La hilandera y el cóndor

Teresa Martín Taffarel


Jerónima no conocía la llanura. Pero sus ojos rasgados y negrísimos sabían de lejanías y adivinaban parajes ocultos. Más allá de los peñascos, más allá de las cumbres de la cordillera, donde se escondían las fuentes del Inti, y en aquel cielo traspasado por el vuelo del cóndor anduvo hasta donde ninguna mirada humana podía aventurarse, vagaban los sueños inmemoriales de Jerónima. Su cuerpo estaba hecho de sombras y su alma era un lago silencioso habitado de coplas y plegarias antiguas, de silbos olvidados, de urpilas enamoradas, de prosodias legüeras...

Jerónima, sentada a la puerta de su ranchito de piedra bajo el alero quinchado, hilaba los vellones de las vicuñas jóvenes, acumuladas en una nube cruda, como la tarde temprana... Sus manos renovaban el gusto primitivo de aquellas hilanderas acostumbradas a manejar el huso para ovillar hebras de lana y de vida.

A veces era su voz la que tejía alguna vidala con hilachitos que recogía del murmullo de remotas hilaciones, danzas rituales y ensalmos escondidos, guardados en lo más profundo de su memoria.

Y, aunque sus pies andariegos retomaban los declives y las asperezas del camino en busca del enigma de la apacheta y del cardón, ahora estaba ahí sentada, quieta, mientras sus manos repetidoras se movían como maizales al viento.

El aire de la tarde bebía los ecos de los cerros. El viento lloraba su pena guardada en el canto de viejos amautas. Y el pastor, que una noche se perdió en las trampas de Coquena, dejaba oír todavía su lamento de flautas cautivas en los pajonales.

"Era el tiempo viejo, la flor, la madera frutal..." decía el poeta que iba desgranando su canto con palabras brotadas de la tierra madre. Pero en la memoria de Jerónima estaba resonando otro canto. "Palomita agreste, desamorada, amanece el día que yo me vaya...". Y al tirar el hilo del recuerdo, asoma la trama de su leyenda, entretejida con los hilos que se van soltando de la devanadera de los cerros altos donde quedaron prendidos los adioses.

Acoya, el pastor, era el indio más apuesto de la comarca. Jerónima, la hilandera era la joven más hermosa. Ellos se amaban, y la gran montaña, como un enorme bloque sin aristas, copiaba aquellos amores que nunca morirían.

Él pasaba largas temporadas en los valles, donde pacía su rebaño de vicuñas, y, recostado en una piedra, tocaba dulces melodías en su flauta de caña.

Ella lo esperaba con su eterna tarea de hilandera, hebra tras hebra, hilo tras hilo, madeja tras madeja... Y en una de aquellas ausencias, Jerónima, olvidando promesas y secretos, se dejó seducir por un viajero sin nombre que una noche le enseñó el lenguaje de las estrellas. Jerónima recuerda aquel amanecer en que Acoya volvió y la encontró desamorada. Él no dijo nada y partió con su rebaño para no volver jamás. Y se llevó consigo la noche y el amanecer.

Jerónima se quedó sola, con sus sueños huérfanos, y comprendió que nunca había dejado de amar a su pastor. Entonces empezó a llamarlo con su lamento que se hizo grito, multiplicado en miles de flechas que golpeaban la montaña. La cumbre, asediada por los gritos de Jerónima, se rompió en aristas que se llevaron a lo más alto su delirio.

Acoya se alejaba y, a medida que subía, cada vez más arriba, le iban creciendo alas y un indómito deseo de volar y extraviarse en las vastedades del cielo. Cuando llegó a la cima más alta, desplegó sus alas nuevas que recogieron en el plumaje una gota de sol, y se perdió en el Incario celestial.

Jerónima, agotado el torrente de gritos y de lágrimas, se quedó adormecida en medio se sus nubes de lana. Y empezó a sentir un aleteo agitándose en su corazón, en sus ojos, en sus labios. Al despertar, vio en el cielo una estrella nueva y la silueta de un ave, la más bella y sublime que jamás mirada alguna hubiera contemplado. Era el cóndor andino, que reinaba en las cumbres y en los cielos, y se alimentaba de los rebaños que el pastor guardaba en los valles, junto a las fuentes.

Al verlo desplazarse por el espacio azul, Jerónima reconoció a Acoya, y supo que nunca podría alcanzarlo.

Jerónima, desde entonces, trata de adivinar parajes ocultos en las cimas sombrías porque sabe que en uno de ellos, inaccesible y lejano, amida Acoya, mientras sus manos repiten el rítmico vaivén de las antiguas hilanderas.