Tomás Eloy Martínez:
Una epopeya de la conciencia
Empecé a esperar con impaciencia la llegada de Castigo Divino desde que Carlos Fuentes me habló del libro con entusiasmo de adolescente una mañana de este año, en Nueva York, pero con mayor curiosidad aún desde que un amigo que trabaja en publicidad de jabones y que abandona a la tercera o cuarta página casi todos los libros que lee, me dijo por teléfono: "No te la pierdas. Al principio te va a costar acostumbrarte a su lenguaje, porque está escrita como en otra época...pero después no la podés soltar".
Aunque disfruté inagotablemente con el lenguaje, porque hay pocas obras donde la mimesis de las infinitas hablas populares, periodísticas y tribunalicias se concierten con tanta inteligencia para componer el cuadro completo de una sociedad, no fue ésa la única razón por la cual Castigo Divino ejerció sobre mí la fascinación que vaticinaba mi amigo español.Hay, en verdad, un vasto tejido de razones, del que entresacaré sólo algunas: primero, la inteligencia de una estructura donde los personajes son tantos como los de una novela rusa del siglo XIX, y aunque no cesan de moverse y de contradecirse, jamás dejan un cabo suelto, un intersticio librado al azar; después, aunque mi orden no sea en absoluto jerárquico, la vitalidad inagotable de una historia en la que todo parece estar a la vista, como en los mitos o como en el cine, y sin embargo, todo está escondido, como en las redomas de los magos;, luego el humor, que respira en cada línea y que va organizando una babel de la parodia. Y por fin, aunque sea la razón que yo prefiero, el constante movimiento de la narración por un filo de navaja donde todo es ambiguo y donde la realidad se desmiente a sí misma incesantemente.
Como las obras de Henry James, Castigo Divino es una epopeya de la conciencia. Pero a diferencia de ellas, la conciencia que aquí se agita no es individual sino colectiva...Sergio Ramírez dibuja uno de los más formidables retratos de la hipocresía burguesa que se haya escrito hasta hoy en América Latina...pocas veces me ha complacido tanto hablar de un libro...si bien lamento más la madrugada en que, al cabo de una noche de exaltada vigilia, llegué a una frase que decía "que el novelista no se olvide de ponerle ese cierre a su libro. Si con Rosalío empezó, justo es que con Rosalío termine". Y entonces me di cuenta de que Castigo Divino se me acababa y que ya nunca viviría la felicidad de volver a leerla por primera vez.
(Presentación de Castigo Divino (de Sergio Ramírez), Centro Cultural Belgrano, Buenos Aires, noviembre de 1988)
Encontrado en: http://www.sergioramirez.org.ni/critica-cd.htm