
Antonio, como otro expulsado del paraíso, de su propio paraíso, penetra en una cultura “otra” aunque le sea relativamente próxima y elige el idioma, la palabra, la escritura como el “camino de salvación” –y lo escribo entre comillas- que le permite huir de una situación vaga, errabunda e incómoda, la propia del inmigrante, del extranjero.
Por mi parte, procedente de una cultura mucho más lejana, de una cultura de tradición oral, yo elegí el camino de la narración, del cuento, de la leyenda. Tal vez por eso les he hablado de san Pedro y del infierno.
No quiero terminar sin mencionar al amigo que me permitió conocer a Antonio Tello. Se llamaba Sebastià Puigserver, era antropólogo y, sin duda él y no yo, les habría hablado del libro de Tello sino hubiera muerto, hace muy poco en Costa de Marfíl.
Gracias Antonio por haberme hecho el honor de presentar tu libro.
Y gracias a todos por haberme escuchado.