Clarín Domingo 03 de mayo de 1998
A FONDO: TOMAS ELOY MARTINEZ, ESCRITOR Y PERIODISTA
"Me interesa la zona enfermiza de la política"
A la TV, los diarios oponen el periodismo narrativo
Por JORGE HALPERIN. De la Redacción de Clarín
Una
tarde de principios de los 70, cuando ya era una gran firma del
periodismo argentino, caminaba por la Gran Vía con José López Rega,
le escuchaba confesiones increíbles y llevaba, molesto, una bolsita con
todos los libros del "brujo", especialmente dedicados. Cuando
pudo, se deshizo de la absurda bolsa arrojándola al río Manzanares.
Tiempo después lamentaría ese gesto, que lo privó de parte del
universo esotérico de López Rega. Después de todo, Tomás Eloy Martínez
ha escrito algunos de sus mejores libros, entre ellos "La novela de
Perón" y "Santa Evita", buceando en los rincones más
oscuros y pesadillescos de la política. Esta semana, el escritor y
periodista estuvo en Buenos Aires dictando un curso de periodismo
narrativo en la fundación Freedom Forum y presentando en la Feria del
Libro la reedición de su libro "Lugar común, la muerte".
La política, que a veces parece tan mediocre, a usted le aportó una
materia de sueños y pesadillas para sus narraciones. -En realidad,
la política no me interesaba en absoluto hasta que visité por primera
vez a Perón en Puerta de Hierro, en 1966. Yo estaba en España
preparando una nota sobre los 30 años de la Guerra Civil. En ese
momento, me llamaron de Primera Plana y me dijeron que, como
Arturo Illia acababa de ser derrocado, yo debía conseguir la palabra de
Perón para una edición especial. Lo busqué de mil maneras y,
finalmente, a través de Jorge Antonio, pude entrevistarlo durante tres
horas.
¿Qué le pareció? -Bueno, en ese momento era un político en el
ocaso, porque parecía condenado a no regresar. Fíjese la materia viva
y lo circular que tiene la política, que, pocos años después, asistiríamos
al retorno. Pero entonces vi todos los matices de la condición humana
en la política: falsedades, hipocresía, ficciones, invenciones, buenos
y malos deseos, obsecuencias y esoterismo. Primero, Perón se pronunció
a favor del golpe y, 15 días después, en contra. Ya se hablaba de las
ceremonias esotéricas. Entonces, esa zona oscura de la política me
fascinó narrativamente.
¿Por qué hoy no puede existir una revista inteligente y tan bien
escrita como Primera Plana? -¿Por qué no hay en la
Argentina algo como la revista norteamericana The New Yorker,
donde tienen grandes reportajes y textos en los que han nacido
escritores como Truman Capote, J. D. Salinger o Thomas Pynchon? Revistas
como ésa y como Vanity fair, que ganan mucha plata y que lee la
gente común de los Estados Unidos, donde, sin embargo, el público es
menos sofisticado intelectualmente que en la Argentina. Primera Plana
no tenía una gran tirada, pero marcaba el lenguaje de los otros medios
y tenía una poderosa influencia. Creo que la razón de fondo, entre
nosotros, es que los empresarios subestiman a los lectores y tienen
miedo de invertir.
¿Por qué se reedita hoy un libro como "Lugar común, la
muerte"? -Bueno, se cumplen 20 años de la primera edición,
que está agotada. En este momento hay un apogeo del periodismo
narrativo, que es como un cruce de periodismo y literatura. Y esos
textos que escribí al cabo de muchos años siguen la línea que después
aparecería en otros libros, como "La novela de Perón" y
"Santa Evita".
¿Y por qué el tema de la muerte? -Es que son textos que escribí
en distintos momentos, pero en los que se enlazan los temas de la muerte
o la decadencia. Por ejemplo, el primero fue sobre Ezequiel Martínez
Estrada, que escribí en 1964. Ese gran intelectual de los años 30
lanzaba horribles invectivas contra Frondizi, es decir, contra el
presidente intelectual, acusándolo de causar la ruina del país. Luego
vinieron los años del exilio y del duelo -1978, 1979-, en que sentíamos
a la Argentina envuelta en una niebla de muerte. En varios de los textos
del libro hay figuras al borde de la muerte, como los años finales de
Rosas y de Perón.
Precisamente, lo que impresiona de los capítulos sobre Rosas y Perón
es que usted muestra a esos dos hombres poderosos humillándose o en un
estado de extrema fragilidad. -Fíjese que Perón se suponía
omnipotente y lo sabía, y de pronto se aferró a una persona como López
Rega, que era como el otro nombre de la ignorancia. Lo que yo relato allí
me fue contado por el propio López Rega caminando desde la oficina que
él tenía en la Gran Vía, de Madrid, hasta el Palacio de Oriente. Lo
que no está contado en el texto es que los libros que escribió y me
regaló, y que yo llevaba en una bolsita, los tiré a las aguas del río
Manzanares. Tiempo después, cuando quise reconstruir el personaje, me
arrepentí de haberlos tirado.
El
recurso de saber callar
¿Cómo obtuvo confesiones tan íntimas de hombres como López Rega o
Perón mismo, que estaban a años luz de sus ideas? -Precisamente,
hoy lo dije en el taller de periodismo narrativo que estoy dictando. ¿Sabe
cuál es la única cualidad que le permite conseguir eso? El saber
callar. Si el interlocutor siente que usted está escuchándolo y, por
otro lado, él tiene un ego gigantesco, ese ego no tolera el silencio.
Entonces aparecen las confesiones más profundas.
Así y todo, esos hombres sabían perfectamente que usted no pensaba
como ellos. ¿Qué los llevaba a sincerarse? -Yo no tenía nada que
ver con ellos. Pero hay dos cosas que uno debe medir: el tiempo histórico
en que esa confesión se produce y el papel que quien confiesa quiere
asumir en la historia. De tal modo, el personaje está tratando de
componer dentro del periodista una imagen superlativa; y para uno, en
cambio, es una imagen desconcertante.
Y aparecen las desmesuras... -Por ejemplo, cuando López Rega me
dice: "Yo soy capaz de leer los sueños de Perón", está
tratando de decirme: "Sin mí, Perón no podría volver".
Quiere darme una imagen magnificada. Por otro lado, no hay que olvidar
que era el año 1972, cuando lo que se llamó "operativo
retorno" (de Perón) aún estaba muy indefinido. Todavía no habían
llevado a Madrid el cadáver de Eva Perón. De modo que las confesiones
se ligan a eso. Tal vez, seis meses más tarde no me hubiera dicho nada
de eso y seis meses antes, tampoco. O sea, las confesiones tienen que
ver con el ego del personaje y con la oportunidad.
En el caso de Perón era el retorno, pero también, seguramente, la
cercanía de la muerte. -Fue así. En el libro fueron los casos de
Martínez Estrada, de Perón y de dos o tres más. La cercanía de la
muerte es un momento en que a los seres humanos les importa muy poco lo
que se piense de sus confesiones. Ya no tienen nada que perder... o
tienen todo para perder. Porque, quizá, su monumento histórico está
ahí, a un paso. Son momentos de iluminación. Por ejemplo, a Saint John
Perse lo vi por casualidad dos meses antes de que muriera. Entonces,
narré la impresión de su desaparición. El texto apareció en La
Opinión y yo narraba cómo el personaje va desapareciendo delante
de los ojos del periodista. Y el lector lo creyó, porque es la
subjetividad del periodista la que trabaja pero, al mismo tiempo, tiene
que ver con lo que el personaje va diciendo.
El periodismo escrito tiene la enorme ventaja sobre la televisión y
la radio de que el periodista aporta un plus de rica información basada
en sus impresiones. -La palabra es reconstrucción de la realidad.
Yo ejemplifico esta diferencia con el dato de que, al día siguiente en
que hemos visto un partido de fútbol o un match de básquet por
televisión, necesitamos leer la crónica en el diario, buscando que nos
confirmen lo que hemos visto y que nos aporten cosas que se nos
escaparon o que no fueron captadas por la radio o la televisión.
Vale decir que, junto con los datos objetivos, la subjetividad bien
empleada es una poderosa herramienta de información. -Tanto es así
que diarios que lideran el periodismo mundial, como The New York
Times, están oponiendo un periodismo narrativo a la competencia de
los medios electrónicos. Todos los días presentan en la primera página
tres o cuatro noticias desarrolladas con la forma de grandes crónicas y
que, en realidad, no son exactamente noticias. Por ejemplo, recuerdo
ahora que hace una semana apareció un texto acerca de lo que sucedió
con los sobrevivientes de la tragedia de Waco, Texas, y de qué modo
esta gente sigue pensando que David Koresh -el gurú que murió en el
incendio- era un santo. O sea que la verdadera noticia es cómo se
construye un mito colectivo. Eso, que no tiene ninguna información de
último momento, ocupó la primera página del diario.
"Noticia" significa "nueva información". Y la
realidad revienta de novedades que no están anunciadas por las fuentes
habituales y que hay que bucear. -Yo creo que la repetición de la
noticia tal como la dan la televisión y la radio o la provee Internet,
esa reproducción mecánica de la realidad, está condenada a
desaparecer de los diarios. No pueden luchar contra la instantaneidad.
¿De qué demanda del público estamos hablando, entonces? -De la
fe en que la inteligencia y la honestidad del periodista al que estamos
leyendo puedan brindarnos una visión personal -y por lo tanto no
objetiva, es cierto- pero real y profunda de los hechos. Y que esa
mirada es tanto o más verdadera porque busca todos los ángulos,
incluso los más oscuros.
Del periodismo argentino han partido dos vertientes de escritura que
llega a los libros. Una de ellas, que ha tenido grandes ejemplos
mundiales en los textos de García Márquez y de Truman Capote, y en la
que usted se incluye, enlaza la información con la literatura. Hacen
periodismo que es, a la vez, literatura. La otra vertiente es la del
libro que tiene como vedette absoluta a la información. Y las dos
variantes han traído algunos de los libros más leídos de los últimos
años. -Muchos de estos últimos tienen valor de documentos. Otros
son meramente de coyuntura y tienen vida breve. Pero cuando el lenguaje
trasciende la coyuntura, logran perdurar. El ejemplo máximo es
"Una excursión a los indios ranqueles", de Lucio V. Mansilla,
que narra episodios de una expedición militar pero que alcanza una
dimensión literaria y perdura. El "Facundo", de Sarmiento, es
otro caso. Fue escrito como un panfleto político, como lo fue
"Amalia", hecho con la forma de novela pero pensado como
denuncia política. Y las "Aguafuertes" de Arlt. Son
literatura.
Hoy está de moda entre nosotros una suerte de ficción histórica
que proviene de autores que no tienen formación literaria ni histórica.
¿Cuál es su juicio al respecto? -Yo no creo en lo que se llama
ficción histórica. Creo que hay literatura y no literatura. Alguna
literatura usa a la historia como pretexto. Hay ficciones nacionales que
se preocupan por trazar el destino del país y en las cuales los
personajes históricos son un pretexto.
En su caso, la política es su materia literaria. ¿Tanto le interesa
hoy? -Lo que me interesa es la zona enfermiza de la política.
Encontrado en: http://www.literatura.org/TEMartinez/temrepo.html