Los árboles oscuros


 

 

Los árboles oscuros, apenas movidos por el aire de enero, protegían el secreto de un pozo y de un rosal.

La vereda alta se desbarrancaba en la calle de tierra.

De este lado, la orilla de los juegos, la acera permitida, la casa vigilante, los resplandores íntimos, la cacería de luciérnagas.

Del otro lado, los jazmines abiertos apuntando estrellas tras los tapiales de un jardín vedado. Y un miedo apacible que cerraba puertas en las esquinas de la noche.

La amenaza de los sueños convocaba a los duendes vegetales, que nacían y morían en pequeños rebaños asustados.

La luna redondeaba los espejos de las piedras.

A lo lejos fosforecían luces malas, estremeciendo a los magos sombríos.

 

He necesitado tiempo.

Noches acumuladas en una sola noche.

La lluvia sin tregua.

El sol de la tarde.

Y aquel canto lejano que permanece en la última escarcha del invierno.

 

Desde la noche,

las ráfagas de la infancia

traen resplandores de amanecer.