El proyecto

Teresa Martín Taffarel


Lo sabía. Sabía que alguna vez tendría que suceder. Pero no lo esperaba tan pronto. En realidad, tampoco es que fuera pronto. Cualquier tiempo es pronto y es tarde. Y es ahora. El único momento en que las cosas acontecen. Estaba preparada. Pero había esperado tanto que parecía instalada en esa forma de vivir que sólo es esperar...

Tenía que estar a las cinco de la tarde para recibir la información del proyecto y firmar el contrato. Conocía el edificio desde fuera porque había pasado muchas veces y se imaginaba un engranaje sin memoria, de gente que trabajaba con horarios, folios, números, listados. Y, feliz con su libertad, alcanzada con luchas y heridas, seguía de largo y se dejaba penetrar por el otoño incipiente. Las calles eran trazos abiertos y cada día elegía un camino nuevo para tejer su trama cotidiana, pequeña, pero suya.

Ahora estaba a punto de formar parte de un proyecto y no sabía muy bien en qué consistía esa promesa de orden y seguridad. Había dejado de creer en tantas cosas que ya no podía más que ver flores en las flores y tiempo en los relojes. Un aire de hojas quemadas la envolvió sólo un instante y trajo, como una ráfaga, el andar recóndito hacia otro lejano proyecto. Pero éste era un día de olvidos. De olvidos buscados y ganados... (ya no queda memoria de los años vividos y todavía permanecen los recuerdos. siempre es temprano y siempre es tarde. Y nunca es ahora. ¿Por qué se rompen las arcas del tiempo y escapan los días de la infancia?)

Había llegado y por un instante hubiera querido que algo le impidiera entrar, o que la entrada fuera falsa, y que tan pronto la hubiese traspuesto se convirtiera en salida hacia la anterior libertad. Pero ya estaba dentro, orientada, llevada, arrastrada al despacho donde la esperaban para la reunión.

El proyecto contaba con su preparación profesional y su capacidad. El proyecto era un señor con gafas y otro señor con corbata y un señor con formularios y otro señor con carpetas. Sintió miedo. Y una angustia creciente... El proyecto cambiaría el mundo. (¡El proyecto era inútil!)

Una sensación de lástima por la mota de polvo, por la soledad no buscada y siempre encontrada en silencio. De lástima de sí misma porque sabía que, en el fondo, nunca quiso creer más que en el pan de cada día. Y de tristeza infinita por el aire quemado, por la luz del otoño, allá afuera. Y una compasión fraternal por la última hoja arrancada a un calendario de septiembre, y el retorno a la tierra...

Cerró los ojos para liberarse del proyecto. Y descubrió que la amarillez del otoño también es translúcida y que el silencio es transitorio, y la luz, fugaz. Quiso desasirse de un lenguaje lleno de nada con el que no podría seguir inventando el mundo. Quiso volver a soñar para recuperar lejanías. Quiso remontar el río hasta los manantiales secretos de la montaña. Quiso, como siempre lo había hecho, crear el espacio de un rincón y saturarse en el oro de los cofres y en la sangre de la tarde y en el olor de los pinos y de las rosas. Y lloró por la muerte del día, y estrujó el pañuelo con una inicial bordada. Y encontró una raíz que era grito y que nunca sería palabra. Y asistió a su propio parto y se abrió otra vez al amor ya a la vida...

Escuchaba con atención al proyecto: un señor con gafas, otro señor con corbata, un señor con formularios, otro señor con carpetas. El legajo, las paredes grises, un retrato imponente, los títulos, los diplomas, los archivos, el ruido de la calle...

Se puso las gafas, sacó la pluma del bolso y firmó impasible. Eran las cinco y media de la tarde.