UN
ITINERARIO LECTOR DE LA OBRA DE ANTONIO TELLO
por
Silvia Adela Kohan
Aunque
se aboca pronto a la narrativa (El interior de la noche, De
cómo llegó la nieve, El hijo del arquitecto y Los días de la eternidad), la trayectoria literaria de Antonio
Tello tiene la poesía como referente de una búsqueda cada vez más concisa en
el territorio del lenguaje. El sustrato de su narrativa es el imaginario de la
revolución de la América Latina de los años 70, pero su escritura pone en
escena lo esencialmente dramático, el alma humana enfrentada al horror, a una
guerra invisible y oscura.. Si bien se lo puede situar culturalmente en el
contexto de la literatura argentina de ese momento histórico, sus
peculiaridades, que se acentúan en el marco del exilio, le confieren un rasgo
de originalidad que lo distingue. En sus novelas, ficción, realidad y sueño se
funden en una trama perfecta en la que cada matiz de un plano se retoma en el
otro. Una escritura inquietante, precisa y concisa, que hunde sus raíces en la
épica castellana y abreva en las fuentes cervantinas como expresión de
continuidad de una tradición literaria de la que se reconoce deudor.
La
narrativa de Tello se lee con el placer que provoca el lenguaje intenso, la
precisión del verbo esencial y la armonía que sostiene el artefacto lingüístico.
El mismo ha comentado: “En el cuento La
catinga, el tratamiento del lenguaje forma parte de la historia misma y
me sirvió de base en El
hijo del arquitecto, que es un libro transicional. No hubiera podido
escribir Los días de la eternidad sin
El
hijo del arquitecto. Allí reconocí el valor y el poder de la palabra
como materia constructiva del mundo”.
Poesía
y narrativa son como partes de un todo que no se cierra, sino que se expande, y
consigue -como quería Roland Barthes- “demostrarle al lector que lo desea”.
Una novela prolonga a la otra y en ellas se reconocen los motivos y las
“obsesiones” que persiguen al autor. A la vez, es a través de la precisión
de la palabra que conecta inmediatamente con la poesía, a la que parece haber
llegado como etapa lógica de su recorrido por el lenguaje. Para él la palabra
es el recurso esencial de todo libro. Antonio Tello es fiel a su premisa: “No
se escribe a partir de un argumento sino de un proyecto”, y el proyecto se
afianza a través de su obra con una precisión nunca traicionada: el sentido de
la novela no proviene de una historia lineal sino de la organización del
relato, en lugar del tiempo lógico y cronológico apunta a un tiempo dinámico
de la historia.
En
las tres novelas hasta ahora publicadas, De
cómo llegó la nieve, El hijo del arquitecto y Los días de la eternidad y en la que está a la espera de
publicación, La pasión del señor S, los personajes,
el espacio y el tiempo configuran la intriga, que está regida por un
principio que llamo “de incertidumbre”, según el cual nada es lo que
parece, y que le permite pasar de los planos de la realidad histórica y de los
sentimientos al territorio del ser sin saltos traumáticos. Contiene alusiones,
contradicciones, superposiciones que evocan, gráficamente,
las diversas capas de piel de una cebolla, simulando un continuo
recomenzar del relato en distintas direcciones. El resultado es un conjunto autónomo
y singular, un tejido ajustado que no se cierra en los bordes. Se cuenta que una
vez le preguntaron a Faulkner si en sus novelas no había principio, medio y
final, y que Faulkner contestó: “Sí, pero no necesariamente en ese orden”.
Tello
narra una realidad interior (evocaciones, sueños, autorreferencias de los
personajes) a partir de la cual el lector capta y reconstruye con su lectura una
realidad exterior que circula sobre un tiempo dinámico, que fluye
continuamente. De ese proceso, tomo ciertos bloques básicos: el andamiaje, el
mito, los personajes, el espacio y la temática.
Andamiaje y mito. La estructura sostenida por el lenguaje presenta un movimiento rítmico continuo en el que las piezas encajan y cambian de sitio como un calidoscopio. La poética en su máxima significación constituye el andamiaje de la narrativa de Tello.
Los
relatos se sustentan en mecanismos de escritura muy precisos que constituyen lo
que Tello denomina “prosa esencial”, es decir a las formas sustantivas del
lenguaje. En éstas están representadas las visiones, el sueño y la memoria
que conforman los distintos planos del andamiaje narrativo de Los días de la eternidad
y del resto de la obra de Tello. Sobre la base de la "prosa
sustantiva", el discurso que surge de su escritura adquiere una potente
formulación mítica. Tello suele decir que “todo el peso de la creación se
apoya en la carga mítica de la palabra, que es vehículo del ser, pues cada
palabra tiene su propia historia, pero dado que la palabra suele estar, como una
cebolla, recubierta por muchas pieles, es necesario quitarle estas pieles para
que surjan las imágenes de su historia primordial, la cual también está en la
memoria más profunda de cada individuo”.
Personajes. Los personajes de Tello son heroicos, pero a diferencia de los héroes de las epopeyas que surgen como representantes perfectos de una comunidad, los héroes de las novelas y cuentos de Tello aparecen como individuos obligados por una realidad hostil a buscar en otros su propia identidad. Su epopeya es la lucha contra un destino y contra la angustia de saber que es una lucha inútil. Son seres que desconocen la totalidad, pero la perciben y la buscan tratando de establecer un puente, una identidad, entre la memoria personal y la colectiva. A diferencia de los personajes de la literatura realista, Tello libera a los suyos de las localizaciones geográficas o históricas, y permite por lo tanto que cada lector complete o reconstruya los escenarios y las historias a partir del valor fundacional de la palabra, tal como hace el Poeta, personaje emblemático de su obra, que pretende re-crear el mundo con esta misma convicción. De este modo, Tello compromete al lector con la peripecia del personaje y le confiere la potestad de intervenir desde sus propias y más hondas vivencias en la historia «en narración». Esto explica que el protagonista-narrador de Tello nunca hable desde la certeza y que su narración, apoyada en los tal vez, quizá, tome cuerpo como una realidad vulnerable, como una pesadilla trabajada de una manera distinta en cada novela. Tello ahonda en ella a través de los personajes que se internan por muy diversos senderos, pues el sueño le permite coagular un instante, apresar una vivencia, realizar y fijar lo irrealizable, mientras la palabra da continuidad a una vida que desaparece.
En
este proceso narrativo, el movimiento continuo entre los planos que conforman la
estructura del texto genera constantes desacomodaciones y desprendimientos. Cada
personaje está visto por otros, hay reflejos y desdoblamientos. A veces, uno ve
a otro y hace sus propias invenciones de ese personaje. En Los
días de la eternidad, Teresa inventa a Bermejo y Andrés por su parte,
que en realidad es Manuel T., el proteico poeta de De cómo llegó la nieve,
transfiere a Alejandro, su alter ego,
parte de su mundo, no sólo lo beatífico, sino también sus temores y deseos
insatisfechos. Al aparecer, desaparecer y reaparecer en las historias, los
personajes se ocultan detrás de una serie de máscaras y con ellas actúan
desde las sombras de la escritura. En Los
días de la eternidad:
Teresa
no es más que una máscara; una máscara que acaso, cuando llegue el día, si
ese día llega, en que tenga la libertad de quitármela, ya no me la pueda
arrancar.
La
temática. En la narrativa de Tello se desarrollan como temáticas
principales la desaparición-aparición y la búsqueda de la trascendencia. La
narración se sustenta en peripecias particularizadas por los personajes, pero
determinadas por un hálito de universalidad que las sitúa en su principio
esencial. De aquí que sus personajes puedan desaparecer para reaparecer
proyectados en otros. En este sentido, el trabajo literario de la superposición
opera al mismo tiempo como mecanismo significativo y como una especie de conjuro
contra la muerte individual y brutal ocurrida en un espacio-tiempo preciso: un
personaje “desaparece” para reaparecer más tarde en otro, no como
reencarnación sino como representación autónoma, que se diluye como expresión
culminante de libertad, tal como Sartre o Camus concebían a ésta. No sólo
ocurre entre un capítulo y otro, sino entre una novela y otra. En este sentido,
el tema de los desaparecidos en Argentina, por ejemplo, se amplía, -podríamos
decir que se expande- hasta significar la desaparición del ser y de este modo,
trascendiendo la pesadilla local, adquirir un carácter universal.
Un
motivo impulsor: el secreto. Al nudo
temático principal de la narrativa de Tello se vincula como factor de intriga
un sentido oculto, que los personajes intentan desvelar conjuntamente con el
lector aunque se advierte del peligro que acarrea el intento. De este modo,
Tello nos coloca en el umbral de una revelación cuya fuerza reside en la alusión
y la espera de lo que nunca se cumplirá porque nada es sólo lo que es. Esta búsqueda
transita entre el saber y la ignorancia de los personajes entre los cuales el
narrador establece la duda inteligente como instrumento de búsqueda. No nos
dice: el mundo es oscuro, sino que nos sugiere esa oscuridad, que es un modo
mucho más rico de decir.
En
El
hijo del arquitecto:
Al
principio creí que su invitación a la lectura era un reproche, pero enseguida
comprobé que me estaba hablando de algo secreto.
-Debo
advertirte que la lectura del Libro, por llamarle de alguna manera ya que no
tiene la forma de tal, que hemos venido contando primero, acuñando después y
finalmente escribiendo, es peligrosa.
Indicado
mediante acciones y otras formas pertinentes
En
Los días de la eternidad:
...
mientras él podía abrirse y dejarse ir entre recuerdos y sentimientos, yo no
podía hacer lo mismo con él, no podía revelarle quién era. No sólo porque
de hacerlo ponía en peligro la vida de los dos sino porque, cada día que
transcurría, la personalidad detrás de la que me ocultaba tomaba cuerpo y
desplazaba a la original.
De
esta cita se desprende la siguiente conclusión:
Él
guarda el secreto de otro para salvarlo. Ella guarda su propio secreto para
salvarse y salvarlo a él. Mientras tanto, la ficción se va imponiendo sobre la
realidad. Es decir, el secreto funciona como núcleo vinculante entre los
personajes.
En suma, la narrativa telliana rompe las pautas del orden establecido en diversos frentes y desde distintos ángulos. Su escritura aparece antes que como un gesto de rebeldía como un deseo profundo de libertad para contar y descubrir con la complicidad de otros nuestra propia historia desde la imaginación. Las historias lineales y planas sancionadas por el mercado literario y que proponen un legibilidad directa, inmediata, constituyen una forma de represión frente a la cual la escritura telliana se opone dando fe del valor de la palabra.