El poder de las mujeres

Tomás Eloy Martínez


Todos los dogmas son falsos, pero tal vez ninguno es más falso que el dogma según el cual las mujeres son más aptas que los hombres para el gobierno de la casa y los hombres son más aptos que las mujeres para el gobierno de la sociedad.

Aunque parezca paradójico, ese dogma prosperó sobre todo durante la era victoriana ―que lleva el nombre de una mujer de Estado, la reina Victoria― y llegó a su apogeo en los años triunfales de Evita Perón, que se declaraba "sólo la humilde emisaria'' de su marido, aunque ejercía un poder tan abrumador como el de él.

¿Qué significa el poder ahora, sin embargo? ¿Es el reflejo de una relación de fuerzas entre dominadores y dominados, como pensaba Michel Foucault? ¿Un recurso que actúa a través de la violencia o de la ideología? ?O ya no es ninguna de esas cosas sino algo más incierto, más imperceptible, un sistema de valores que las inteligencias femeninas están entendiendo más rápidamente que los hombres?

Cuatro mujeres dominan ahora la escena política en America Latina. Una, la nacionalista Nora Gunera de Melgar, perdió hace un par de semanas la presidencia de Honduras por un margen electoral de diez por ciento. Aguerrida, tenaz, se ha declarado dispuesta a lanzarse otra vez en 1998 al rescate del poder.

Otra, la conservadora Noemi Sanin, libra desde hace meses una batalla campal en Colombia para alcanzar la nominación presidencial de su partido, que desde 1982 ha perdido todas las elecciones. Ambas dan por sentado que la toma del poder tiene que ver, como siempre, con la conquista del Estado.

Pero ¿cuál es hoy la naturaleza del Estado? ¿Y cuánto tiene que ver esa naturaleza ―de identidad lábil y diseminada― con el verdadero poder? Las dos restantes mujeres del cuarteto encarnan modelos antípodas y pueden ser vistas como símbolos ―opuestos símbolos ―del siglo que termina.

La venezolana Irene Sáez fue miss Universo a los 19 años, en 1981, ha creado un partido político que se llama Irene (sigla de Integración, Renovación y Nueva Esperanza) y, desde que su candidatura presidencial subió al cielo de las encuestas con un índice de casi 45 por ciento, ha sembrado las cuatro esquinas de Venezuela con unas muñecas Irene idénticas a ella, que lucen su mismo denso maquillaje, su misma cabellera rubia, larga y ondulada.

El martes 9 de diciembre, la blonda Irene declaró a The New York Times que la belleza es más una religión que una pasión en Venezuela: "Los concursos de misses son tan importantes para nosotros como los campeonatos de fútbol para Brasil''.

Su inverosímil popularidad se basa en unos pocos argumentos simples: una ciega, fanática fe católica; el eclipse de los partidos políticos tradicionales; la voluntad de superación de los venezolanos, y las promesas de mano dura contra no se sabe qué o quiénes: "Soy una persona equilibrada'', se definió a sí misma en la isla Margarita, poco antes de la cumbre de presidentes americanos.

"Y aunque lo soy, no me tiembla el pulso a la hora de cortar cabezas. Para hacer eso, no sólo tengo una mano de hierro sino también una guillotina bien afilada''.

La argentina Graciela Fernandez Meijide está en lado opuesto del espectro solar. Nació al combate político hace dos décadas, la aciaga noche de 1976 en que cinco hombres que se identificaron como policías irrumpieron en su departamento del barrio de Belgrano, en Buenos Aires, y se llevaron a Pablo, el segundo de sus hijos.

Nunca lo volvió a ver. La vida se le dio vuelta desde entonces. Llamó sin fortuna a todas las puertas militares y eclesiásticas que se le cruzaron en el camino, se sumó a los osados peregrinajes de las madres a la plaza de Mayo, vivió algún tiempo exiliada en Montreal y se alistó en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos.

En 1984, el ex presidente Raúl Alfonsín la convocó para que integrara la Comisión Nacional sobre la Desaparición de las Personas donde repitió un día y otro a través de relatos ajenos que se parecían a los de su vida el ya conocido descenso a los infiernos.

En 1993 ―a los 62 años― después de una rápida experiencia en partidos políticos fugaces, que se desprendían del peronismo o de la democracia cristiana, Fernandez Meijide alcanzó su primer éxito electoral: una banca de diputada por la ciudad de Buenos Aires, con un cuarto de millón de votos. Su carrera fue desde entonces fulgurante. La eligieron senadora dos años después, con un caudal tres veces más alto.

En 1997, su candidatura a diputada por la provincia de Buenos Aires sumó más de tres millones de votos. A diferencia de Irene, el peso de su imagen política no está basada en la belleza física sino en un atributo más raro: el sentido común. En Nueva York, donde estuvo de paso a fines de noviembre, dijo que siempre había tratado de prepararse lo mejor que pudo y supo para cada cosa que le tocó hacer en la vida.

"Yo no soy un fenómeno'', declaro. "Pero muchos de los que están conmigo sí lo son''.

Graciela e Irene tienen altísimas posibilidades de ser presidentes de sus países en 1999 o en la primera década del 2000. ¿Eso seria, de algún modo, el poder? ¿O el poder está en otro lugar ahora?

Una de las mujeres más inteligentes que conozco se llama Rosiska Darcy de Oliveira. Dirige el Consejo para los Derechos de la Mujer en Brasil y es uno de los asesores de confianza del presidente Fernando Henrique Cardoso.

A fines de noviembre, en Río de Janeiro, puse ante Rosiska toda la información y las preguntas que aparecen en las líneas previas y esperé su respuesta. Rosiska tiene una voz grave, que se desliza con facilidad del portugués al español o al inglés. A veces, cuando hay que precisar una idea, la enuncia en un francés impecable. Su mirada tiene tanta energía como su inteligencia.

Le pregunto por qué, a diferencia de Honduras, Argentina o Venezuela, las mujeres ocupan tan pocas posiciones de poder en el Brasil de hoy.

"Quien supone eso es porque está pensando en el poder convencional. Pero el poder está cambiando de lugar ahora'', dice en su austero despacho del Jardín Botánico. Su tono es tan apacible que pareciera tener lista la respuesta desde hace días.

"El poder está en los medios, por ejemplo, o en las corporaciones económicas. La cadena de televisión más poderosa de Brasil, la Rede Globo, está dirigida por una mujer, Marluse Pinto. Y la Compañía Siderurgia Nacional, que es nuestra empresa más poderosa, tiene una mujer al frente: Maria Silvia Camargo. ¿Cuál es la diferencia con el poder tradicional? Muy simple: en estos liderazgos, lo que cuenta es el mérito. No hay ―como en la política― un tejido imprescindible de relaciones, contactos, intereses.

"Sólo tienen cabida los que hacen bien las cosas. Hace algún tiempo hablé con un grupo de jueces mujeres y les propuse un sistema de cuotas, que les permitiera acceder al 25 por ciento de los cargos vacantes. Se negaron rotundamente.

"¿Para qué?, me dijeron. Ahora nos eligen por concurso, y siempre ganamos en las pruebas. Si hubiera un régimen de cuotas, los políticos preferirían a sus primas o a sus esposas. Nada les conviene tanto a las mujeres como competir.''

Rosiska supone que el lugar del poder está retirándose de sus espacios convencionales. "Los partidos, tal como los conocíamos, están en vías de extinción, la globalización de la economía está tornando inútiles los sindicatos, el poder de la Iglesia Católica es sólo el que le asignan los políticos: ya casi nadie vota en consonancia con su fe religiosa. A todos nos cuesta entender estos cambios. No hay nada más difícil que ser contemporáneo de uno mismo.''

En el larguísimo curso de la historia, las religiones y el pensamiento filosófico siempre tuvieron a un hombre como centro. A diferencia de los dogmas, ese dato de la realidad es irrefutable y verdadero. Tal vez lo sea también el hecho de que todas las ideas originales de este fin de milenio son ―como las de Rosiska― ideas de mujeres.

c.1999 New York Times Special Features

Encontrado en: http://nytsyn.com/syndicate/columnists/martinez_span.html