Extraños en el paraíso

Antonio Tello

Introducción


   El 22 de diciembre de 1975, cuando, acompañado de mi familia, descendí del avión en un aeropuerto europeo constaté, no sin cierto ingenuo asombro, que de un día para otro había pasado del verano al invierno. El hecho no sería nada más que una anécdota protagonizada por la velocidad y el transporte en un siglo de soberbias innovaciones tecnológicas si no fuese porque, para el pasajero, el viaje devenía ruptura irreparable y otorgaba un dramático simbolismo a ese paso sin transición de las estaciones.

   La brutalidad de la experiencia formaba parte de una realidad pervertida por el terror de Estado, en medio de cuya noche el destierro se presentó como una premiosa opción de supervivencia. La solicitud de unos pocos amigos y la acción de Amnistía Internacional la hicieron posible y con ella comenzó para mí y mi familia un complejo proceso de pérdida y extrañamiento que alteró profundamente los referentes naturales de nuestra identidad y el curso de nuestras biografías personales.

   Acerca de este proceso que atañe a inmigrantes y exiliados y sus consecuencias tratan las reflexiones y testimonios recogidos en este libro.

   Este punto de partida es, a la vez que aceptación plena y definitiva de la condición de extranjero, una toma de posición solidaria con los millones de individuos que se ven impelidos a emigrar lejos de su tierra natal en pos de un lugar en el mundo. No es mi intención considerar tanto las causas, sean éstas sociales, políticas, religiosas o económicas, que provocan las corrientes migratorias modernas, como la peripecia vital del inmigrante forzoso.

   El primer contacto del inmigrante con el nuevo paisaje humano provoca en él una profunda conmoción que afecta y convierte en extraña su identidad. La consecuencia de esta sacudida que llega hasta los cimientos del individuo es el desencadenamiento de una lucha titánica que se dirime tanto en el plano interior, donde el yo del inmigrante se resiste a ser el otro, como en el exterior, donde el carácter fagótropo del medio se manifiesta en todo su poder. De esta confrontación, en la que entran en liza desde la tradición cultural hasta la extracción social del exiliado, desde sus creencias religiosas y políticas hasta sus sentimientos de desarraigo, sin olvidar el idioma que incide en la mayor o menor fluidez de la comunicación con el medio, nacen las tendencias que lo sitúan en el umbral de la perplejidad y de la falsa disyuntiva de integrarse en la nueva realidad, con toda la carga de renuncia e impostación que esto comporta, o atrincherarse en la patria virtual de la nostalgia.

   Si bien el individuo no es directamente responsable del fracaso personal que supone el extrañamiento, sobre el cual inciden factores que escapan a su propio dominio, silo es optar entre rendirse al egoísmo personal o asumir la alteridad como uno de los componentes esenciales de su identidad.

   El extrañamiento, como ya apunté, pone en marcha un traumático proceso del que ninguno de sus protagonistas sale indemne, pero que no necesariamente desemboca en la derrota del individuo. La supervivencia, el bienestar y el equilibrio psíquico dependen de la capacidad personal para sacar a la luz lo esencial de su carácter humano y, a través de él, reconocer y ser reconocido por los demás.

   Las exigencias cotidianas, la satisfacción de las necesidades primarias, para sí y para su familia, las difíciles y complejas relaciones con el medio y la pérdida de las referencias socioculturales, entre otros factores, ponen a prueba el afán de superación del exiliado y su propósito de formar parte natural de la sociedad en la que ha recalado sin sacrificar lo esencial de su identidad.

   Tras la muerte de Francisco Franco en 1975, la sociedad española, merced a la restauración democrática y a una soberbia puesta al día de sus infraestructuras productivas en el marco institucional de la actual Unión Europea y en el económico de lo que se ha dado en llamar nuevo orden internacional, pasó de ser emisora a receptora de inmigrantes. En pocos años España transitó de ser punto de partida a meta. Para miles de desplazados por las dictaduras o la miseria este país se convirtió en un espacio donde las posibilidades de desarrollarse como personas aparecen como ciertas. Sin embargo, aun en este contexto más o menos propicio, los extrañados parten de una situación de desventaja social y laboral sobre la que influye su procedencia y sus caracteres étnicos y fenotípicos así como el tipo de vinculación histórica que los relacione a España y con sus países de origen. De acuerdo con esto, y como ejemplos extremos, es evidente que el grupo latinoamericano en general ha encontrado una actitud especialmente receptiva, no así el grupo magrebí. En este caso el rechazo más o menos extendido hacia marroquíes y argelinos es consecuencia del recelo religioso y de la gran distancia social y cultural que según el imaginario español existe con ellos. Junto a latinoamericanos y magrebíes, africanos subsaharianos, pakistaníes, filipinos y chinos, entre otros, completan el segmento social español de esta especie de extraños que se enfrenta a la precariedad administrativa, la clandestinidad y la explotación laboral y soporta las reacciones xenófobas y racistas de aquellos que ignoran que la opulencia del paraíso industrializado ha corrido y corre por las "venas abiertas" de los pueblos colonizados y que olvidan que se trata de ciudadanos acreedores al reconocimiento de la plenitud de sus derechos civiles.

   En un mundo finisecular donde la poderosa fuerza del capitalismo occidental socava las bases del Estado-nación, provocando la reacción de los fundamentalismos nacionales y religiosos, y proyecta la sombra damocleana de una sociedad planetaria de pueblos e individuos sin atributos particulares, los desplazados, más allá de su idiosincrasia étnica, de su pasado cultural y de su situación en la escala social, pueden llegar a convertir la extranjeridad en una seña de identidad que los individualice como grupo y los iguale en la diferencia con el resto de la comunidad que integran. Así, las biografías personales aparecen como unidades diversas y dinámicas que, desde su propia singularidad y en tanto partícipes de la peripecia común del destierro, definen la extranjeridad como las voces un coro. En este sentido sirven de base a un conjunto de reflexiones personales a través de las cuales se trata de definir, más allá del desgarro inicial, lo que de positivo y enriquecedor tiene la condición de extranjero, y al mismo tiempo la contradicción esencial que supone para las sociedades democráticas el rechazo explícito o implícito de aquellos que la ostentan.