El Paraná de Rafael Alberti

Teresa Martín Taffarel


Miramos a lo alto. No llueve. Fulge el cielo un azul casi gaditano. Sobre mi Arboleda argentina, pasa tranquilo, el sol, con el que envío un saludo ideal a aquella otra tan lejana y perdida de mi niñez (La Arboleda Perdida)

 

Acabada la guerra civil, Rafael Alberti, junto con su esposa, María Teresa León, emprende el camino del destierro. En 1939 dejan España y viajan a París. Luego, en 1940, se trasladan a la Argentina donde viven hasta 1965, cuando fijan su residencia en Roma.

Durante los años del exilio, la obra de Rafael Alberti, por la que ya se había distinguido como uno de los grandes poetas del 27, continúa creciendo, signada por el dolor de una realidad ausente que la lejanía acentúa.

Como sucede con otros poetas de la España peregrina , tras un primer momento de duelo y desesperación, llega el tiempo de la nostalgia serena, en que la voz adquiere nuevos matices y las imágenes del presente se funden con las que la memoria rescata del pasado. La conciencia poética se expande, al mismo tiempo que ahonda en lo esencial, y surgen otros ritmos e imágenes concebidos desde una perspectiva diferente: Siempre esta nostalgia, esta inseparable / nostalgia que todo lo aleja y todo lo cambia, dice Rafael Alberti en su Balada de la nostalgia inseparable, del libro Baladas y canciones del Paraná (1953-54). -

Lejos de su mar y de sus ríos, el Paraná se convierte en la metáfora del tiempo vivido, del espacio ausente y del paisaje elegido para reunirse con las fuentes más íntimas.

Descentrado de su ámbito, el poeta se centra en la mirada interior y en la palabra poética, intentando descifrar el secreto de la naturaleza que le habla con otro lenguaje: Di, río, ¿qué puedo ser / ante ti, / tan inmensamente grande? / Y tú, río, / ¿qué puedes ser ante mí? (Canción 5). Rafael Alberti, poeta de mirada marinera, guarda en su memoria la luz del mar gaditano e intenta acercarse a los mensajes fluviales, dialogando con el río inmenso que, o pesar de sus deseos, aún no le pertenece: Si yo estuviera cansado, / ríogrande, de la vida, /¿qué no haría por perderme / por tus islas? / Sé de las islas del mar, / pero no sé de tus islas. /Las tuyas tienen caballos / niñas azules las mías (canción 6).

La realidad objetiva se convierte en imagen visionaria que, al modo proustiano, superpone lugares y objetos mediante un proceso asociativo de la memoria involuntaria: Hoy las nubes me trajeron / volando el mapa de España. /¡Qué pequeño sobre el río / y qué grande sobre el pasto/ la sombra que proyectaba! La tierra añorada, desprendida de su referente real, se vuelve frágil dibujo en el cielo y en la tierra nuevos, gracias a la mirada mágica del poeta. Pero sólo es una sombra efímera que se llena de caballos, invitándolo a cabalgar en busca de su pueblo, de su casa, para llegar a la verdad de un yo lejano y sediento: Entré en el patio que un día /fuera una fuente con agua. /Aunque no estaba la fuente, / la fuente siempre sonaba. / Y el agua que no corría volvía para darme agua (Canción 8).

La ausencia, siempre la ausencia. Y las ansias de retorno que le ofrecen un caballo, la luz, el vuelo del aire o los perfumes evocados: Hoy el Paraná respira / con aliento de azahares. / Con el azahar me voy. / No me detengáis (Canción 11).

Las voces interiores armonizan con el paisaje de la melancolía en un canto inalcanzable: Paloma desesperada, / ¿dónde estás? / Te oigo cantar en el alba / pero no sé dónde estás. / Ni en qué árbol ni en qué rama (Canción 10).

Como el viento del sudoeste, como aquellos horizontes tan largos, como el sol de la tierra frente al quemante sol que lo convierte por dentro en toro de fuego, como los barcos que no vuelven, como los caballos de los conquistadores que turban los pastos y enfrentan al viento con la aurora, como ese mundo que sigue girando indiferente a la quietud de quienes no pueden ir más allá de sus leyes implacables, el poeta emprende su propia búsqueda, transido de nostalgia.

Sin embargo, el paisaje se ha ido apoderando del espacio lírico de Rafael Alberti y no sólo irrumpe en el grito jubiloso. Toda la tierra es un ¡viva!, / el mundo todo, una salva. / ¡Viva el sol! (Canción 4), que nos recuerda a Jorge Guillén, sino que se le incorpora como parte inseparable de sí mismo en el tránsito por la vida: Barrancos del Paraná: / conmigo os iréis el día / que vuelva a pasar la mar (Balada del posible regreso). El río es uno de los ríos que van a dar en la mar: la mar, el mar, que promete el regreso a la patria, que anuncia la culminación de la vida.

En este paisaje, poeta y mundo se van entregando por último sus dones, sus secretos. Lo poesia del destierro es una respuesta o ese sentimiento hondo de quien se aleja y debe construir sus sueños, sus querencias, su trabajo, en otra parte, y arraigar ante los reclamos del símbolo que, tal vez, contenga la clave de lo inexplicable.

Rafael Alberti indaga en ése, nuestro río, en aquellas, nuestras pampas, el secreto de su existencia, escondido en una Arboleda Perdida donde aguarda el tiempo de una infancia feliz: Allí me están aguardando, / allí me esperan, mordiéndose lo que un día / saltará de nuevo al viento, / cantando, / alegre y feliz, / cantando (Canción 28).