México, en un nuevo tiempo político
Por Tomás Eloy Martínez
Para La Nación
HIGHLAND PARK, N. Jersey
ESTABLECER una democracia clara le ha costado a México más tiempo que a ningún otro país de América Latina. Con dos raros paréntesis _los quince meses de la presidencia de Francisco I. Madero, entre 1911 y 1913, y la década de la república liberal de Benito Juárez, entre 1867 y 1876_, los mexicanos han respirado siempre una tradición autoritaria sorda y férrea. Un presidente todopoderoso con derecho a determinar quién sería el sucesor, un partido único que gobernaba sin admitir el menor disenso marcaron a fuego la vida de México en los últimos setenta años.
Ahora, todo parece listo para cambiar en las elecciones del 2 de julio, menos el ciego autoritarismo político. Para quienes observan desde fuera la feroz campaña electoral es fácil darse cuenta de que los partidarios del candidato opositor Vicente Fox no están dispuestos a admitir ni la derrota eventual ni el derecho de sus adversarios a pensar distinto. Para la mayoría de los intelectuales mexicanos, simpatizar ahora con el Partido Revolucionario Institucional, el PRI, y con el candidato oficial, Francisco Labastida, equivale a una espontánea confesión de venalidad o de estupidez. La idea de que para cambiar el corrupto sistema político no hay otra posibilidad que votar por Fox se ha instalado en la imaginación de algunos mexicanos bien pensantes como un dogma de fe. Hasta se ha llegado a decir que la alternancia es la única salida posible para la democracia en México, sin tomar en cuenta que una alternancia forzosa es tan antidemocrática como el continuismo obligatorio.
La situación es tan seria que Labastida está obligado a ganar, si gana, por un margen superior a los cinco puntos. Una ventaja estrecha del candidato oficial le impediría gobernar en paz, porque no sería admitido como presidente legítimo. Muchos de los periodistas, sociólogos y escritores con los que hablé en las últimas semanas, disconformes con los dos candidatos principales y con el tercero en discordia, Cuauhtémoc Cárdenas, prefieren votar por los postulantes de partidos menores, a sabiendas de que es un voto perdido. Y cada vez que lo han declarado o lo han escrito, han sido escarnecidos por los defensores de Fox, porque para ellos sólo Fox podría evitar el triunfo de Labastida.
Pacto contra el fraude
Tal vez tengan razón, pero hay más de un motivo para que los mexicanos no estén felices con el futuro, sea cual fuere. Hasta el propio Cuauhtémoc Cárdenas, que podría renunciar a su candidatura y abrir así el paso a una oposición unida, con todos los beneficios personales que eso supondría, no ha querido hacerlo. Por un lado, se lo impide la historia. El Partido Acción Nacional, o PAN, que defiende a Fox, fue creado en 1939 como un acto de rebelión contra las ideas progresistas de su padre, el presidente Lázaro Cárdenas. Por el otro, no confía en que Fox haga lo que predica. El único punto en que ambos candidatos han coincidido es un pacto de mutuo apoyo para alzarse contra toda forma de fraude, pero eso sólo sucedió un mes antes de los comicios.
Aunque Francisco Labastida es, como Ernesto Zedillo, parte de la elite de jóvenes que modernizó a México, pocos creen que sea capaz también de modernizar al PRI. De hecho, cuando las encuestas se le mostraron desfavorables, a mediados de mayo, se volvió hacia los viejos dinosaurios del partido para convencerlos de que lo apoyaran. Ha sido inhábil en los debates e infortunado en sus declaraciones públicas, pero nadie duda de que sería un burócrata eficaz, tan gris como el ex presidente Miguel de la Madrid y también tan honesto como Zedillo.
Fox, en cambio, es un enigma que se parece a Juan Domingo Perón en más de un sentido. Tiene, como Perón, la admirable cualidad de decirle a cada interlocutor lo que quiere oír, sin miedo alguno a contradecirse. Y, también como él, ha logrado conciliar un pasado conservador con una retórica de izquierda. Hace apenas cuatro años, cuando era todavía gobernador del estado de Guanajuato, fue uno de los más ardorosos defensores de la privatización de Pemex, la empresa estatal de petróleo, que es uno de los orgullos del nacionalismo mexicano. Ahora sostiene la tesis contraria con el mismo énfasis, y uno de sus avisos de campaña sostiene que recordarle ese pasado es "traicionero y tramposo". Su partido, el PAN, surgió como una respuesta católica al anticlericalismo de Cárdenas, y Fox ha dado ya una serie de pasos para complacer a la Iglesia, exhibiendo su devoción por la Virgen de Guadalupe y prometiendo una serie de leyes para restringir aún más el aborto. Pero cuando las feministas y los numerosos laicistas que hay en su movimiento dieron señales de descontento, juró que nunca usaría el poder del Estado para imponer formas de vida o creencias religiosas.
Hasta los más entusiastas partidarios de Fox admiten que es un incurable populista, aunque jamás aceptarían que es también un demagogo. Dos simples datos lo describen: su apariencia física y su pasado de empresario. Es alto, simpático, elocuente, y le gusta vestirse como un charro. Y a la vez fue, durante cinco años, presidente de la filial mexicana de Coca-Cola, aunque no le gusta que se lo recuerden.
Reforma demorada
El problema de México, entonces, es decidir cuál es el mal menor entre el populismo y la continuidad. El país no está contento con los seis años de Ernesto Zedillo, pese a que el presidente _parco, inexpresivo, distante_ ha hecho más por cambiar los hábitos políticos que todos sus predecesores. Su éxito es, sin embargo, imperfecto. The New York Times , en su edición del 19 de este mes, denunció que, si bien la campaña electoral es "la más limpia y competitiva de la historia de México", hay decenas de casos en que el PRI está comprando votos o amenazando a campesinos, obreros y empleados públicos para que se pronuncien por el candidato oficial.
Carlos Salinas de Gortari, el predecesor de Zedillo, llegó al poder a través de unas elecciones al parecer fraudulentas. En 1993 había logrado imponer en México una sensación de sólida prosperidad, que se afianzó al firmarse el tratado de libre comercio con los Estados Unidos. Si Salinas hubiera querido, habría impuesto con facilidad la reforma política que el país estaba pidiendo a gritos. No quiso. En unas declaraciones de cinco años después sostuvo que no había podido, porque el PRI estaba dividido en demasiadas facciones y su deber era "cohesionarlo", para que la reforma fuera ejecutada sin problemas por el sucesor que él había elegido, Luis Donaldo Colosio.
Pero a Colosio lo asesinaron en Tijuana y fue el más débil de los herederos el que llevó adelante esa improbable, desmesurada tarea. Si Fox gana, le deberá a Zedillo el favor inmenso de un país ya preparado para vivir la democracia con madurez. Si gana Labastida, será el primer candidato oficial no ungido por el dedo arbitrario de quien lo precedió. El problema es que el vencedor debe exhibir un margen contundente, y nadie sabe si eso será posible.
Ningún país cambia de la noche a la mañana, ni basta un solo hombre para que un país sea otro. Van a pasar todavía unos cuantos años antes de que la tradición autoritaria de México ceda su espacio a la todavía invisible tradición de tolerancia.
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LA NACION | 24/06/2000 | Página | Opinión