Cirilo
Teresa Martín Taffarel
Cirilo miraba a su alrededor. Sus ojos acostumbrados a la inmensidad, acariciaban la línea del horizonte. Cirilo nunca supo si la lejanía estaba en las cosas o dentro de sí mismo. Había nacido en una hondonada de la tarde y fue creciendo entre los pliegues de la noche alta. Aprendió a amar cada sonido, y conocía el lenguaje de los pastos y la canción del viento.
Cirilo miraba a su alrededor. La noche había caído más allá del círculo que creaban las llamas cambiantes, las sombras tejían una trama compacta que recogía algunos hilachos luminosos. Porque Cirilo había encendido un pequeño fogón en medio de la pampa.
- Cosas como estas son las que me recuerdan que estoy aquí- murmuró. Y sus ojos, acostumbrados a las distancias, se replegaron en ese pozo de luz en medio de la sombra.
Cada vez que en la noche creciente encendía el fuego, sentía que su cuerpo se hacía ligero y se iba sumergiendo en una ilusión parecida al sueño. La tierra estaba atravesada por caminos infinitos que convergían en su pequeño altar de leña seca y ramas todavía verdes. "Leña seca y ardedora..." El pedazo de copla se perdía en el silencio de donde había nacido.
"Tanto silencio en todas partes...", pensó Cirilo. De vez en cuando adivinaba la cercanía de Almanegra, que relinchaba o arrancaba algunas hierbas tiernas. Próximo estaba el tajamar poblado de alas quietas que de pronto se movían en agitado temblor. el canto de los grillos y de los sapos era tan monótono que ya formaba parte del silencio mismo.
Cirilo sintió la noche como una presencia ascendente y expansiva. Desde la tierra subía el fuego que copiaba el calor del sol ausente y encendía en todo su cuerpo las células del amor.
Pero Cirilo calmaba su deseo con la fuerza de la llama purificadora que iba entregando sus puntas a la noche.
-Estas son las cosas que me van recordando- murmuraba Cirilo. Él sabía que en medio de la pampa no existen los destinos. Sabía sí que él era destino de sí mismo. Sabía que todo fuego que se apaga alimenta a otros fuegos que se encienden.
En el fondo de sus ojos las chispas se multiplicaban y su mirada oscura se iluminó con las estrellas maduras. Cirilo sintió la profundidad de la noche que lo alejaba de las cosas y lo ahogaban en su propia soledad...
Sólo quedaban las brasas que durarían hasta el alba próxima. Porque Cirilo, traspasado de luz, como ascua de fuego consumado, había encontrado en su propio corazón un alba eterna.