El centro del mundo
Teresa Martín Taffarel
"Era una gran plaza abierta y había olor de existencia"
Vicente Aleixandre
Dicen que a medida que pasa el tiempo, el mundo se empequeñece. La vastedad de los espacios de la infancia, dicen, se vuelve profunda en la memoria, pero si se encuentran alguna vez aquellos lejanos sueños con la realidad en la que se sustentaron todo se vuelve exiguo, limitado.
Cuando veo jugar a los niños, desde mi puesto inamovible, percibo en sus cuerpecitos la distancia que los separa del surtidor a los canteros o de este pequeño jardín que me rodea a los columpios. Todo está lejos para ellos. Lo sé.
Yo lo veo diferente porque nada cambia para mí, siempre de pie sobre este pedestal, erguido, con una mano en alto y la otra en el pecho. La mirada, distante, inalterable, se dirige a todo lo que me rodea. Y también sé, porque lo descubrí muy pronto, que en mi plaza cabe el mundo, es más, mi plaza es el mundo. Y el mundo de mi plaza está lleno de prodigios.
Yo permanezco. La gente, los pájaros, los árboles y plantas, viven. Y vivir es cambiar cada día, aunque todo parezca igual. Por ejemplo, el cielo. De allá nos viene la luz. Y la luz no es una sola, son infinitas variaciones, como si fueran una multitud de luces diferentes, una para cada partícula del mundo. Y ésta es la primera historia que sucede en mi plaza, la que viene del cielo abierto.
La otra historia empieza vaya a saber dónde, en qué oculto escondrijo de la tierra, y se levanta por los tejidos del árbol, de las plantas, repartida en algo palpitante que yo conozco muy bien, aunque no se haga ostentación del cambio. Tan lento es que a pesar de mis esfuerzos nunca he logrado ver el momento preciso en que el brote rompe la corteza y la flor se abre. Cuando me doy cuenta, ya ha sucedido.
Hay otras historias que también me interesan porque, esas sí, me cuentan cosas que yo no alcanzo a ver. Mi imaginación -sí, también tengo imaginación, y memoria, y siento, y pienso-, digo que mi imaginación se distiende al máximo y, aunque nunca lo vi, pienso en el mar, en el campo, en las autopistas... Claro que en pequeño, todo en esta plaza, ya lo he dicho. Las olas de la fuente, las extensiones de césped, las avenidas interiores y los senderos por donde circulan toda clase de existencias. Y esto gracias a los pájaros que van y vienen y que a veces se posan en mis hombros y me cuentan todo lo que ven. Ya sé que inventan bastante, pero no me importa. Igual les creo.
Y hay más, mucho más. Hormigas, mariposas, orugas, avispas, perros, gatos ... Y la gente. Unos pasan sin darse cuenta de lo que significa cruzar esta plaza. Éstos no me interesan. Tampoco me interesan, más aún, los condeno al olvido, los que destruyen, señalan, mutilan. A propósito ¿ven este muñón en mi mano derecha? Me faltan los dedos que alguien, no recuerdo ya quién, porque el dolor me hizo perder la conciencia, me cercenó una noche de verano.
Pero no hablemos de cosas tristes, hay otros que... Pero no quiero emplear un término tan vago. Decir otros, o todos, o algunos, es una forma de contar sin contar, de nombrar seres que escapan a toda enumeración, definida o indefinida, porque, aun agrupados, cada uno es único. Cuando digo "los niños" pienso en uno por uno -ya dije que tengo memoria- y los veo jugar y crecer y, luego, suspirar y hasta llorar por cosas que se ve que les afligen. Parece que crecer es bastante difícil. Yo no lo sé, no tuve infancia. Nací con esta edad y todo lo que puedo decir sobre mí es que alguien, mi padre tal vez, me fue moldeando en un sueño mineral hasta adquirir esta figura humana. Y yo, desde el centro de la plaza, es decir, desde el centro del mundo, doy unidad a los hilos infinitos que día a día tejen y destejen el tapiz de la vida.
También están los viejos... Y si no haber sido niño ni adolescente me produce una cierta melancolía, perpetuarse en sosegada juventud me llena de consuelo. Claro que no soy el mismo que hace ochenta y dos años cuando me inauguraron solemnemente. Recibo todas las inclemencias y los halagos de las estaciones. Así me he ido templando, se ha oscurecido mi color y ha cambiado la textura de mi piel y de mis ropajes. Madurando como quien dice... Pero no moriré, eso creo.
En cambio, los viejos sentados en fila en los bancos que bordean los senderos, esos sí que un día dejarán de venir para siempre dándoles el relevo a otros que también morirán. Y entre los niños y los viejos, todas las edades. todos. Y de nuevo la palabra imprecisa, pero ya he dicho que mi memoria no pierde a ninguno. Lo curioso es que no se fatiga ni se termina. Todo cabe en ella. Como en esta plaza.
Por eso, hay algunas historias que me gustaría contar. Como la del niño que saltaba a la pata coja y un día... O aquella mujer rubia que a veces leía un libro, siempre el mismo hasta la tarde en que... O el viejo que coleccionaba hojas secas, cuando un mediodía de comienzos de otoño... O una pandilla que se daba cita bajo los tilos de la avenida lateral y aquel verano se empezaron a ir...
Pero no las contaré ahora. Son las seis de la tarde de un día de junio y esto está en su apogeo. No puedo perderme nada y, por otra parte, no podría concentrar mi atención en las narraciones. Tal vez a la madrugada, cuando los últimos noctívagos hayan desaparecido -porque también tengo historias de medianoche- pueda dedicarme a poner en orden mis recuerdos. O tal vez no, y queden sólo para mí, para saber que si recuerdo existo, que mi memoria me vincula con quien se supone que fui en el mundo, más inteligente pero quizás no tan próximo a la vida como lo estoy ahora, en este mirador, en medio de la plaza abierta donde siempre habrá olor de existencia.