Teresas escribiendo
Teresa Martín Taffarel
- Esa Teresa Panza es mi madre; y ese tal Sancho, mi señor padre; y el tal caballero Don Quijote, nuestro amo -dijo Sanchica al paje que traía la carta.
Y Teresa, que sabía hilar, pero que leer, ni miaja, oyó atentamente la lectura de la carta de la señora Duquesa.
Feliz por la nueva amistad no buscada ni soñada, se puso al cuello la sarta de corales con estremos de oro y salió dichosa a los caminos del pueblo.
Ella, la labradora, la que lavaba la ropa en el arroyo, la que hilaba con maestría los copos de estopa, la que cuidaba las caballerizas, la que daba de comer a sus hijos los mejores torreznos de la región, ahora se veía metida en cartas y escrituras.
Con un bollo y dos huevos, consiguió que un monacillo escribiera dos cartas, dictadas de un mismo caletre. Una, para el marido; otra, para la Duquesa...
Que eso de escribir, muy bien se le había dado a Teresa, la otra, la santa de Ávila, andariega arrebatada y fundadora, que también trajinaba entre pucheros y limpiaba conventos, de polvo y de otras cosas.
Teresa en acción: que Ávila, que Medina del Campo, que Valladolid, que Durelo y Pastrana, que Segovia y Salamanca...
Teresa en contemplación:
Sea mi gozo en el llanto,
sobresalto mi reposo,
mi sosiego doloroso
y mi bonanza el quebranto.
Que esta Teresa no tuvo sosiego es bien sabido y así lo atestigua la otra, la Panza, cuando en sus ires y venires de la fuente al regato desgrana, a veces, suspirando por tantas fatigas, algún ORA PRO NOBIS al recuerdo de la inquieta santa.
Y a todas se les da por ser famosas con lo que ellas creen que lo que hacen no es más que lo que deben.
Atravesando míseros pantanos, con un poco de agua y un poco de pan, con vendas y remedios, la mirada oscura y febril con destellos de locura salvadora, iba y venía por los arrabales de Calcuta, otra Teresa. Menuda y resuelta, hablaba poco, y alguna vez escribía. Pero es en el pergamino de su cara y en las estrías de sus manos donde ha quedado escrito el libro con el que sin duda habría soñado. La llamaban madre y tuvo algún premio...
Y la última Teresa, sin marido escudero famoso de no menos famoso caballero andante, sin fundaciones ni caminos, sin pobres que son los más pobres del mundo, alimenta el hijo de esta escritura con las proezas de las Teresas que sí hicieron algo.