El asesinato de un asesino
Por Tomás Eloy Martínez
Para La Nación
HIGHLAND PARK, N. Jersey
Cuando estas líneas aparezcan, otras historias habrán ya relegado al olvido la escenografía de muerte que rodeó a Timothy McVeigh, el mayor terrorista de la historia de los Estados Unidos. A las 7 de la mañana del lunes 11, McVeigh fue amarrado a una camilla, en la prisión federal de Terre Haute, Indiana, y preparado para recibir una inyección endovenosa en tres etapas: en la primera, su sistema circulatorio fue inundado con un sedante de efecto rápido; la segunda dosis le infiltró un veneno que le paralizó los pulmones; la tercera le detuvo el corazón. Catorce minutos más tarde, el médico de la prisión lo declaró muerto. El gobierno al que McVeigh había desafiado creyó así vengar las 168 víctimas fatales que el reo había dejado tras sí seis años antes, en abril de 1995, al hacer estallar una bomba casera de poco más de tres toneladas en un edificio público de la ciudad de Oklahoma. McVeigh no se arrepintió, no preparó ningún mensaje final, no se resistió a la muerte. El fiscal general de los Estados Unidos, John Ascroft, invitó a las familias de las víctimas a observar la ejecución. "Eso les dará consuelo y cerrará un capítulo doloroso de sus vidas", dijo.
Toda forma de represalia es nada más que eso, represalia, y solo a los pobres de espíritu les sirve de consuelo. Ninguna muerte cierra el círculo de otra muerte. El diario Libération de París definió la ejecución de McVeigh con una concisión impecable: "Asesinato de un asesino". De eso se trata, de un crimen legalizado que intenta disuadir de cometer otros crímenes y que, lejos de corregir un mal, lo agrava.
Pocos casos han puesto tan en evidencia la dramaturgia de la muerte como la matanza ciega organizada por Timothy McVeigh en Oklahoma. Qué movimientos del alma fueron acercando al criminal hacia su blanco numeroso y por qué hizo lo que hizo fueron preguntas que desvelaron durante todos estos años a la prensa de los Estados Unidos. Las respuestas pueden encontrarse ahora en American Terrorist ("El terrorista norteamericano"), una obra maestra de investigación publicada pocas semanas antes de la ejecución por Lou Michael y Dan Herbeck. Ambos autores son reporteros de Buffalo News , un influyente diario del norte del estado de Nueva York, en la región de las cataratas del Niágara.
Odio acumulado
La casa de la familia McVeigh está en Pendleton, a unos veinte minutos en auto de Buffalo, y tanto la vecindad como la pertinacia de los reporteros fue abriéndoles primero la intimidad de la familia y, un par de años más tarde, el acceso al hasta entonces inabordable terrorista, que aceptó contar su trágica aventura paso por paso.
McVeigh, un veterano de la Guerra del Golfo, planificó y ensayó la tragedia durante ocho meses. Desde el asalto de los federales a la casa de la secta de David Koresh en Waco, Texas, que culminó con el incendio y la muerte de casi todos los residentes, McVeigh fue acumulando un odio ciego contra el gobierno, contra las restricciones al uso de armas y contra la hipocresía de la clase política. En Waco, donde estuvo como peregrino en marzo de 1993, se dedicó a vender leyendas adhesivas para los automóviles, que resumían con eficacia su ideología simple y letal: "Un hombre con un arma es un ciudadano, un hombre sin un arma es un sujeto"; "cuando las armas estén fuera de la ley, yo voy a estar fuera de la ley".
Se dijo a sí mismo que, si el único argumento del Estado para resolver las cosas era la muerte -en las cámaras de gas, en Waco-, había que atacar esa barbarie con una muerte ejemplar, caudalosa, inolvidable. Un Estado terrorista justificaba, según él, acciones terroristas que pusieran en evidencia la corrupción de todo el sistema.
Con la ayuda de dos acólitos que no lo acompañaron hasta el fin, amedrentados por el tamaño de la locura, McVeigh eligió varios blancos posibles -uno de ellos fue el edificio del FBI, en Washington-, hasta que se inclinó al fin por la vasta mole de la ciudad de Oklahoma donde estaban algunas oficinas de la DEA, de la contraloría para el alcohol, el tabaco y las armas de fuego, y una reserva del Servicio Secreto. También, en el segundo piso, había una guardería de niños, pero eso a McVeigh le pareció un detalle sin importancia. Decidió que toda guerra sacrifica a víctimas inocentes, y que la destrucción de la guardería sería un acto instructivo. Los padres entenderían así que usar los servicios del gobierno es siempre peligroso.
Eligió para el atentado un día simbólico: el 19 de abril. Se cumplían entonces dos años del desastre de Waco y doscientos veinte de la batalla de Lexington, que fue decisiva en la lucha por la independencia. McVeigh entró en Oklahoma a las 8.50 de esa mañana, conduciendo un camión de mudanzas Ryder, de característico color amarillo. Adentro iba la bomba. Sorprendido por el escaso tránsito, lo estacionó junto al edificio Murrah, bajo una línea de ventanas, al pie de la guardería. Luego de encender el explosivo se alejó tranquilamente. Llevaba botas militares, blue jeans , una campera desteñida, una gorra negra con visera y su remera favorita. En el pecho de la remera estaba dibujada la imagen de Abraham Lincoln y en la espalda una inscripción delatora: Sic Semper Tyrannis , "Así [les pasa] siempre a los tiranos", la frase que había gritado el actor John Wilkes Booth en el momento de disparar contra aquel presidente.
McVeigh se alejó un par de cuadras, creyó durante un segundo de interminable silencio que su plan había fracasado y, cuando ya pensaba en volver sobre sus pasos, una descomunal explosión lo ensordeció y lo aplastó contra el suelo. Luego, mientras la ciudad entera corría hacia el lugar del estruendo para ofrecer ayuda, McVeigh subió al Mercury destartalado en el que iba a fugarse y se alejó por la ruta interestatal 35, rumbo a Kansas.
El récord del presidente
Aunque distaba de ser un suicida, era un fanático y estaba dispuesto a morir por una causa que creía justa. Si la bomba hubiera fallado, habría estrellado la camioneta o habría descargado su pistola contra los explosivos sin importarle lo que pasara después. Se consideraba una persona lúcida, sana y de tan buenas intenciones como cualquier otra. Estaba convencido de que sus ideas eran justas, y le parecía que su vida -ninguna vida- valía tanto como ellas.
Ya estaba llegando al límite de Kansas cuando lo detuvieron por azar, porque el Mercury no llevaba chapas de identificación. Vieron su pistola, lo demoraron, y a los dos días se supo la verdad. El atentado ocurrió en una época de bonanza para los Estados Unidos, cuando el presidente Bill Clinton estaba disgustado por la tragedia de Waco, había reducido drásticamente el déficit federal y preparaba una campaña para mitigar la enloquecida contribución que su país estaba haciendo al veloz calentamiento del planeta. Monica Lewinsky no asomaba aún en el horizonte.
Es simbólico, sin embargo, que la ejecución de McVeigh haya sucedido durante la presidencia de George W. Bush, que está desbaratando con increíble diligencia todo lo que le costó tanto trabajo a su antecesor. A Bush le cabe la gloria de haber autorizado, cuando era gobernador de Texas, casi tantas ejecuciones, 152, como víctimas causó McVeigh en Oklahoma. Aunque en el récord de Bush no hay niños, abundan sin embargo los retardados mentales y los inocentes póstumos.
Los europeos tienen razón cuando suponen que hay cierta barbarie disimulada en la afición de los Estados Unidos por la pena de muerte. En el año 2000, solo China y Arabia Saudita ejecutaron a más seres humanos que ese país. En Texas, Bush invocó más de una vez razones de justicia cristiana, pero aunque es verdad que un teólogo de la talla de Tomás de Aquino justificó hace ocho siglos el castigo supremo, y muchos pontífices, después de él, ordenaron ejecutarlo, no hay una sola línea en los Evangelios que hable en favor de la muerte. A la inversa, en San Juan 8:3-11, Jesús salva a una mujer adúltera de ser lapidada y la despide con una sentencia redentora: "Vete y no peques más".
Bush sin duda oyó esa historia, pero quizá leyó torcidas las líneas que están derechas, como le pasa con todo.
http://www.lanacion.com.ar/01/06/23/do_314594.asp
LA NACION | 23/06/2001 | Página 19 | Opinión
Encontrado en: http://buscador.lanacion.com.ar/show.asp?nota_id=314594&high=tomás%20Eloy%20Martínez