La aproximación a los clásicos. La lectura creativa.
Teresa Martín Taffarel
La lectura de los clásicos
Si consideramos la lectura como un acto humano, abierto y universal, podemos afirmar que todos tenemos una vocación lectora, que nos define. El mundo que nos rodea, los seres en medio de los cuales transcurren nuestros días, son signos que debemos descifrar, porque contienen mensajes cuyas claves nos permiten ir penetrando en ese misterio que somos. Dice San Pablo: "Ahora vemos en espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido". Lectores de nuestro propio sentido humano, vamos buscando en el espejo el conocimiento parcial que nos conducirá a la luz de la revelación definitiva.
La lectura
La literatura, integrada en este universo de signos, se plasma en un material simbólico, el lenguaje, y nos enfrenta con la escritura creadora que en la recreación lectora alcanza su plena significación.
En un principio, la literatura tiene una dimensión oral, acústica, que procede de sus orígenes, cuando la transmisión de la cultura constituía un largo relato cuyo vehículo era la voz de los mayores que daba forma a los aconteceres humanos, los interrogantes frente a los misterios de la naturaleza, las costumbres, los trabajos, las artesanías.
Sin embargo, cuando hablamos de lectura, nos referimos en un sentido estricto a los libros, es decir, a la representación gráfica, a la codificación escrita, cuya comprensión requiere un aprendizaje que proporcione los mecanismos necesarios para la incorporación de dicho código.
La lectura no debe ser una actividad pasiva ni una obligación tediosa, sino un constante hacer, indagar, crear: un diálogo con el lenguaje que nos transmite mundos imaginarios y nos incita a recrearlos y a dialogar con el texto, que es un modo de dialogar con nosotros mismos.
La capacidad lectora, adquirida en la infancia y cultivada lo largo de toda la vida, nos permite leer para informarnos, para conocer y para acceder a las obras literarias que durante el transcurso del tiempo han ido produciendo los seres humanos.
El acceso a estas obras supone una actitud diferente: a la comprensión se une el asombro; al pensamiento, la imaginación; a la información, la recreación. El libro será entonces un descubrimiento, fuente de conocimiento y de goce estético.
En este punto, el del descubrimiento, se sitúa nuestra labor docente en el área de la literatura. Debemos proponernos que el alumno se sienta estimulado a elegir la lectura como actividad lúdica, creativa, de indagación y de comunicación. Que se haga "amigo de los libros" y que no vea en ellos tan sólo un objeto escolar, rutinario y obligatorio que una vez "usado" pasará a formar parte de los desechos del curso, junto con exámenes, carpetas y ejercicios.
Es cierto que no todos tendrán una definida vocación lectora, pero si esto sucede, que no sea porque nosotros mismos nos hayamos encargado de alejarlos de los libros con una imposición autoritaria y con esquemas rígidos de comentarios de textos. Es necesario despertar el deseo de leer a partir de nuestra asignatura, desarrollada mediante una actividad docente que convierta en voluntaria elección y hacer creativo lo que es parte de una programación escolar.
Asimismo, es necesario señalar que, en este preciso momento histórico que estamos transitando, no podemos hablar de la lectura aislada de los medios que transmiten información con otros códigos: la imagen visual y auditiva, y la posibilidad de penetrar en las redes informáticas y de navegar por el ciberespacio.
Teniendo en cuenta esta nueva manera de leer, que ya se va imponiendo en todos los niveles, y la influencia del universo audiovisual en la lectura, debemos plantearnos una actualización de nuestra tarea. No obstante, el libro impreso sigue ocupando aún su lugar en la sociedad y en el aula, aunque sin duda en un tiempo más o menos próximo será susituido por aquellos medios.
Los clásicos
Más allá de los cambios en las actitudes lectoras y en el modo de acceder a la memoria creativa fijada en la letra impresa o virtual, hay una corriente profunda que sostiene y alimenta las aportaciones de cada momento en el proceso de la creación literaria: el legado y la permanencia de esas obras eternas que llamamos los clásicos.
El concepto de clásico se refiere en principio a la concepción estética de épocas, como la antigüedad greco-latina o el Renacimiento, caracterizadas por su fidelidad a los preceptos, que se constituyen en fórmulas de perfección. Esta definición establece una oposición histórica entre lo clásico y lo romántico, en relación con el acatamiento a las normas o la libertad de expresión respectivamente.
Fuera de toda periodización, se consideran clásicas aquellas obras que van componiendo el proceso cultural de la humanidad, superando los límites de su propio tiempo y situándose en una especie de no tiempo desde el que se proyectan como unidades abiertas a los lectores de todas las épocas.
Así, la obra clásica, procedente de una tradición, pasa a incluirse en esa tradición, que a lo largo de los siglos va atesorando formas de visión y comprensión del mundo.
El carácter de permanencia y universalidad se manifiesta en actos como la lectura de descubrimiento, la función de la relectura, la resistencia al discurso crítico y a las bibliografías y la capacidad de seguir recorriendo las huellas creativas de la humanidad para descubrir los hilos secretos de una trama cultural siempre vigente.
Italo Calvino da esta definición: "Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir". Un libro, por tanto, potencialmente vivo, como un tesoro infinito que revive en cada lectura aportando nuevos significados ocultos en su escritura.
Los rasgos de permanencia y actualidad tienen que ver ante todo con la incorporación de esquemas universales que están en la base de todo comportamiento humano. El modelo narrativo acontecimiento-acción-resolución reproduce el itinerario vital de la Historia: Génesis-Redención-Apocalipsis, y de cada ser humano: nacer-vivir-morir.
Toda narración es la búsqueda de una respuesta a un problema esencial o existencial, que parte de una pregunta, anticipa algún descubrimiento y deja de nuevo planteado el interrogante. De ahí que la lectura de las clásicos es al mismo tiempo un olvido y un reencuentro.
De todas las lecturas que hemos hecho a lo largo de nuestra vida, sobre todo de aquellas realizadas en la infancia y en la adolescencia, a las que se sumaban los relatos orales que nos transmitieran nuestros abuelos, seguramente se nos han ido desvaneciendo detalles, hechos circunstanciales, nombres, fechas y hasta argumentos.
Sin embargo, aquellos esquemas primordiales que sustentan el viaje de conocimiento, la búsqueda de un tesoro, el paraíso perdido; los paisajes simbólicos plenos de sugerencias, selvas, mares, islas, montañas, ciudades laberínticas; los personajes que se repartían entre héroes, heroínas, y oponentes, o seres mágicos provenientes de los bosques, las fuentes o las sombras; todo el mundo de aquellas lecturas ha quedado siempre latente en nuestra memoria, es decir, en aquel cofre de la memoria guardado en el olvido, y ha brotado al releer aquellas obras en otros momentos de la vida, conscientes ya de su valor, o al leer por primera vez libros en que descubríamos la reelaboración, total o parcial, de aquellos esquemas y de aquellos mundos.
La crítica contemporánea y los escritores, al reflexionar sobre el acto narrativo, afirman unánimemente que, en función de la intertextualidad, siempre se reescribe lo ya escrito, del mismo modo que en cada lectura se lee lo ya leído: "Palimpsestos" llama Umberto Eco a las novelas, es decir, escritura sobre escritura.
En busca del tesoro
Es necesario que la lectura del texto clásico se abra a lo contemporáneo, del mismo modo que los textos contemporáneos nos remitirán siempre a los clásicos. Entonces, la aventura de Ulises se convierte en aventura intergaláctica, en Odisea del Espacio. La búsqueda del Vellocino de Oro, atraviesa el tiempo hasta dar con Jim y el Capitán Silver en viaje hacia la Isla del Tesoro, o con la empresa inaudita de hallar el Arca Perdida en medio del desierto. De este modo, la historia contada hace siglos se contextualiza en el presente de la lectura y aporta otros argumentos al argumento fundamental.
En un cuento de Julio Cortázar, el incendio de Roma, en tiempos de Nerón, sucede paralelamente y en el mismo instante narrativo en que un apartamento de París queda envuelto en llamas, y todos los fuegos arden en un solo fuego. Las dos historias obran a modo de vasos comunicantes hasta llegar a fundirse en una sola, porque la que ya sucedió sigue sucediendo siempre en otro momento y en otro lugar.
En busca de ese tesoro que implica el descubrimiento de una nueva dimensión del mundo y de nosotros mismos, partimos pues hacia la aventura de los clásicos, con una visión pedagógica y con algún mapa que nos indique el itinerario, para no perdernos en la selva de lo desconocido ni en el océano de lo inabarcable. Emprendemos un camino, sabedores de que en cada jornada nos esperan enigmas, hallazgos, citas inesperadas, misteriosos encuentros. Y aunque a veces parezca que nos alejan del tesoro, en verdad nos están consolidando en la indagación.
Dos ejemplos
Nuestra aventura consiste en acercar los clásicos a los adolescentes. O, mejor aún, adentrarnos en los clásicos junto con ellos desde nuestra propio experiencia.
Se trata entonces de plantearnos un método de trabajo creativo que tenga en cuenta algunos aspectos ya apuntados, como lo motivación a la lectura, la búsqueda de mundos desconocidos, el cultivo de la sensibilidad, el ejercicio de la crítica, el conocimiento de distintas formas de expresión por la palabra y la imagen y la integración de los valores culturales y personales, entre otros.
La selección de las lecturas deberá realizarse a partir de un criterio claro y preciso que admita la apertura hacia otras lecturas. Escogemos dos ejemplos: Las crónicas mestizas de José María Merino y un episodio del Quijote.
Las crónicas mestizas, trilogía formada por El oro de los sueños, La tierra del tiempo perdido y Las lágrimas del sol, tienen como protagonista a un joven mestizo de quince años, hijo de uno de los hombres de Hernán Cortes y de una India tlascalteca, que escribe sus aventuras, transcurridas a mediados del siglo XVI en distintas espacios históricos y geográficos de la Conquista de América.
El propio autor enumera sus propósitos: la búsqueda de "la identidad en la permanente crisis de nuestro tiempo", la exploración de "los recovecos de la memoria", las relaciones de la aventura con el mito y el sueño, y "la tensión entre el autor y su obra, desde la intuición de que las palabras siguen siendo el elemento creador o destructor del mundo y no su mero reflejo". Propósitos no sólo aplicables a esta obra concreta o a nuestros objetivos de enseñanza, sino también definitorios de algunas preocupaciones universales.
La lectura de esta obra se plantea como una novela de viajes y de aventuras, pero en su estructura fundamental es una novela de iniciación, en que la búsqueda del héroe se dirige al descubrimiento del mundo y de su propia identidad.
El héroe, Miguel Villacé Yolotl, relata en primera persona sus aventuras: recorre diversos paisajes y ambientes, entra en contacto con nuevas formas de vida, cultiva amistades, conoce la traición y la solidaridad, se aproxima a los enigmas del universo y descubre la medida de sus propias fuerzas ante infortunios y adversidades contra los que deberá luchar para sobrevivir y superarse a sí mismo. De este modo irá realizando su aprendizaje de la vida y madurando en el camino de la experiencia y del conocimiento.
Esta trilogía contemporánea (fue publicada en 1992), escrita con un discurso enriquecido por las aportaciones narrativas del arte de novelar en el siglo XX, nos remite a un mundo de referencias mediante la intertextualización de elementos procedentes de las lecturas clásicas del autor y de su generación. Alusiones a los viajes homéricos o dantescos, evocaciones del Amadís de Gaula, personajes de la picaresca española, reelaboración de las Crónicas de Indias, episodios quijotescos, homenajes al mundo de Stevenson a de Verne, sugerencias más remotas de los mitos americanos, todo un mundo que abre el texto a una cultura literaria, guiada desde su propia trama novelesca en relación con algunos intereses de los adolescentes.
Otro enfoque sería tomar como punto de partida la lectura de algún texto clásico. Por ejemplo, el diálogo que don Quijote y Sancho mantienen en el capítulo XX de la primera parte del Quijote. Están en medio de "las tinieblas de la noche" oyendo "el ruido del agua con el susurro de las hojas" mientras otro estruendo, como un "crujir de hierros y cadenas" les "aguó el ruido del agua". En ese ambiente invadido de "horror y espanto" Sancho, tras maniatar a Rocinante para impedir que don Quijote acometa una "tan temerosa aventura" se dispone a contarle un cuento para entretener a su amo y, en todo caso, hacerlo dormir.
La narración fluye a través del diálogo entre ambos, y la lectura, como todo el Quijote, se vuelve auditiva en la versión de este "cuento conversado" que, por último no termina de contarse.
Las fórmulas narrativas que Sancho propone nos remiten a la antigua tradición del cuento, y los hilos del relato se abren a sugerencias siempre actuales sobre el arte de contar y de elegir argumentos, dar vida a personajes, propiciar la intervención del interlocutor y reunir en esta actividad todas las dimensiones y propósitos del cuento oral: entretener la espera, neutralizar el miedo, adormecer al oyente inquieto.
Para acercar al adolescente a un clásico como el Quijote, es preciso que la clase de literatura sea, ante todo, clase de lectura, a partir de la cual se suscitará el diálogo, el comentario, la indagación, la recreación, la búsqueda de relatos, la escritura, y se despertará el interés por leer otros capítulos del Quijote, alguna de las Novelas ejemplares, algún otro autor de los Siglos de Oro, a por encontrar aquellos temas en textos contemporáneos. Así habremos convertido el texto que figura en la programación, tal vez como "lectura obligatoria" en libro escogido, valorado y querido.
Los profesores pueden ir formando su propio repertorio de clásicos integrándolos en una biblioteca del aula, que se enriquecerá con la aportación de los alumnos y se ampliará con material audiovisual, en especial películas y videos. En este sentido apuntamos sólo como una sugerencia, pues el tema tiene bastante amplitud y profundidad, la relación entre series de televisión o películas con aquellos esquemas primordiales de los clásicos, la aventura del héroe y las alternativas de su búsqueda: pruebas, peligros, derrotas, triunfos.
Conclusión
Pedro Salinas, poeta profesor, que defiende el "aprendizaje del buen leer en la escuela", para lo cual es necesario poner "al escolar en contacto con los mejores profesores de lectura: los buenos libros", aporta estas palabras escalonadas:
"Se lean los clásicos, para coda edad el suyo; mejores libros sellados por la tradición culta del mundo, con las variantes propias de coda país. Y se lean delicadamente aclarados, diariamente vividos, en la clase, año tras año, de suerte que el cómo leer se aprenda sin saber cómo, al igual que el andar o el respirar, por natural ejercicio de la función".
Esta sería una de las claves del viaje hacia el tesoro de los clásicos: recuperar su lectura y transformarlos en un ejercicio natural, en un desciframiento del mundo y del ser humano, en una fuente inagotable de creatividad.
Bibliografía
BAQUERO GOYARRES, M.L:
Estructuras de la novela actual,
Madrid, castalia, 1989.
BATLLÓ, J. Y X. PREZ:
La semilla inmortal,
Barcelona, Anagrama, 1998.
CALVINO, L.:
Por qué leer los clásicos, Barcelona,
Tusquets, 1992
NAVARRO DURÁN, R.:
¿Por qué hay que leer los clásicos?,
Barcelona, Ariel, 1996.
PENNAC, D.:
Como una novela, Barcelona,
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SAVATER, F.:
La infancia recuperada, Madrid,
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