El agua sin nombre
Teresa Martín Taffarel
La noche se llenaba de sonidos y de aromas. En el valle del río negro, estrellas y magnolias exhalaban un rumor de voces antiguas. El manzanar y la viña apenas se adivinaban entre la sombra, pero su alma liberada expandía las esencias del vino. Los duendes vagaban por los lagares. Un runruneo de terrones reptaba en el ritmo de una voz humana. La vara ritual despertaba el latido de la tierra enamorada del río, y se acoplaba a la monotonía del canto indio.
Desde la galería apenas iluminada, la mirada se adentraba en la oscuridad, y se iba desatando de la memoria para sumergirse en aquella salmodia que venía de un tiempo anterior a los tiempos.
- ¿Quién murmura en la noche?
- El indio. Cuando acaba la tarea, sale a la noche y canta a sus dioses.
- ¿Cómo se llama?
- Marín Antinao. De la estirpe de los Catriel. Hijo de Hahuel, nieto de Hamuncurá. Vástago del doliente Araneo, que recogió en su sangre la savia del Colihue.
- ¿Por qué canta?
- Invoca a los espíritus fecundos para la celebración del hguillatún.
- ¿Cuándo será?
- Cuando la luna redonda de enero alcance el cénit, las sombras de la tribu se reunirán al pie del árbol sagrado y cantarán sus derrotas conjurando el espíritu de los muertos. Derramarán el vino propiciatorio en las heridas de la tierra y se sumirán en las ebriedades de la danza ceremonial.
De un lado el amanecer. Del otro, las últimas estrellas, que se van extinguiendo a medida que la luz avanza. Desde esa hora temprana, la figura cansina del indio comienza a trajinar entre las vides, controla el riego de las manzanas, cava en los límites del alambrado, removiendo las células minerales que secretamente se comunican con el río.
El día se prolonga y, cuando el sol desciende por el bosque de araucarias, Marín se sienta frente a su cabaña a esperar la noche. ¡Éste es el momento...! Hay que aproximarse con cuidado para no herir su silencio.
- Marín Antinao, ¿qué cantas por las noches?
- La trutruca.
- ¿Quién eres tú?
- Aquel colihue derribado.
- ¿Y la luna?
- Killa. Es mi amada.
- No es fiel. Te engaña.
- Ella es mi Killa. Hay otras para otros.
El tiempo del diálogo se cuenta por siglos de silencio, de donde van brotando las palabras.
- ¿Qué piden tus hermanos al dios del hguillatún?
- Volver a ser río, como antes.
- ¿Y tú?
- Ser río. Como ellos. Amar siempre a Killa.
- ¿Cómo llamas a la estrella?
- Huanguelén.
- ¿Y al agua?
- ¿El agua?
- ¿Cómo la llamas?
- No hay agua. Hay río, lluvia, lago, manantial.
- todo es agua.
- No. Es distinto. Bebo, navego, me baño...
- ¿No hay alma del agua?
- No. Mi alma es río. Mis hermanos, también río, y lluvia, y lago...
La voz del último Catriel se aleja en busca de su cauce, sangre de la Tierra, savia del Colihue. Y sus ojos miran hacia adentro para reconocerse en las sombras de su estirpe.