Paisaje del alma
¿Quién era yo cuando miraba el río desde una barca, cuando al atardecer andaba entre los jazmines, cuando modelaba figuras de barro, cuando jugaba a la rayuela?
¿Quién era yo?
Había un muro semiderruido que apenas contenía los matorrales y enredaderas de un jardín abandonado.
En septiembre florecían los durazneros y yo sabía que se aproximaba mi cumpleaños. Cinco, seis, siete años... Una taza, una manzana, lápices de colores. Un árbol, una casa, una bandada de golondrinas. Puentes, trenes, el campo, las suaves ondulaciones de la tierra provinciana.
El mundo se redondeaba en muñecos de porcelana y en payasos de trapo.
Yo era una niña frágil, con unos ojos enormes y muy abiertos. Pero... ¿quién era yo?
La jalea de membrillo tenía un color de rubí transparente y los bizcochos prometían placeres infinitos desde una lata donde se dibujaba una niña que mostraba la misma lata con el dibujo de ella misma mostrando la misma lata, y otra vez, y otra... La noción de ultimidad se convertía en un viaje vertiginoso hacia lo inalcanzable.
Yo era. Yo fui. Y ahora, ¿soy la que era?, ¿soy la que fui?
Hoy, la luz de primavera se ha trasladado a mayo y en una dimensión oceánica se agrandan los ayeres y se empequeñecen las estaciones. Porque hay un hilo que va enhebrando cada tiempo de un yo que se prodiga en el tejido compacto de las edades cumplidas.
Soy la que desde el umbral de una puerta entornada contempla la luna de enero que aconteció al principio de la memoria, Y soy la que mira la luna de agosto desde lo alto de una montaña, con la memoria cargada de recuerdos y la ilusión plena de proyectos.
Tal vez sea difícil mantenernos despiertos cuando el humo de lo que acontece quiere atarnos los brazos y empañarnos la mirada. Pero la vida sigue dibujando surcos, modelando aromas y derramando palabras en un hilo de luz que no se extingue.
Teresa Martín Taffarel. Poemas.