La rosa granate
Teresa Martín Taffarel
| "Fue en otra época, cuando las señoras y las reinas tejían sus telas y cantaban romances." (Trova anónima, S. XII) |
Junto a la ventana del regio aposento, la princesa Aiglentine hila hebras de oro y seda mientras la reina y las señoras bordan cruces en el lábaro real. Las manos de Aiglentine se enredan entre los hilos y su mirada viajera vuela por los caminos imposibles en busca del amado Henri, el príncipe extranjero que un día se hizo dueño de su corazón. Como si le hubieran crecido alas y no encontraran donde posarse.
El mensajero había partido un amanecer para unirse a la comitiva que acompañaba al rey. Aiglentine deslizó su carta entre los pliegues del manto que cubría sus espaldas y con ojos suplicantes le rogó se la entregara a Henri. El mensajero no supo negarse. Desde entonces, Aiglentine aguarda la respuesta entre sus días largos, porque el tiempo de la espera anda por senderos distintos del tiempo marcado por el sol o medido en las clepsidras.
"Amor de país extranjero,
mi corazón sorprendisteis y atasteis..."
cantan la reina y las señoras.
El pensamiento de Aiglentine cabalga por caminos de sombra junto con las letras de la misiva que lleva el mensajero. Y su corazón abraza con ternura al amado Henri. "Los mensajes debieran llegar siempre a destino, medita Aiglentine, más allá de las palabras escritas o pronunciadas. Con toda la fuerza de la desesperación, pero en silencio. Desde la intimidad de la espera hasta los remansos del encanto."
La reina y las señoras tejen y siguen cantando sus romances:
"Quien por amor sufre dolor y pena
bien debe estar ya cerca del gozo..."
Aiglentine calla y llora en silencio. El día de la partida, Henri se apartó por un momento de la comitiva y se acercó al pie de la escalinata donde ella, junto a una columna, contemplaba triste los preparativos. Y no menos triste quedó cuando Henri dejaba en sus manos un pequeño talismán de oro con una rosa granate. Aiglentine vio en la joya un brillo de amor encendido y, en medio, una palpitante gota de sangre. Renovaron su promesa de amor y se dijeron adiós.
"Cuán dulce es el nombre del amor,
de él no esperaba recibir pena..."
Aiglentine recuerda aquel día de mayo, cuando la primavera les invitaba a ser felices junto a la fuente. Él le ofreció un ramo de violetas. Ella recogió agua con sus manos y le dio de beber. Luego se abrazaron y, sin saber por qué, lloraron de amor bajo la enramada. El ruiseñor cantaba...
"Cuán placenteros son los males
que se sufren por buen amor..."
cantan la reina y las señoras mientras tejen con hilos de oro y seda las cruces del lábaro real. Aiglentine, con sus manos y sus lágrimas, también teje dentro de su alma un canto de amor desesperado. Y una gota de sangre cae entre los hilos que hila con recuerdos amorosos.
Las noticias no llegan, pero un fulgor de sangre tiñe el río que baja de la montaña lejana y se pierde en el horizonte. Una herida se abre en la luz de la tarde declinante. Los fulgores que invaden el paisaje se van apagando y traen a las manos de Aiglentine un ramo de violetas.
"Sopla el aire y agita las ramas:
los que se aman duermen dulcemente..."
La reina y las señoras ven consternadas como Aiglentine cae desfallecida. Pronto llegarán las noticias. Los ejércitos reales han vencido al enemigo, pero en el campo de batalla yacen muertos o malheridos algunos de los mejores caballeros. Entre ellos, Henri, que se desangra lejos de su tierra con el nombre de Aiglentine entre sus labios. Ella, postrada en su lecho de princesa, se niega a seguir viviendo. Henri ha muerto.
La reina y las señoras, durante mucho tiempo, continuaron tejiendo sus telas y cantando romances de amor. Tristes romances de amor. Y descubrieron que, desde entonces, en el centro de cada cruz bordada de oro y seda aparecía una diminuta rosa granate, como una gota de sangre, mientras se oía el rumor de una fuente. El ruiseñor cantaba...