El arte es la concreción de todas las cosas: una mirada al infinito

Antonio Tello: cuentista de vanguardia

Carlos Mastrangelo

El Pueblo, Río Cuarto, 30 de septiembre de 1973


...una nueva manera de sentir la historia y la vida. Ortega y Gasset.

Yo escribo para mi tiempo, no me importa la posteridad. Sartre.

 

Desde el primero de los once cuentos que integran el repertorio titulado El día en que el pueblo reventó de angustia, advertimos que Antonio Tello es un consciente buscador de nuevas expresiones. Todas las piezas restantes nos confirmaron después que ningún parentesco directo se podría establecer entre la prosa y la técnica de estos cuentos y los que se escribían hace medio siglo, salvo la de algunos precursores del que hoy denominamos cuento "nuevo" o de "avanzada".

Este libro de Tello constituye una perfecta coyuntura para ensayar un esmerado estudio de las más profundas divergencias que separan el cuento ortodoxo del cuento nuevo. Pero siendo esto imposible en una nota como la presente, nos limitaremos a enfocar cada una de sus creaciones. Y al final, señalaremos las facetas que conceptuamos más importantes de este tan joven escritor que con tanta seguridad y tanta solercia nos presenta su primer libro.

"La jaula" es uno de los cuentos más logrados técnicamente, pero será uno de los menos entendidos. Hay aquí la búsqueda de innovadores caminos que intentan una mayor comunicación entre autor y lector; y hay también, contradictoriamente, el empleo de técnicas avanzadas que dificultan el entendimiento al leyente común. Tello oscila en esta brillante página entre dos riesgos, entre dos intuiciones: la propia y la eventual del que la lee. O, planteado el hecho en otro terreno, también psicológico: entre su subconsciente y el del que lo está leyendo. No toda obra artística -y por ende literaria- es resultado de una elaboración totalmente consciente. De modo que si un autor prefiere las flores amarillas y el color amarillo (como los prefiere Tello) y el nombre de Manuel y Ordóñez en vez de otros nombres y no se sabe por qué, menos sabrá explicárselo a los demás, como le sucede a muchos literatos, músicos y pintores. Esto justifica, en cierta medida, la labor "activa" (y no pasiva), "creadora" (y no estéril) que la narrativa nueva exige al lector. Cada uno de estos emitirá su juicio, que nunca será de un valor absoluto. Como tampoco lo es el nuestro, sintetizado en estas palabras: hermoso experimento literario cuya debilidad y cuya fuerza reside precisamente en su relativo hermetismo.

"El muerto" y "El despido": son tan breves, pero tan sugerentes estos cuentos, cargados de fuerza comprimida -una bala saliendo del caño del fusil- que en la mente del lector harán un fuerte impacto como en el centro del blanco.

"Un viaje urbano" es uno de los trabajos más accesibles, más realistas y más sólidamente construidos. Tello evidencia aquí, una vez más, la firmeza de su artesanía narrativa, la cual, en esta pieza vuela más alto que su gallardía cuentística, porque su final, con estar alcanzado, no llega a la altura de su desarrollo: el lector ha sido preparado para un clímax más rotundo e intenso.

"La carta" constituye un desgarrante documento social. Lo que no tiene de virtuosismo fáctico y renovador, lo tiene de patético verismo. Lo cierto es que cualquier escritor conformista o finisecular hubiera convertido este tan meneado tema en una página ramplona y sensiblera. Además está aquí Manuel -como en otros cuentos el comandante Ordóñez- una suerte de antítesis que aparece en varias de las composiciones. Esto le confiere al libro una mayor apertura y un singular sentido dialéctico y novelístico, sin que cada narración pierda su autonomía y individualidad.

En "El gran peón" lo mágico y lo subjetivo son tan predominantes, que la belleza estilística (la gracia, el color, el sonido) son más eficaces y asequibles que su contenido tético o ideológico. Lo aceptamos más como ejercicio narrativo que como cuento logrado.

"El cóndor borracho" es una excelente relación, si bien menos acabada cuentísticamente que "La bella estatua de Manuel", "La misión de la lluvia verde" y "El día en que el pueblo reventó de angustia", que luego analizaremos.

"La bella estatua de Manuel" constituye una pequeña joya cuentística de avanzada. Para algunos lectores no será fácil separar en ella lo real u objetivo de lo onírico y subjetivo. Esa es la fuerza (para algunos) y la debilidad (para otros) de este cuento, y entendemos que eso es secundario. Ya que la atmósfera, la temperatura y el designio están cabalmente transmitidos en un estilo muy personal.

"Silencio" y "La misión de la lluvia verde": el primero encarna una secuencia de "La bella estatua de Manuel" con el mismo nivel narrativo, más sabor realista, pero menos urdido cuentísticamente, ya que carece de un neto final. Muy superior es "La misión de la lluvia verde".

"El día en que el pueblo reventó de angustia", es acaso el mejor cuento de la serie. Lo mágico, lo poético, lo fantástico se entrelazan conjugándose perfectamente, en el leve tejido de una prosa de alta calidad. Es un cuento redondamente elaborado: antológico. Y pese a la brevedad de sus escasas ocho páginas imana por momentos el aliento y la grandeza de una obra épica.

Escritura sin vacilaciones la de Tello. A veces casi dura de tan seca y precisa. Casi telegráfica de tan corta y apurada. Y a menudo ingeniosamente creadora. La reticencia, el soliloquio, la hipérbole, la repetición o iteración, la onomatopeya, el neologismo y otras figuras retóricas y recursos expresivos están, casi siempre eficazmente utilizados. Tello conoce el idioma, y se sirve al máximo de él. No para una lúdica y paciente acrobacia verbal, sino como un vital recurso comunicativo. El cuento rechaza categóricamente el pleonasmo y prefiere frecuentemente la elipsis. Tello lo sabe y su brevedad es en este aspecto tan virtuosa que en ocasiones puede parecer endeble. Pero supera ampliamente el riesgo en muchos de sus cuentos y especialmente en el que se titula como el libro.

Es posible, reiteramos, que algunos lectores no capten ciertas intenciones en algunos de estos cuentos, en los que los distintos tiempos y espacios están extrañamente yuxtapuestos, como prensados, completamente desarticulados del tiempo cronológico. Es posible igualmente que el propio autor no prevea las interpretaciones -más o menos fundadas- que algunos leyentes harán de su narrativa. Estas son algunas de las característica -a menudo positivas- del cuento nuevo. Finalmente: Tello -lúcido y sensible escritor de su época- no se ha marginado del tiempo y del espacio reales. Consecuentemente, tampoco se ha marginado de los problemas estéticos y literarios, ni de las tremendas acechanzas, angustias y esperanzas del hombre contemporáneo, desgarrado por dentro y por fuera por un mundo que está muriendo y renaciendo todos los días.