El 19 de Marzo y el 2 de mayo, de Benito Pérez Galdós

2. Análisis y comentario de la obra

Por Teresa Martín Taffarel 


2.1. Estructura de la novela

2.1.1. Las dos fechas

Dos episodios de la historia de España, centrados en dos fechas se reúnen en esta novela determinando su estructura. Los treinta y cuatro capítulos que la componen se distribuyen cronológicamente entre estos dos momentos: el 19 de marzo, capítulos I a XIII; el 2 de mayo, capítulos XIV a XXXIV.

La primera [echa corresponde al motín de Aranjuez, que provoca la caída de Manuel Godoy, ministro todopoderoso de Carlos IV. La plebe desenfrenada es un instrumento de las intrigas del hasta entonces príncipe Fernando. Como consecuencia de estos acontecimientos, Carlos IV abdica en favor de su hijo, que se conviene en Fernando VII. En los hechos históricos se implica la trayectoria vital de los personajes novelescos: Gabriel Araceli se traslada de Madrid a Aranjuez todos los domingos para visitar a Inés; cuando estalla el alboroto se ve obligado a participar contra su voluntad.

La segunda fecha marca el día en que el pueblo de Madrid se subleva rechazando al invasor francés; la jornada concluye con las ejecuciones llevadas a cabo después de la contienda. Inés y Gabriel viven en Madrid su propia peripecia, cuyo final coincide con el día de la lucha, en la cual se ven envueltos.

En ambos casos, los acontecimientos históricos influyen en la vida de los personajes novelescos y, a su vez, éstos se implican en la historia.

En relación con estos dos grandes núcleos representados por las fechas, el relato se organiza siguiendo un esquema paralelo en que se equilibran los elementos históricos y la intriga novelesca, predominando uno u otro aspecto, pero sin desaparecer del todo ninguno de ellos asumidos por la narración. Ambas líneas coinciden en los momentos de máxima tensión: la partida de Inés con el motín de Aranjuez; su liberación con el levantamiento de Madrid.

2.1.2. Los dos espacios

Los espacios de cada una de las dos partes están perfectamente delimitados: Aranjuez y Madrid.

Dentro de cada uno hay también otros dos espacios acotados que corresponden a la ficción y a la historia, respectivamente:

Aranjuez:

* La casa de don Celestino, donde transcurre la historia de Gabriel e Inés.

* El palacio, la taberna y las calles, escenario de los acontecimientos históricos.

Madrid:

* La casa de los Requejo, espacio cerrado en el que permanece confinada Inés y en el que se instala Gabriel para rescatarla.

* Las calles de Madrid, lugar de la liberación y escenario de los hechos históricos.

Las dos fechas marcan también el final de un tiempo transcurrido en relación con los elementos históricos y novelescos de los distintos espacios:

Aranjuez:

* Hasta el 14 de marzo de 1808, se cumplen cada domingo las visitas habituales de Gabriel a la casa de Inés.

* Entre el 15 y el 19 de marzo, suceden los hechos históricos en los que interviene Gabriel, recorriendo distintos lugares de la ciudad.

Madrid:

* Desde el 20 de marzo hasta el 2 de mayo, los personajes viven su peripecia en casa de los Requejo.

* El 2 de mayo, desde la madrugada hasta bien entrada la noche, acontece la sublevación en las calles, de la que participa Gabriel.

2.1.3. La acción

Teniendo en cuenta estos elementos estructuradores, se puede representar la novela según el siguiente esquema:

A. El 19 de marzo

1) Historia de Gabriel e Inés:

Presentación (cap. 1): el trabajo de Gabriel en el Diario de Madrid; visitas habituales a Aranjuez; Inés y don Celestino; los paseos por los jardines del palacio.

El acontecimiento (cap. II a y): la cada de los tíos; reacción de los personajes; llegada de los Requejo; partida de Inés.

2) El motín de Aranjuez (cap. VI a XIII):

Visita de don Celestino a Godoy; llegada de gente extraña a la ciudad; los personajes de la plebe, Santurrias, Lopito, Pujitos, la Mariminguilla; saqueo del palacio; el luego y las campanas; caída ignominiosa de Godoy; regreso de Gabriel a Madrid.

B. El 2 de mayo

1) Historia de Gabriel e Inés:

Desarrollo de la acción (cap. XIV a XIX): encierro de Inés; llegada de Gabriel; la casa de los Requejo; planes de bodas; fiesta en las calles; intento de fuga.

Culminación de la acción y desenlace (cap. XX a XXIX): la pasión de Juan de Dios; Inés habla en sueños; segundo intento de fuga; Gabriel se descubre; libres por fin.

2) La sublevación de Madrid (cap. XXV a XXX):

Encuentro con don Celestino; la lucha en las calles; Chinitas y la Primorosa; Daoíz y Velarde; Juan de Dios; fervor patrio; la derrota.

3) Historia y ficción (cap. XXXI a XXXIV):

En busca de Inés y su tío; los fusilamientos; peregrinaje por Madrid; el encuentro; liberación de Inés; «un estruendo horroroso».

 

2.2. El narrador

El primer personaje de una novela es el narrador. Aunque no siempre pertenezca a la historia es el protagonista del discurso, puesto que de él depende la forma de contar, el punto de vista que adopte, la concepción del tiempo, la vivencia del espacio, el lenguaje y la comunicación con el otro personaje del discurso, el lector

A veces coinciden el narrador y el protagonista de la historia, en cuyo caso se suele emplear la primera persona; otras veces, el narrador se desdobla en el personaje y habla de él en tercera persona. También puede suceder que, aun hablando en primera persona, el narrador establezca una distancia con respecto al personaje, situándose en un presente alejado de los acontecimientos vividos, con lo cual la perspectiva se amplía.

 

2.3. Autobiografía e historia

El narrador de esta novela, como de todas las que integran la primera serie de los Episodios Nacionales, es Gabriel Araceli, es decir, el mismo protagonista de la acción. Sin embargo, entre el personaje de la historia y el narrador median sesenta y cinco años, según él mismo lo afirma: «... mi imaginación renueva hoy, sesenta y cinco años después» (cap. 1); «Así lo digo yo, a los ochenta y dos años de mi edad» (cap. XIII).

Galdós adopta la perspectiva autobiográfica para las diez novelas de la primera serie, consciente de las posibilidades creativas de este procedimiento y al mismo tiempo de las dificultades que se presentan en el caso de la novela histórica:

«En la primera sede adopté la forma autobiográfica, que tiene por si mucho atractivo y favorece la unidad; pero impone cierta rigidez de procedimiento y pone mil trabas a las narraciones largas. Dificil es sostenerla en el género novelesco con base histórica, porque la acción y trama se construyen aquí con multitud de sucesos que no debe alterar la fantasía, unidos a otros de existencia ideal, y porque el autor no puede, las más de las veces, escoger a su albedrío ni el lugar de la escena ni los móviles de la acción».

La relación retrospectiva como principio estructurador superpone tiempos e intensifica la significación de lo vivido. El desdoblamiento del yo narrador/protagonista produce una impresión de vida y al mismo tiempo impone cieflos límites al enfoque histórico.

No se trata de transcribir los acontecimientos tal como los presenta el dicurso histórico sino de recrearlos. Pero los hechos no pueden ser modificados.

Para resolver este dilema el narrador, con técnica realista, reconstruye los detalles de la escena y, al mismo tiempo, recupera desde la interioridad aquellos móviles que la ciencia de la historia no puede transferir al registro de los hechos, es decir las vivencias, las percepciones de los personajes que intervinieron en ellos. El amor, el miedo, la sordidez, el odio, la generosidad, el sentimiento colectivo de fervor patrio no son conceptos sino experiencias vividas o padecidas por seres concretos, personajee de ficción que forman parte de ese mundo reconstruido que encarna la historia.

No debemos olvidar, asimismo, que hay en el texto un espacio, una función que corresponde al otro personaje fundamental del discurso, el lector Entre el narrador y el lector se establece siempre un pacto que supone una aceptación por parte de ambos de las reglas del juego narrativo. En este caso, la novela histórica formulada como autobiografía ficticia asume en su proyecto de verdad propuesta y aceptada la historia real (los dos levantamientos) y ficticia (Gabriel e Inés) y su elaboración novelesca, que incluye la acción y la actividad narrativa, es decir, el discurso (el anciano narrador que transmite sus recuerdos al lector).

La importancia de lo subjetivo en los fenómenos de la historia, permite ciertas expansiones a la imaginación y aparecen otras cualidades en la captación de la realidad.

La perspectiva se enriquece con la vida transcurrida y recordada, y el tiempo otorga sabiduría para interpretar los acontecimientos personales e históricos. Asimismo, la evocación añade un cierto lirismo a la visión del espacio, y las imágenes interiorizadas se proyectan con un valor simbólico:

¡Ah!, permitid a mi ancianidad que se extasíe con tales recuerdos; permitid a esta negra nube que se alboroce y se ilumine traspasada por un rayo de sol. Los sábados eran para mí de una belleza incomparable; su luz me parecía más clara, su ambiente más puro; y en tanto, ¿quién podía dudar que los rostros de las gentes eran más alegres y el aspecto de la ciudad más alegre también? (cap. 1)

Las imágenes guardadas en la memoria se asocian a los acontecimientos y el tiempo transcurrido ilumina los hechos narrados y los espacios reconstruidos, con toques intemporles:

El día se acercaba y se sentían los primeros lejanos y vagos rumores, desperezos de la indolente ciudad que despierta. Por oriente, bacía el fin de la calle de Alcalá, se veía el resplandor de la aurora, y cuando nos retirábamos, Inés y yo nos detuvimos un instante a contemplar el cielo, que por aquella parte se teñía de un vivo color de sangre. (cap.XXIV)

 

2.4. Los dos acontecimientos históricos

Esta visión autobiográfica de la historia a cargo de un personaje de ficción permite al narrador acogerse a los principios estructuradores de la novela histórica: la reconstrucción de hechos ocurridos en tiempos y espacios diferentes adquiere unidad en la composición gracias a la visión temporalizadora que los interpreta estéticamente.

El narrador, desde su presente, reelabora experiencias que pertenecieron al joven que fue y que constituyeron su aprendizaje de la vida. Los dos movimientos populares en que Gabriel interviene adquieren su verdadero sentido cuando historia y discurso, es decir, acción y narración se integran en una indagación del destino humano y en un diálogo con el devenir histónco.

Los dos movimientos tomados por separado constituyen dos manifestaciones diferentes cuyo signo común es el pueblo actuando colectivamente como factor de cambio. Desde el punto de vista histórico ambos forman parte de una trama de intrigas y manejos políticos insertados en un vasto proceso que va trazando la fisonomía y el destino de la nación.

Estos dos levantamientos populares se definen por los contrastes y diferencias que la novela recrea estéticamente a partir de la visión y el lenguaje del narrador

1) El 19 de marzo

El motín de Aranjuez se gesta como una fuerza ciega y destructiva que se corporiza en una multitud manipulada por las intrigas del poden El pueblo se convierte en un monstruo repugnante al servicio de intereses ocultos. Carece de espontaneidad y su actuación tiene que ver con soldadas, «viaje pagado y vino a discreción». Es una turba, un populacho reclutado entre pícaros y marginados. Gabriel descubre esta realidad decepcionante cuando Lopito le ofrece una colocación indigna:

¿Y por qué es eso, Lopito? Yo creí que esa gente gritaba y chillaba porque así era su gusto. De modo que todo eso de vivan nuestros reyes y lo de muera el choricero¿es porque corre el dinero? (cap. VII>

En medio de la agitación popular que lo arrastra con furia incontrolada, Gabriel se enfrenta con los aspectos más condenables de la ignorancia y la violencia instrumentadas desde los oscuros laberintos del poder La venganza, la ingratitud, el ansia de destrucción, oscuros resentimientos, la crueldad con el caído, la burla al indefenso, la borrachera de alcohol y de fuego convierten al pueblo que saquea el palacio en una bestia salvaje:

... y en esa tarea de exterminio la terrible fiera empleaba a la vez y en espantosa coalición todas sus herramientas, las manos, las patas, las garras, las uñas y los dientes, repartiendo puñetazos, patadas, coces, rasguños, dentelladas, testarazos y mordiscos. (cap. IX)

Don Celestino reconoce el alcance de estos hechos y los resortes que se han puesto en juego para desencadenarlos:

Todo esto ha sido obra del príncipe de Asturias y de sus amigos. Bien claro se vc.(...) Y esto no ha de parar aquí. Ellos quieren la abdicación del rey, y viendo que esto no es fácil de conseguir, tratan de irritar más al populacho para que don Carlos coja miedo y suelte la corona. (...) ¡Qué fácilmente se engaña a esos desgraciados! (cap. XII)

El narrador, desde su vejez, se siente solidario con los sentimientos de aquel adolescente que le entrega sus vivencias para que él las exprese con el lenguaje de la madurez en un presente que da a su reflexión un alcance universal:

La turba siempre es valiente en presencia de estos ídolos indefensos, para quienes ha sonado la hora de la caída. (...) La verdad es que todas las caídas repentinas, así como las elevaciones de la misma clase, tienen su manubrio interior manejado por manos más expertas que las del vulgo. (cap. DC)

La narración de los acontecimientos de marzo de 1808 se cierra en el capítulo XIII con un texto que también pertenece al presente del narrador:

Aquél fue el primer motín que he presenciado en mi vida, y a pesar de mis pocos años entonces, tengo la satisfacción de no haber simpatizado con él. Después he visto muchos, casi todos puestos en ejecución con los mismos elementos que aquel famosísimo, primera página del libro de nuestros trastornos contemporáneos...

El tiempo y el espacio del discurso irrumpen en la historia haciendo notorio el distanciamiento con el protagonista y, al mismo tiempo, afirmando la fidelidad a su propia trayectoria vital:

Pasan años y más años: las revoluciones se suceden, hechas en comandita por los grandes hombres y por el vulgo, sin que todo lo demás que existe en medio de estas dos extremidades se tome el trabajo de hacer sentir su existencia. Así lo digo yo hoy, a los ochenta y dos años de mi edad, a varios amigos que nos reunimos en el café de Pombo...

 

2) El 2 de mayo

La segunda parte, correspondiente a la segunda fecha, comienza en el capítulo XI con un párrafo en que el narrador se refiere a sí mismo, confiándole al lector su situación actual:

Me siento fatigado; pero es preciso seguir contando. Ustedes están impacientes por saber de Inés; lo conozco y justo es que no la olvidemos.

La mención de la fatiga da un toque melancólico al presente del narrador, quien en alguna oportunidad dice sobre sí mismo: «La vida fue mi escuela, y la desgracia mi maestra. Todo lo aprendí, y todo lo tuve». (La batalla de los Arapiles, cap. XLII)

Sin embargo, no sabemos cuál es la verdadera dimensión de esta confesión: ¿es la fatiga del propio autor decepcionado de los seres humanos y de la historia?, ¿es la fatiga del anciano narrador abrumado por el recuerdo?, ¿es la fatiga del escritor que acabado el relato de un episodio debe emprender otro a partir de la historia de sus personajes?

En todo caso, el escritor pareciera asumir la actitud de un transmisor oral: no dice «es preciso seguir escribiendo», sino «seguir contando». Y de inmediato se muestra comprensivo con la impaciencia no del lector ausente sino de un auditorio vivo y presente, a quien se dirige en plural, «ustedes».

Sin embargo, el lector, se reconvierte en presencia al incluirlo el narrador en ese «ustedes» vivo y actual de la lectura. Son los juegos del texto.

También sabe el narrador que el interés de los interlocutores se centra en el episodio novelesco que había quedado interrumpido por la narración de los acontecimientos históricos. Es, por tanto, necesario satisfacer esa curiosidad y retomar el hilo del relato.

Un nuevo hecho histórico motiva la segunda parte de este Episodio, en cuya corriente confluirá la aventura de Inés y Gabriel y de todos los personajes de ficción: la larga y dolorosa jornada del 2 de mayo de 1808.

También el pueblo es el protagonista de este suceso pero el contraste con el motín de Aranjuez es notorio. La visión del narrador se manifiesta a través de un lenguaje caracterizado por rasgos valorizadores, oponiéndose a la desvalorización con que se trata lingúísLicamente el hecho anterior.

No es el amotinamiento de una turba ignorante, sino la sublevación de un pueblo heroico. La técnica de la animalización o cosificación, con la que logra convertir a la muchedumbre de Aranjuez en un monstruo furioso, es sustituida ahora por un lenguaje épico que exalta el valor y el martirio de un pueblo heroico.

Este sentimiento aparece desde el discurso, cuando el narrador anticipa lo que contará con la amplia visión de conocimiento y de interiorización reflexiva que le concede el distanciamiento temporal:

... raras veces presenta la historia ejemplos como aquél, porque el sentimiento patrio no hace milagros sino cuando es una condensación colosal, una unidad sin discrepancias de ningún género... Estas reflexiones se me ocurren ahora recordando aquellos sucesos. (cap. XXVI)

La presencia del narrador en primera persona neutraliza el impacto del final. Gabriel es fusilado junto con don Celestino y cuenta la experiencia de la muerte. Esto crea una inquietud en el lector, que leyendo sólo este Episodio, puede dudar ante la probabilidad de que el narrador autobiográfico no hubiera muerto o, la supuesta alternativa de haber leído unas memorias de ultratumba, en cuyo caso la novela se definiría como un relato fantástico.

Sin embargo, los datos concretos esparcidos en la narración nos informan que el narrador tiene ochenta y dos años y vive en Madrid, ya que asiste a las tertulias del café de Pombo. En el siguiente Episodio, Bailén, sabremos que no murió y conoceremos otras de sus aventuras.

El narrador es una memoria histórica y personal que, desde la mirada subjetiva y a partir de su propia intervención en los hechos, reconstruye los acontecimientos y procede como novelista historiador, no sólo interpretándolos sino componiendo estéticamente un espacio narrativo en el que personajes y acontecimientos se valorizan en función de la estructura novelesca.

2.5. Los personajes

En toda novela histórica aparecen personajes que existieron y protagonizaron hechos ciertos en un espacio real, junto con personajes de ficción que intervienen en la historia al mismo tiempo que viven su propia existencia imaginaria. Sin embargo, la naturaleza de unos y de otros participa de un misma jerarquía narrativa y son tratados con igual libertad creativa. Que el autor respete la veracidad no es una ley del género sino una opción personal.

En la obra de Galdós, la creación de los personajes tanto reales como de ficción responde a la concepción realista de la novela y a su moderna idea de la historia.

Sus personajes se mueven en un mundo imaginario que produce una ilusión de realidad abarcadora. No son fantasmas o apariencias, sino seres vivos, producto de una penetrante e infatigable observación de la realidad. Galdós reivindica esta tarea de observador como base creativa de una novela que, según la concepción de la época y su propia concepción, es un espejo de la vida:

«Imagen de la vida es la novela, y el arte de componerla estriba en reproducir los caracteres humanos, las pasiones, las debilidades, lo grande y lo pequeño, las almas y las fisonomías, todo lo espiritual y lo fisico que nos constituye y nos rodea, y el lenguaje que es la marca de la raza, y las viviendas que son el signo de la familia, y la vestidura, que diseña los últimos trazos externos de la personalidad» (La sociedad presentada como materia novelable)

Con estos elementos, Galdós construye los personajes y su mundo, demostrando consumada maestría en los retratos y en la composición del espacio.

Al hablar de la figura del narrador nos hemos referido al personaje protagonista de la historia y del discurso, Gabriel Araceli, centrándonos principalmente en su función de narrador. Gabriel es el eje de la acción y en torno a él se organizan los demás personajes que forman parte de su historia privada o de los hechos históricos en los que se ve involucrado. Algunos de estos personajes son reales, como Godoy en la primera parte, Daoíz y Velarde en la segunda. Los demás son personajes de ficción.

Personajes de la historia privada

Los personajes que intervienen en la historia privada, cuyo hilo conductor es el amor de Gabriel e Inés, se sitúan en los dos espacios donde transcurre la acción, Aranjuez y Madrid, o pertenecen sólo a uno de ellos.

Inés determina la presencia de Gabriel en Aranjuez y su entrada en el mundo de los Requejo.

Don Celestino provoca el cambio en la vida de Inés al obligarla a irse con sus tíos; asimismo conecta a Gabriel con Godoy, y reaparece en los dramáticos acontecimientos del 2 de mayo.

Los Requejo, en Madrid, constituyen una forma de vida impuesta a Inés, un mundo cerrado, a cuyo orden accederá Gabriel a fin de liberarla.

A este mundo pertenece en principio Juan de Dios que involuntariamente colabora en los planes de Gabriel. Liberado de ese espacio, actúa de un modo efectivo en la búsqueda y salvación final de Inés.

También en el espacio de los Requejo se mueven dos personajes secundarios cuya presencia tendrá que ver de forma directa o indirecta con los dos intentos de fuga de los jóvenes: el licenciado Lobo y doña Ambrosia de los Linos. Lobo reconoce a Gabriel como al joven buscado por su supuesta conexion con Godoy.

Personajes que intervienen en los hechos históricos

Los personajes que se relacionan directamente con los movimientos históricos tienen existencia real o pertenecen a la ficción, en cuyo caso adquieren identidad sobre la multitud anónima, conviniéndose en protagonistas de los hechos.

1) En el motín de Aranjuez

Ante todo destaca la figura histórica de Godoy, el príncipe de la Paz, quien dos días antes de su caída se introduce en la historia de Gabriel, gracias a don Celestino. La recomendación con el nombre de Gabriel, enviada desde el despacho de Godoy a la Oficina de Interpretación de Lenguas, lo señalará como uno de los favorecidos con la protección del ministro destituido. Su presencia adquiere un aire de dramatismo cuando aparece frente a don Celestino y Gabriel en las postrimerías de su gloria, que contrasta con su ignominiosa caída, en que es despreciado y ultrajado por quienes antes lo adulaban.

Santurrias, el sacristán, es la contrafigura de don Celestino, prototipo de los seres viles e indignos que intervienen en el motín de Aranjuez. Extiende su bajeza a herir y ofender a don Celestino, quien a pesar del ruin comportamiento de Santurrias lo ayuda compasivo y generoso.

Lopito, joven de pocas luces, petulante y bravucón, pero con una cierta simpatía, se convierte en el «guía» de Gabriel durante la revuelta que conduce a la destitución de Godoy.

Pujitos es una imagen grotesca del orador revolucionario, ignorante y borracho, como todos estos personajes que forman parte de la turba, a la cual enardece con su lenguaje tabernario.

A ellos hay que añadir la presencia de personajes apenas esbozados, cuya función se dirige a intensificar el realismo del medio: el tío Malayerba, la Mariminguilla, la tía Gila y los cuatro hijos de Santurrias.

2) En el levantamiento de Madrid

En el relato de la sublevación del 2 de mayo aparecen personajes fepresentativos de un hondo sentimiento patriótico que se oponen heroicamente a los poderosos invasores con los pocos medios que tienen a su alcance.

Pacorro Chinitas, el amolador, refleja la sabiduría popular con su penetración lúcida de la situación: «Todos se han ido y nos han dejado solos con los franceses». Lucha y muere como un valiente al final de la trágica jornada.

La Primorosa, mujer de Chinitas, cuya figura es ya de por sí fuerte y enérgica, adquiere proporciones de grandeza, incitando al pueblo a la lucha y convirtiéndose en una heroica generala. Junto con ella combaten otras mujeres que van cayendo en la contienda heridas de muerte.

Daoíz y Velarde, «los dos oficiales oscuros y sin historia» quienes, anticipándose a la declaración oficial de la guerra, «descargaron los primeros golpes» al poderoso enemigo y murieron como héroes. «Así sus ignorados nombres alcanzaron la inmortalidad.»

Caracterización de los personajes principales

Los personajes cumplen su función estructuradora en el entramado de la novela, relacionándose significativamente. Algunos de ellos suscitan cambios en el rumbo de los hechos, otros sufren alguna modificación en el transcurso de la historia, y otros contribuyen a intensificar la acción, colaborando u oponiéndose a los planes del protagonista.

Gabriel

Producido el acontecimiento que provoca la ruptura de la apacible relación con Inés, Gabriel lucha por liberarla y poder algún día casarse con ella. En este espacio de la historia privada, la acción se va intensificando basta llegar a la liberación.

Sin embargo, este desenlace no desemboca en una situación definitiva sino que se presenta otra tensión que abarca la pérdida, búsqueda y encuentro de Inés en un momento límite que se resuelve con la separación aparentemente definitiva: Gabriel condenado a muerte, Inés liberada por Juan de Dios.

Con respecto a los acontecimientos históricos en los que se ve envuelto Gabriel, no sólo se produce una intensificación de sus sentimientos como en el plano novelesco, sino una verdadera modificación interior.

En el motín de Aranjuez, Gabriel se deja arrastrar por la muchedumbre mientras va madurando en él una visión crítica que nos llega elaborada por el anciano narrador En el joven hay un rechazo a la ignorancia, la ingratitud, la cobardía, las miserias que descubre en el vulgo y en los indignos manejos de los gobernantes. Es entonces cuando comienza a gestarse la decepción que invadirá al narrador, superponiéndose a las vivencias del joven Gabriel.

En el levantamiento del 2 de mayo hay un verdadero cambio en Gabriel. Cuando sale de su casa, preocupado por sus «propios asuntos», el narrador confiesa al lector «que no me importaba gran cosa que se fueran o dejaran de irse los que lo tuvieran por conveniente» (cap. XXV).

El encuentro con Chinitas será decisivo. El diálogo entre ambos contiene las claves indicadoras del instante en que Gabriel siente que algo se modifica dentro de él y le mueve a comprometerse con la causa del pueblo: «Eso me tiene sin cuidado», dice el joven; «eres un chiquillo y no piensas más que en jugar», le replica Chinitas; «yo tengo que ocuparme de lo que a mí me pasa», contesta Gabriel. «Tú no eres español», es la conclusión rotunda del amolador, que provoca un despertar de la conciencia de Gabriel.

Sin embargo, el cambio no se da de inmediato; Gabriel duda, todavía cree en los gobernantes y en las tropas españolas, hasta que la pasión de Chinitas enciende su espíritu: «¡Oh, Chinitas! Me haces temblar de cólera. Eso no se puede aguantar».

En el recorrido por las calles de Madrid el fervor del pueblo que defiende sus derechos heroicamente va alimentando el proceso interior de Gabriel. El desencadenante que lo impulsa a unirse a la lucha es el entusiasta discurso de don Celestino (cap. XXIX):

Estas palabras, dichas con un entusiasmo que el anciano no había manifestado ante mí sino muy pocas veces, y siempre desde el púlpito, me enardecieron de tal modo que me avergoncé de reconocerme cobarde espectador de aquella heroica lucha sin disparar un tiro ni lanzar una piedra en defensa de los míos.

Lo. términos en que se expresa Gabriel no dejan lugar a dudas, «me avergoncé», «cobarde espectador», «heroica lucha», «los míos», y constituyen una síntesis del camino que culmina con la salida a la calle empuñando un arma, gesto simbólico, revelador del nacimiento de un hombre nuevo:

A la calle -respondí saliendo-. A pelear por España. Yo no tengo miedo.

Al impetuoso ánimo que le transmite la pasión del pueblo para pelear, le seguirá, una vez consumada la derrota, la fuerza del amor que guía la búsqueda de Inés y provoca la entrega voluntaria de Gabriel al sacrificio a fin de morir con ella. Este acto final adquiere una intensa dimensión dramática cuando, en el último momento, Inés es arrastrada a la salvación por Juan de Dios, dejando el desenlace abierto a diversas conjeturas e interrogantes.

Gabriel es un personaje de acción y sus memorias tienden a reconstruir momentos de la historia de España y de su propia historia. Su carácter se define por actitudes y reacciones que el narrador presenta con una cierta objetividad. No obstante hay momentos en que su conciencia, liberada de la acción, de la voluntad y hasta de la capacidad de pensar, fluye por los cauces del sueño.

El narrador revive ese estado de ensueño en tres momentos de extrema tensión. Paralizada la actividad y encontrándose el personaje invadido por un gran agotamiento como consecuencia de los acontecimientos vividos, cae en ese estado en que se borran los limites de la realidad y las imágenes se asocian libremente.

El primero pertenece al capítulo XXIII. Gabriel ha sido descubierto en su intento de fuga con Inés por el licenciado Lobo quien además lo ha reconocido y yace en el sótano de la casa de los Requejo como en una prisión o en un sepulcro.

El espacio en que se encuentra es una proyección del mundo interior:

Mi prisión no me parecía otra cosa que una prolongación de mi cerebro.

Del pensamiento en Dios, al que se aferra como única esperanza, va pasando a la conciencia del malestar que lo abarca todo y entra en un sueño agobiante y laberíntico.

El texto se construye con el lenguaje de la pesadilla que representa «proporciones informes, estrambóticas, monstruosas». La percepción de imágenes se vuelve obsesiva y contradictoria y se mezclan las categorías de la realidad: «colores geométricos», un color que duele, un objeto informe que pronuncia «palabras incomprensibles», las ideas confundidas con las visiones, un silogismo con color y forma que siempre vuelve.

Son los «demonios del sueño» de los que lo liberará un despenar extraño: Juan de Dios, desprevenido, viene a retirar su pequeño tesoro y Gabriel aprovechará para escapar.

El segundo estado de ensoñación aparece durante el desvanecimiento que le sobreviene a Gabriel, débil y extenuado por la búsqueda de Inés. La memoria libera los recuerdos de un tiempo feliz y aparecen las imágenes luminosas de Aranjuez asociadas al recuerdo de Inés y a la visión simbólica del Tajo y del Jarama.

También en esta ocasión es un fuerte golpe en el cuerpo y la presencia borrosa de Juan de Dios, acompañado de Lobo, quien lo despierta.

El tercer momento corresponde al final de la obra, que se concentra en el «estruendo horroroso» del fusilamiento. No es  precisamente un sueño, sino el paso de la lucidez con que el narrador describe las sensaciones corporales a la nada final. La descripción es gradual pero breve y se van encadenando y yuxtaponiendo imágenes que muestran el vértigo de la inconsciencia en la total reducción al yo reconcentrado.

El narrador potencia en estos tres momentos el lenguaje lírico subjetivizado en el yo de la memoria, con imágenes plenas de sugerencias.

Inés

El protagonismo de Inés es más reducido que el de Gabriel, aunque constituye el objeto novelesco en torno al cual se teje la intriga. En cierto modo, representa la función de «la princesa prometida» de los cuentos. Cuando es requerida por sus tíos a aceptar su protección, a pesar del disgusto que esto le causa y de los recelos ante una generosidad tan repentina y sospechosa, obedece a don Celestino y se marcha con aquéllos a Madrid.

Con este acto se cierra el primer tramo narrativo para dar paso al relato de los acontecimientos históricos, en que la figura de Inés desaparece momentáneamente de la narración.

Reaparece cuando Gabriel vuelve a Madrid, después de haber permancido en Aranjuez los cinco días que duraron las revueltas, y se instala como empleado en casa de los Requejo. Inés es una presencia casi muda, que rompe su silencio para rechazar enérgicamente las pretensiones de boda de don Mauro y rebelarse contra las ropas y joyas con que intentan vestirla y adornarla.

No obstante, en toda la historia se mantiene como un personaje pasivo que sufre los cambios impuestos por los demás: obedece a su tío; permanece encerrada y trabajando en casa de los Requejo, es capturada después de la primera tentativa de fuga, no tanto preparada como ofrecida por las circunstancias; sigue las instrucciones de Gabriel para escapar; se queda con su tío mientras Gabriel sale a la calle; intenta detener a Gabriel cuando éste decide ir a luchar pero se detiene; desaparece capturada por los franceses junto con su tío y se convierte en objeto de la búsqueda desesperada de Gabriel y de Juan de Dios; es encontrada por Gabriel a punto de ser fusilada; es salvada y llevada por Juan de Dios.

El personaje de Inés forma parte de la trama novelesca de la primera serie de los Episodios Nacionales, de modo que con la lectura de éstos se va completando su historía y su figura que  en esta novela aparece caracterizada sólo por algunos diálogos y por sus actos marcados, como ya hemos visto, por la pasividad.

Don Celestino

La figura de don Celestino se define en primer lugar por su función de promover cambios en el destino de Gabriel e Inés, que marcan el sentido de la acción.

En un proceso paralelo de alejamiento que se cumple en dos momentos diferentes, separa a los dos jóvenes: obliga a Inés a marcharse con sus tíos a Madrid alejándola de Gabriel (cap. V) y enciende el ánimo de Gabriel para salir a la calle a luchar alejándolo de Inés (cap. XXIX). Estos actos son la expresión de un espíritu ingenuo y bondadoso, que tiende a procurar una situación de bienestar para su sobrina en el primer caso, y se exalta en generosos sentimientos cívicos en el segundo.

Ejerce como cura de la parroquia castrense de Aranjuez hasta ser destituido después del motín y perseguido incluso por aquéllos a quienes había beneficiado con su ayuda, por ejemplo, Santurrias.

La bondad y el valor de don Celestino se ponen de manifiesto siempre que alguien necesita de su palabra o de su presencia. Asiste a Godoy cuando todos le han abandonado y yace enfermo a merced de íos guardias que lo tienen prisionero. Soporta las impertinencias y burlas de Santurrias, por ser éste viudo y tener a su cargo cuatro hijos pequeños, y lo auxilia cuando  vuelve herido de la refriega.

Ante la evidencia de la realidad, descubre lo que antes se negaba a ver con respecto a los oscuros manejos de los gobernantes, y su credulidad se convierte en amargo desengaño.

No obstante, y pese a su avanzada edad, sigue confiando en la bondad de los seres humanos y, lleno de ira contra la violencia del invasor, se deja arrebatar por un fervor encendido que contrasta con su espíritu pacífico, e impulsa a Gabriel a la lucha.

Otro rasgo que completa su figura es la entereza con que afronta el final, intentando serenar a Inés y a Gabriel, y aceptando el destino de la historia y su propia muerte como la voluntad de Dios.

Este personaje, y el ambiente de paz en que vive en Aranjuez, y que comparte con su sobrina, contrasta con la doble figura de los Requejo y la sórdida casa de Madrid, adonde conducen a Inés.

Los Requejo

En la presentación de don Mauro y Restituta se revela el arte con que Galdós elabora la técnica del retrato. Para la caracterización de sus personajes se aparta de los modelos genéricos, <(tipos que la sociedad misma ya nos daba bosquejados» y se aproxima al ser individual, dibujado con rasgos propios y originales desde su íntima humanidad:

«... a medida que se borra la caracterización general de cosas y  personas, quedan más descamados los modelos humanos, y en ellos debe el novelista estudiar la vida, para obtener frutos de un Arte supremo y durable. (...) Perdemos los tipos, pero el hombre se nos revela mejor, y el arte se avalora sólo con dar a los seres imaginarios vida más humana que social». (La sociedad presente como materia novelable)

El narrador detiene la narración para retratar a los dos personajes que primero se anuncian con una carta (cap. II) y luego se presentan en persona irrumpiendo con sus siniestras figuras  en la paz del hogar de Aranjuez (cap. III). Fuera de su propia casa, en cuyos espacios se proyectará la miseria de sus espíritus, quedan sus imágenes enteras frente a los ojos de Gabriel.

1) Don Mauro

La primera definición de don Mauro se concentra en un adjetivo insólito: «Don Mauro Requejo era un hombre izquierdo», que de inmediato el narrador ampliará, a modo de diálogo con el lector:

Creo que no necesito decir más. ¿No habéis entendido? Pues lo explicaré mejor.

El narrador necesita esta complicidad para rescatar de la memoria los detalles precisos y componerlos nuevamente frente al lector.

La significación originariamente espacial del adjetivo «izquierdo» contiene sugerencias anticipatorias de algo oscuro y siniestro, por oposición a «derecho», que se asocia con lo claro y abierto.

En un largo párrafo el narrador describe las dos mitades del cuerpo humano, en un sentido físico y espacial, componiendo una imagen simbólica de armonía en los opuestos equilibrados por el corazón.

La armonía de los contrarios queda invalidada al querer aplicarla a don Mauro, ya que sus dos lados son izquierdos. Se valora entonces la adjetivación con su doble carga significativa  aplicada al cuerpo y, por extensión, al alma del personaje: «torpe, inepto, vacilante, inhábil, pesado, brusco, embarazoso».

Estas cualidades se concretan en negación de las funciones naturales de sus extremidades: las manos son «miembros inútiles», las piernas, «muletas que un cojo deja junto a sí» al sentarse, y los «pesados pies» no le sirven para nada.

La «cosificación» de su cuerpo se extiende a la ropa, inviertiendo su función: «no estaba vestido con ella, sino ella puesta en él». Del mismo modo, sus guantes convierten las manos en pies, y todo su aspecto se define con un símil animal: «semejante a un mono que al despertar una mañana se encontrase vestido de pies a cabeza».

Estos rasgos esperpénticos se completan con la extraordinaria inquietud que emana del cuerpo y de la ropa de don Mauro, y se concentra en la «manopla de ante amarillo, rellena de dedos tiesos e insensibles», que parece obrar por si sola como un objeto independiente.

El retrato acaba con la cara, contrahecha y reveladora de un espíritu también «siniestro», aun cuando el hemisferio izquierdo de su rostro «era más luminoso que su compañero». Las cualidades negativas asoman a sus ojos verdosos, «que tenían el brillo de la astucia», y a su boca pequeña y desdentada, con «los repulgos y mohines que el palurdo marrullero estudia para engañar a sus semejantes».

La descripción de la boca conduce a la mención de la risa, que en el caso de don Mauro no es expresión de alegría, de ironía, ni siquiera de humor, sino que funciona a destiempo como un mecanismo inquietante.

2) Restituta

El efecto esperpéntico y humorístico de la figura de don Mauro se complementa con la imagen de su hermana Restituta (cap. 1V), con quien se establece una oposición por la que ninguno de los dos resulta favorecido: «el uno es un sabandijo de almacén y la otra la bestiezuela enredadora de la tienda». La  alusión a ambos animalejos es anticipatoria de la actividad de los Requejo en su tienda de Madrid y del talante con que la ejercen.

El retrato de Restituta la muestra desconcertante y ambigua. El narrador la dibuja con rasgos alargadores que sugieren un «no sé qué de escurridizo, que se escapaba a la observación» y parece imposible definir nada en ella: tiene un mirar «como de ojos que miran y no miran», y a primera vista su aspecto no predispone «ni en contra ni en favor».

El «no sé qué de escurridizo» se asocia con imágenes zoológicas que definen el carácter del personaje, no menos tranquilizador que el de su hermano: «poseía la presteza del saurio y la flexibilidad del ofidio». La metáfora de los reptiles aplicada a Restituta se reitera cuando se desliza por la «problemática escalera» de la sórdida casa de Madrid, con pasos que «no me parecían pasos, sino los ondulantes y resbaladizos arqueos de una culebra».

La narración, que se ha detenido para mostrar a los dos personajes, recobra movimiento mediante un diálogo en estilo directo muy próximo a una escena teatral en el que las intervenciones del narrador obran casi como acotaciones.

La técnica retratística de Galdós incluye el espacio donde se mueven los personajes y los objetos que lo pueblan y con los cuales se relacionan. Hay un movimiento metonímico de significancias a través del cual los objetos representan cualidades humanas que se proyectan en los espacios, y los seres humanos se configuran según el mundo que los rodea.

La casa de los Requejo es un fiel reflejo del alma de sus habitantes y la sombría visión que compone el autor incluye a los personajes como si estuvieran prisioneros en redes de las que no pueden salir Oscura y tortuosa, poco aireada y maloliente, es como un ser vivo que representa las miserias de estos seres humanos y sus consecuencias en los demás.

Juan de Dios

En un principio, este personaje aparece como un ser oscuro y difuso, moviéndose en los espacios de la tienda y fuertemente adherido a los Requejo. Detenido en el tiempo, funciona mecánicamente, obteniendo así la confianza de los amos.

Pero ese ritmo de máquina y su papel de futuro marido de Restituta, se rompe con la llegada de Inés. El narrador va dando algunos indicios de este cambio, hasta que se manifiesta violentamente como una locura de amor: el mancebo inexpresivo, que ño habla ni ríe, estalla al confesarle a Gabriel su pasión por Inés y sus planes para con ella.

Gabriel convierte a Juan de Dios en instrumento para sus propios planes. Confundido por su feroz pasión, éste parece no entender el proceder de Gabriel. Sin embargo, una vez liberados, en medio de los tumultos de las calles, su pregunta expresa dudas con respecto a Gabriel:

¿Pero tú sacaste a Inés para entregárrnela después, o eres un tu nante ladrón, digno de ser fusilado por los franceses? (cap. XXVIII)

El paso de la opresión de los Requejo al espacio abierto del mundo, en que vuelve a encontrarse con Gabriel, transforma a Juan de Dios en un personaje actuante. Su único móvil es el  amor de Inés. Sin embargo, las intenciones de Juan de Dios quedan diluidas en signos poco claros que plantean una serie de interrogantes, tanto a Gabriel como a los lectores.

Uno de ellos es la figura de Juan de Dios asociada a la del licenciado Lobo en tres momentos clave.

La primera vez ocurre cuando Gabriel, escapando de los franceses en medio de la refriega, se encuentra, de pronto, en la habitación de una casa donde espera poder esconderse, con dos  hombres que lo miran aterrorizados. Son el licenciado Lobo y Juan de Dios. Están en la casa de aquél, adonde había acudido Juan de Dios en busca de refugio, después de huir de los Requejo y al ver que empezaban los tiros. A partir de entonces, Juan de Dios sigue a Gabriel y recupera el contacto con Inés.

El otro momento en que ambos aparecen queda en la incertidumbre y en las brumas de la mente de Gabriel que yace desvanecido en la calle en medio de la desesperada búsqueda de Inés. Un fuerte golpe despierta a Gabriel quien cree ver y oír confusamente al licenciado Lobo y a Juan de Dios, haciéndole  saber que ambos han emprendido juntos su propia búsqueda de la joven.

Por último, a punto de ser fusilados Gabriel, Inés y don Celestino, aparecen dos hombres y uno de ellos señala a Inés:

Era Juan de Dios, acompañado del licenciado Lobo y de aquel  mismo oficial francés que varias veces lo visitó en nuestra tienda.

El relato de la liberación de Inés y la partida con Juan de Dios mientras se cumple para Gabriel y don Celestino la pena de muerte, es una visión confusa y dramática que el narrador recupera. No obstante, en medio de estas formas vagas, hay una certidumbre:

Yo estaba como loco. Pero la vi claramente cuando se la llevaron, cuando desapareció de entre las filas, arrastrada, sostenida, cargada por Juan de Dios.

Los tres participios proyectan su significación a la historia que acontece fuera de los límites de esta novela y que nos plantea nuevos interrogantes. Tal vez, queda en el aire la posibilidad de que Juan de Dios, una vez desaparecido Gabriel pudiera ser el apoyo de Inés, después de arrastrarla a la vida.

Tampoco sabemos si Inés conoció o intuyó en algún momento de esta historia los sentimientos de Juan de Dios. Porque éstos son los recuerdos de Gabriel, del anciano Gabriel para quien la única justificación de su memoria y de la memoria histórica es la escritura.