Equipaje

Teresa Martín Taffarel


¿Es una carga que se añade a nuestro andar y nos oprime con su peso? ¿O un espacio protector, un retorno a aquel mundo perdido en el que han quedado guardadas unas pocas cosas necesarias?

El viaje hacia la noche o hacia la luz es siempre un desafío a las leyes naturales. Cada desplazamiento que se produce en un punto del planeta puede ocasionar una catástrofe en otro o restaurar un orden quebrantado.

Mientras tanto, el viajero y su equipaje permanecen en confiada quietud dentro del recinto que los protege del movimiento y los conduce al término del viaje. Y se corre el riesgo de vivir otra vez las mismas horas extraviadas en el trayecto o de perder horas que quedarán sin vivir. Las andaduras por el mundo son así de inciertas, creemos avanzar y tal vez estamos retrocediendo.

Cuando la inocente maleta viaja hacia el estante más alto donde estaba confinada a la espera de nuestro viaje, se pone en marcha el impulso que nos trasladará al término deseado. Y junto con ello empiezan a funcionar los códigos que rigen ese sistema formado por el itinerario, el viajero y su equipaje.

Nada es definitivo, todo es cambiante. En la maleta siempre falta algo imprescindible no sólo por su valor práctico sino porque no tenerlo provoca una sensación de haber perdido el enlace que nos conecta con nosotros mismos. En la maleta siempre sobra algo que da lugar a un sobrepeso inútil y del que, como una rémora incorporada, no podemos o no queremos deshacernos.

Desde antes de partir tenemos la seguridad de que, al retornar del viaje, nuestro equipaje habrá cambiado. algo quedará abandonado nunca sabremos dónde, algo se irá sumando como dádiva piadosa de lugares a los que seguramente no regresemos jamás. Y todas nuestras pertenencias habrán absorbido el aire de paisajes entremetidos en el color, las rayas, las tiras, el olor, la textura...

Hacer y deshacer una maleta es como hacerse y deshacerse por dentro. La ternura y el ahogo, la felicidad y el misterio, lo transitorio y lo perdurable, lo que fue nuestro y ya no lo es conviven en contradictoria amalgama en el espacio interior. Y a medida que pasa el tiempo se va aligerando el equipaje. Ese abigarramiento que nos impedía ver el sitio de las cosas se simplifica y, liberados del peso excesivo y excedido, parece que levantáramos vuelo en busca de la meta. Y al llegar notaremos que aquellas pocas cosas que traíamos ya no nos pesan porque han encontrado su verdadera dimensión en el secreto centro que les da sentido.