Fiestas. Símbolos. Canciones

Teresa Martín Taffarel


La tradición ha ido dejando en el alma de los pueblos vestigios de antiguos rituales vinculados a los ciclos de la naturaleza y a los misterios de la vida y de la muerte. Estos vestigios afloran en ciertos momentos del año, cuando el universo parece estar a punto de revelar sus secretos. Entonces los seres humanos detienen su ritmo habitual y celebran las fiestas: el tiempo se cambia en no-tiempo y las cosas se desligan de lo cotidiano revestidas de signos diferentes.

Aun cuando en nuestras vidas se hayan producido las mudanzas más imprevisibles, las fiestas tradicionales suelen afirmarnos en una continuidad, al mismo tiempo que proclaman el imperturbable paso del tiempo.

El hemisferio norte asiste en diciembre al solsticio de invierno, época del año en que el sol, después de haber ido abreviando su presencia, empieza a fortalecerse y vence a la oscuridad.

Sol Invictus llamaban los romanos a este milagro que marcaba el tiempo del reconocimiento solar, propicio para la gran fiesta doméstica en honor de los antepasados cuyas cenizas contenían los gérmenes de resurrección de las estirpes humanas. El cristianismo recoge la simbología de esta tradición y convierte el sentido del antiguo ritual instaurando la Navidad que celebra el nacimiento del Dios Salvador.

El tema del nacimiento atrae un conjunto de motivos que forman un tejido simbólico, materia de innumerables narraciones cuya expresión plástica o lingüística renueva esencias vivas y perdurables de una tradición universal.

El pesebre es un recipiente de luz que contiene a un Niño, centro místico y fuerza vital que despierta, gracias a la madre silenciosa, portadora del misterio creador. Lo acompaña la imagen del padre y se reúnen en torno a elementos de la naturaleza como en una encrucijada cósmica.

Los pastores, igual que en los ritos paganos, representan al pueblo que aguarda el instante sagrado y expresa su alegría ante el divino nacimiento. Cantan los pastores y con ellos el mundo todo, y sus coros convocan las voces venideras, armonizando con el canto de los ángeles. Pastores y ángeles, como fuerzas que gobiernan el mundo, representan a todas las regiones de la creación que acuden al asombroso acontecimiento.

La presencia de los Reyes, llegados desde comarcas ignotas con sus dones simbólicos, da lugar a la Epifanía, o revelación de la divinidad del Niño. Sabios que profesan distintas creencias se expanden hacia otras dimensiones leyendo los mensajes del cielo y dejándose conducir por una estrella.

Desde tiempos remotos los seres humanos indagaron en las señales, imperceptibles o extraordinarias, los secretos del universo. Y dicen las voces lejanas que la Nochebuena es la noche más constelada del año, porque todas las estrellas, aun las más retraídas, asoman para participar del misterio.

Si bien en el continente europeo la Navidad coincide con el solsticio de invierno, el secreto sol interior sigue su curso en cada uno de nosotros y una Navidad cálida, en la plenitud del sol estival, acontece en nuestra tierra argentina y en nuestra memoria. Y entre las evocaciones de tiempos vividos, aparecen imágenes que atraviesan las irrevocables lejanías y nos conectan con nuestros más íntimos acentos. Por ejemplo, las canciones que reciben el nombre genérico de villancicos.

Tal denominación desplaza el estricto significado de una forma estrófica tradicional a todo un conjunto temático y en la actualidad el término villancico se aplica corrientemente a las «canciones populares sobre temas del nacimiento de Jesucristo, a veces humorísticas, que se cantan en los días de Navidad" (M. Moliner)

Como todas las manifestaciones tradicionales, estas canciones transmiten mensajes de sabiduría universal, y en los motivos cristianos subyacen reminiscencias del sentido iniciático de los solsticios.

Entre las canciones navideñas clásicas más difundidas, se cuentan "Adestes fideles", Jingle bell", "Navidad blanca" o "El tamborilero", entre otras. Pero la mágica blancura de la Navidad septentrional contrasta con el sol de nuestras llanuras, la policromía de nuestras montañas o la alta temperatura de nuestras ciudades. Y así, los tópicos, asumidos por la realidad del mundo y del lenguaje, reviven en cada adopción y generan formas nuevas.

A las entrañables letras del "Huachitorito", "El Misachico de Navidad" o "El burro orejón" que aprendimos en nuestra infancia, se une el conjunto "Navidad nuestra" (F. Luna y A. Ramírez), en que los ritmos de las distintas regiones de nuestro país y las imágenes celestiales y telúricas se acoplan en conmovedora y poética consonancia. Estas canciones se han incorporado ya a la tradición de las fiestas y algunas, como "La peregrinación" o "La huida" nos llevan a la fiesta por las huellas de la pampa, o por los caminos de la vidala norteña. La apoteosis de la cruz y de la vegetación en pleno solsticio estival o la señal de la Cruz del Sur se funden con el fuego íntimo del hogar, el apacible abeto y la tierra blanca, en la noche más estrellada del año.

Tópicos, sí. Pero también sentidos recuperados, que nos invitan una vez más a expresar nuestras palabras, nuestras cadencias y nuestros símbolos, dejándonos traspasar por el aire de eternidad que constituye la esencia de las fiestas.