Los hijos de la violencia

Por Tomás Eloy Martínez

Para La Nación


HIGHLAND PARK, N. Jerrsey.- Las guerras de este fin de siglo son rápidas y con pocos muertos. Los verdaderos cataclismos están en otro lado: en los asesinatos urbanos, en los asaltos, en las golpizas, en las violaciones. El mayor campo de batalla de esa violencia sin publicidad es América Latina.

Las cifras están cantándolo desde hace tiempo: en ninguna región del mundo hay tantas muertes violentas como en el vasto continente que se abre desde Texas hasta Tierra del Fuego: 140 mil víctimas por año y veinticuatro ataques callejeros por minuto. Esas estadísticas equivalen a la tragedia de Vietnam y a dos, tres, muchas guerras de Kosovo. Tal vez los crímenes de adolescentes en los Estados Unidos sean más escalofriantes, pero los de América Latina, que son infinitamente más caudalosos, responden a una realidad incorregible: el neoliberalismo los ha multiplicado.

El sociólogo Zygmunt Bauman ha escrito que, dentro de las nuevas lógicas del mercado, ya no hay lugar para los que no consumen. Hace unos años, al pobre se lo transformaba en mano de obra barata. Ahora es un ente sin sentido, sin ubicación: alguien que debe ser brutalizado y aislado.

Esa metamorfosis de los pobres en no personas o en criminales en potencia ha engendrado, por supuesto, una violencia mayor. Pero nadie conoce el verdadero tamaño de esa tragedia sorda y solapada, porque la inmensa mayoría de las víctimas no denuncia lo que le pasa. Sólo los muertos permiten hacer las cuentas -y los cuentos- de la desgracia.

Hace algunas semanas, la universidad donde trabajo me pidió que inaugurara en Cuernavaca, México, el Centro de Estudios Hemisféricos destinado a cobijar a escritores e investigadores en los meses finales de la escritura de sus libros: un hogar de retiro intelectual parecido al Bellagio Center de Italia o a la Fundación Camargo de Francia. La enorme casa donde está el Centro -por ahora- se abre al paisaje de los dos grandes volcanes mexicanos, que aún no han sido vencidos por la contaminación ni por las torres eléctricas.

La señal de partida del Centro de Cuernavaca fue una conferencia de cuatro días sobre Violencia Urbana, a la que asistieron especialistas de México, Brasil, Estados Unidos, Venezuela y Colombia. Aunque mucho de lo que allí se leyó son cifras aterradoras, había entre los invitados tres cronistas de otras tantas ciudades -México, Bogotá, Caracas- que trajeron al encuentro las experiencias y voces de los que viven en los abismos.

Estadísticas sombrías

Rara vez lo que se percibe es lo que realmente pasa. Una de las sorpresas del encuentro fue descubrir que el índice de criminalidad urbana en la Argentina es notablemente inferior al de otros vecinos del Cono Sur -Brasil y Paraguay, por ejemplo-, y que Buenos Aires es una ciudad relativamente segura, aunque al otro lado de la avenida General Paz las estadísticas son tan sombrías como en los otros recodos del Tercer Mundo.

Otra sorpresa fue verificar que hay lugares donde la violencia es una fatalidad inevitable, sin la menor esperanza de escapatoria. Para demostrarlo, el cronista venezolano José Roberto Duque contó la historia de una mujer llamada Mireya, amante de un sicario de la policía conocido como El Comisario, que un sábado de diciembre, en 1996, se acercó a un grupo de amigos que bebían cerveza y conversaban en La Quebradita, uno de los cerros de Caracas. La mujer quería que alguien la acercara hasta el lugar donde tenía una cita con El Comisario, pero nadie osaba hacerlo, por temor a que la escena fuera mal entendida por el amante, famoso por su brutalidad y por sus celos.

Mireya logró convencer al fin a Sixto Almeida Lozano, mensajero de oficinas, padre de dos niños, con el final previsto: El Comisario los vio llegar juntos y mató al comedido de dos balazos en la cabeza. La impunidad policial le permitió seguirse exhibiendo por los cerros. Un par de días más tarde, uno de sus amigos más íntimos -socio, además, en una empresa de apuestas hípicas- lo increpó por lo que había hecho. "¿Así que el muerto tiene dolientes?", le respondió El Comisario. Y lo remató con otros dos balazos.

La vida vale menos que una ronda de cerveza en esas tierras de desamparo, pero cualquiera sea el lugar donde se instala la violencia, todo empieza y termina de la misma manera. Alguien envalentonado por el poder de un arma, o de la fuerza, o de la sorpresa, abusa de otro ser más débil y le destroza el porvenir. En el extremo de esa línea están siempre la humillación, el sufrimiento, las violaciones y a menudo la muerte.

San Pablo y Caracas

En ningún país del mundo la cifra de homicidios en relación con el número de habitantes es tan alta como en Colombia. Hace tres años, las estadísticas de El Salvador eran parecidas, pero desde entonces descienden cada día. Si se trata de ciudades, en cambio, las dos más violentas son San Pablo y Caracas. Dos tercios de los delitos en Caracas son robos y asaltos, pero lo que resta es un delirio de asesinatos: sólo en el segundo domingo de agosto de este año hubo 83 homicidios, y es rara la vez que la cifra baja de 80 durante los fines de semana. Si se trasladan esos promedios al año entero, la suma llega a los cinco mil: tantos como las víctimas de un terremoto.

Allí y en San Pablo, mucha de la sangre que corre es de jóvenes que sucumben al odio ciego de la policía. Una de las sociólogas que estuvieron en Cuernavaca reveló que algunos policías de San Pablo salen a matar como si fueran cruzados de una guerra santa. En ellos, la tortura es una práctica frecuente; por desprecio a los que caen en sus manos y porque imaginan que eliminarlos "de manera ejemplar" ahorrará males mayores a la sociedad.

La última noche del encuentro se exhibió en la casa de Cuernavaca una película del colombiano Víctor Gaviria, La vendedora de rosas . Más expresiva que todas las estadísticas, la película narra las vidas sin salida de los bajos fondos de Medellín: jóvenes que sólo salen de las nubes de la droga para matar o morir, niñitas de doce años que se fugan de hogares bestiales para prostituirse en las calles, sicarios que aspiran a sobrevivir dos o tres horas después de sus crímenes para tener tiempo de llevar a las familias el dinero sucio que acaban de ganar. Aunque el espectador sabe que los retratos de La vendedora de rosas son reales y que los personajes están contando sus propias historias, el horror de esas vidas parece tan inverosímil como intolerable.

El libre mercado ha instalado a ciegas una nueva forma de esclavitud en este fin de siglo, más terrible aún que la abolida hace cien años, porque el ser humano, que era una mercancía, ha quedado reducido a un no ser, un cero, la pieza desechable de un engranaje infinito.

Hace quinientos años, América Latina era el continente de las utopías y de las maravillas: el paraíso terrenal que Colón entrevió en su tercer viaje. Los tiempos la han convertido en una tiniebla darwiniana, donde millones de personas están condenadas a la infelicidad y a una muerte cruel aun antes de haber nacido.

http://www.lanacion.com.ar/99/11/27/o04.htm

LA NACION | 27/11/1999 | Página | Opinión