El legado
Teresa Martín Taffarel
Siempre pensé que la abuela Mana tenía un mundo diferente y secreto. La veía deambular por las salas espaciosas, por corredores larguísimos, acercarse a la cocina para dar algunas órdenes, recoger al azar dos o tres cosas dispersas que luego olvidaba en otro sitio, descorrer una cortina, abrir las ventanas, encender una lámpara... Todo sin orden, como porque sí, recorriendo itinerarios que sólo ella conocía.
Era imposible seguirla. Tan pronto aparecía en el comedor como se desvanecía en la biblioteca.
Abuela Mana era así, furtiva, sigilosa. Hablaba poco, y su voz resucita hoy en algún monosílabo confundido en el vuelo del aire o en cadencias deslizadas entre nuestras conversaciones cotidianas.
Más que recuerdos definidos, abuela Mana dejó en nosotros una estela imprecisa, y, cuando intentamos recuperarla, su figura se desdibuja entre las sombras.
Yo tenía diez años cuando murió, y ahora, al cabo del tiempo, creo que no se notó su ausencia, porque siguió siendo una imagen inapresable, errando por los espacios de la antigua casa, discreta y silenciosa como había vivido.
Mamá me contó que cuando joven era esbelta y atractiva, y que antes de recluirse definitivamente, después de la muerte del abuelo, pasaba muchas horas en el jardín, cuidando los rosales, regando los canteros de crisantemos y heliotropos. Siempre fue callada pero, a su manera, se mostraba comunicativa con quien se le acercaba. Esto ya lo sabía yo, porque a veces, cuando lograba arrimarme al sillón donde descansaba al atardecer con la mirada perdida tras las gafas y un libro abierto en las manos, ella reparaba en mí y yo le decía:
- Abuela Mana, ¿qué lees?- y sabía que no estaba leyendo
Pero el libro seguía ahí, abierto en una página cualquiera. Yo no entendía muy bien, por eso insistía:
- Abuela Mana, ¿qué lees?
- Una historia que me cuento- contestaba por fin con la voz velada de lejanía.
- Pero, ¿está en ese libro?
- No. Está en mí.
- Abuela Mana, cuéntame tu historia entonces.
- Es imposible. Mi historia es un desvarío.
- Abuela Mana, ¿qué es un desvarío?
- Un sueño, una locura. Es como recorrer la casa y perderse en ella, o inventarla cada vez.
- Yo quiero conocer esa historia.
- Cuando sepas leer te regalaré mi libro.
- ¡Pero si ya sé leer!
Abuela Mana me miraba y no decía nada...
Es verdad, lo único que recuerdo vagamente es que, en aquellos tiempos, abuela Mana me estaba legando un libro en el que encontraría algo más que su secreta historia. Pero seguramente el diálogo, que quizá no mantuvimos, hubiera sido así. Hoy lo comprendo, porque ahora sí he aprendido a leer.
Dicen que la esperanza está en los recuerdos, y la experiencia de la lectura así lo confirma. Las impresiones acumuladas, las lecciones perdurables, los personajes olvidados, las voces del tiempo, escriben la historia venidera, y todo se va reduciendo a dos o tres temas esenciales que viven en nosotros.
Cuando abuela Mana me regaló aquel libro, me entregó el enigma de su vida: "Algunos rostros de ancianas se parecen a esos palimpsestos en los cuales, bajo los ásperos caracteres eclesiásticos de insulsas oraciones, aparecen los versos desvanecidos de un antiguo poema erótico".
La ironía de Heine, que en pequeñas canciones -algunos las llamaron suspirillos- simuló sus grandes dolores, fue el camino que abuela Mana descubrió, quién sabe cuándo ni cómo, para leerse a sí misma. Y pudo encender una pequeña luminaria en el santuario de lejanos amores, al que sólo ella tuvo acceso porque supo guardarlo tras los velos de su silencioso andar por el mundo.
el libro de abuela Mana es mío ahora. Pero todo sigue siendo indescifrable, pues "las incomparables rosas sensuales dan un instante su perfume y naufragan para siempre...".
Es recorrer los espacios de la memoria y perderse en ellos, o inventar los recuerdos en una lectura infinita. Como cuando abuela Mana recorría la casa y se perdía en ella. O la inventaba...