DIEGO BARNABE:
Queremos presentarles a Tomás Eloy Martínez, que es escritor y
periodista, nacido en Tucumán en 1934, hijo de un empleado municipal y
una maestra. Vive entre Buenos Aires y Highland Park, en el estado de
Nueva Jersey, Estados Unidos.
Es autor de una decena de libros. Escribió varios guiones para películas
y un ensayo sobre cine. Ha publicado varias novelas y relatos. Entre los
más difundidos - quizá ustedes recuerden-, se encuentran "La
novela de Perón", de 1985, y "Santa Evita", de 1995.
Esta última ha sido traducida a 37 idiomas y publicada en 56 países.
Actualmente, dirige el Programa de Estudios Latinoamericanos de la
Universidad de Ruttgers, en Nueva Jersey. Fue profesor de la Universidad
de Maryland y lo es, en forma permanente, de la Escuela de Periodismo
Latinoamericano que dirige Gabriel García Márquez, en Cartagena de
Indias.
Entre 1975 y 1983 vivió exiliado en Caracas, Venezuela.
Pero para presentar a Tomás Eloy Martínez también podríamos
contarles que disfruta del sonido de la lluvia, le gusta el frío de la
mañana y el movimiento del mar; que es feliz recorriendo los pasillos
del Museo del Prado, de Madrid; escuchando la música de Bach y Mozart;
leyendo a Faulkner o los sonetos de Shakespeare y de Quevedo; también,
los cuentos de Cortázar.
Si lo invitáramos al cine, sería posiblemente a ver "Amarcord",
de Fellini. "No es amigo -dicen- de los premios y las
presentaciones de libros". Odia los trámites y los
embotellamientos, la soledad y, sobre todo, las multitudes.
Tomás Eloy Martínez visita Montevideo en el marco de la celebración
de los 150 años de la Universidad de la República, y ayer ofreció en
el Paraninfo universitario una conferencia sobre ética y periodismo.
Confesaba, antes de entrar a los estudios de El Espectador, que en
realidad conoce muy bien Montevideo desde los 18 años.
TOMAS
ELOY MARTINEZ:
Es un placer estar con ustedes a estas horas de la mañana, -para mí
tempranas-, en Montevideo.
DB - No llueve.
DAINA RODRIGUEZ - Y no tenemos frío hoy, para que disfrute...
TEM - Hay un sol resplandeciente, en cambio, que está muy bien.
DB - Efectivamente, ¿descubrió Montevideo a los 18 años?
TEM - Sí. Vine por primera vez para observar este mundo donde había
tanta crítica inteligente, de la cual aprendíamos los que escribíamos
en los diarios y revistas de Buenos Aires. Recuerdo que no bien llegué
me llevaron a la redacción de Marcha, donde conocí al mítico don
Carlos Quijano. Descubrí que el periodista que hacía "Mejor es
meneallo" se llamaba Mario Benedetti. Estuve durante todo un día
paseando por Montevideo con Angel Rama. Conocí en la redacción de El
País a Emir Rodríguez Monegal y a Homero Alsina Thevenet. Aprendí
mucho de las críticas de teatro de "Taco" Larreta.
Montevideo, la prensa uruguaya en general, eran como el abrevadero de
conocimientos, los dadores de sangre intelectual de los jóvenes
periodistas argentinos de aquellos tiempos.
DB - Cuando Onetti estuvo preso...
TEM - En 1972.
DB - Usted contaba el momento en que vino como periodista, ¿fue para
cubrir esa noticia?
"Conocí Montevideo a
los 18 años. En aquellos tiempos la prensa uruguaya, en
general, eran como el abrevadero de conocimientos, los dadores
de sangre intelectual de los jóvenes periodistas
argentinos"
|
TEM - Sí, vine como periodista y vi a Carlos Martínez
Moreno, que era el abogado de Onetti en ese momento. Di la información
muy sucinta sobre la prisión de Onetti, pero lo que más me interesó
escribir en aquel tiempo fue el recorrido de la historia de Felisberto
Hernández a través de sus viudas, de las mujeres que Felisberto amó,
a muchas de las cuales vi y muchas de las cuales me mostraron los
lugares en que éste había vivido. Con eso compuse un texto que a mí
me gusta mucho, que se llama "Para que nadie olvide a Felisberto
Hernández", que está en mi libro "Lugar común, la
muerte".
DB - ¿Son sus escritores preferidos los uruguayos que usted nombró:
Onetti y Felisberto, o hay más?
TEM - Bueno: entre los uruguayos, Onetti y Felisberto, sin duda. También,
los críticos Rama y Rodríguez Monegal. En eso soy equitativo. Entre
los poetas uruguayos me gusta mucho Idea
Vilariño, me gusta la poesía uruguaya. Incluso, Delmira me parece que
está muy viva aún.
La literatura uruguaya siempre fue como una especie de camino del
conocimiento para nosotros, aunque los argentinos nos hemos apropiado
muchas veces de Horacio Quiroga, la "uruguayidad" -para usar
un término un poco extravagante- de Quiroga es una impronta muy, muy
fuerte.
DB - ¿A los jóvenes universitarios estadounidenses les interesa -ya
que usted dirige un Programa de estudios latinoamericanos en Estados
Unidos- la literatura de este continente?
"El idioma español se
está metiendo de una manera distinta en Estados Unidos, creo
que se está creando una tercera lengua, que es una mezcla del
español y del inglés(...) y hay una literatura en esa media
lengua, una literatura balbuceante, pero literatura al
fin".
|
TEM - Del continente, en general, muchísimo. Si no, no
asistirían a mi Programa de Estudios Latinoamericanos. De Uruguay, en
concreto, se estudia mucho de Onetti y Felisberto. De hecho, el semestre
que viene voy a dictar un seminario de doctorado sobre una de las cinco
obras centrales, "El astillero", de Onetti. En mi universidad
se enseña, por lo menos dos veces al año, la obra de Felisberto Hernández.
También se enseña Armonía Sommers. La literatura uruguaya está
siempre muy presente. Ni que hablar de Rodó o de los grandes
"padres" de la cultura.
DB - ¿Y crece el interés por nuestra literatura como crece el idioma
español en Estados Unidos, o no tiene demasiado que ver una cosa con la
otra?
TEM - No. En verdad, son ámbitos completamente separados. El idioma
español se está metiendo de una manera distinta. Yo creo que se está
creando una tercera lengua, que es una mezcla del español y del inglés,
sobre todo en la frontera que va desde California hasta la Florida. Hay
toda una franja en la que, como en los tiempos del Cid, el latín empezó
a mezclarse con el romance. Y se está creando una lengua diferente, una
lengua que ni ustedes ni ellos -los americanos- entenderán dentro de
100 años, tal vez.
DR - Una nueva lengua, para los latinos en Estados Unidos.
TEM - Sí, que también tienen una literatura todavía precaria, y me
parece que mucho menos importante que lo que los medios de prensa y los
académicos intentan hacernos suponer. Es una literatura balbuceante,
pero hay una literatura en esa media lengua o semi-lengua, al fin. Pero
la cultura hispánica está infiltrándose en la cultura norteamericana
de un modo cada vez más vivo. No solamente a través del lenguaje, sino
a través de la cocina, de la comida; de una enorme cantidad de hábitos;
a través de formas de vestir y de la música, sobre todo.
Yo creo en la presencia de esta cultura antiquísima que tenemos los
hispanos, con los cuales -en general- los americanos no hacen mucha
distinción. Para ellos es igual un guatemalteco que un uruguayo o un
argentino o un hondureño; todo es lo mismo. Todo es "down here",
"allá por el Sur"...
TEM - Esta distinción entre nuestras culturas creo que es lo que va
cambiando, poco a poco, sin que los americanos se den cuenta (y ésta es
nuestra gran venganza) los modos de vivir, los usos y costumbres de la
vida norteamericana.
DB - ¿Y ustedes tratan, como docentes, de hacerles ver que no es lo
mismo un guatemalteco que un hondureño, que un uruguayo, que un
argentino, que un brasileño?
"'Vivo' en Buenos
Aires, en el sentido concreto de la palabra 'vivir'". Es
decir: en el sentido de las palabras 'jugar', 'divertirse',
'conversar', 'perder tiempo', 'entusiasmarse', 'amar', 'gozar',
'sufrir'. Todos los placeres y los dolores a mí se me producen
en Buenos Aires".
|
TEM - Bueno: mi programa latinoamericano se dedica
centralmente a mostrar cómo cada una de nuestras culturas es distinta.
Cada una de ellas. No podemos comparar, aunque sean muy cercanas, la
cultura uruguaya -que tiene ciertas especificidades- con la cultura
argentina o chilena, por ejemplo. O paraguaya, por cerca que estemos.
DR - ¿Qué cosas son las que generan más interés en ese alumnado? ¿Cuáles
son las curiosidades que tienen sobre esta parte del mundo?
TEM - No olvidemos que esos alumnos son alumnos ya muy bien preparados,
alumnos de doctorado. Alumnos que han terminado su licenciatura, que han
hecho su maestría. O sea que están bien "afilados" en la
distinción. Por lo tanto, lo que les interesa son ciertos refinamientos
de la literatura. No podemos generalizar con lo que pasa entre estos
alumnos y lo que pasa con el norteamericano medio, para los cuales, por
más que uno mucho les explique, siempre todos somos "carne de la
misma olla", digamos. Pero les interesa mucho por qué ciertos
modos de escribir se producen en determinado momento; qué tiene que ver
el contexto político, económico, social, con la producción de ciertas
literaturas; por qué, de pronto, la literatura de Felisberto en
Montevideo tiene relación con la irrupción de cierto realismo mágico
o lírico en otras zonas del continente. Les interesa, por ejemplo, las
relaciones, los contactos, los modos de ver la realidad.
Somos productores de imaginación. En ese sentido, siempre he sostenido
que los latinoamericanos -y, muy particularmente, los del Sur; y en esto
sumo también a México, los argentinos, los chilenos, los uruguayos y
los mexicanos- que no podemos nunca dialogar de igual a igual en términos
de tecnología o en materia de discusión científica, sí lo podemos
hacer en el terreno de la imaginación . Tenemos más imaginación,
tenemos más riqueza literaria, tenemos un lenguaje mucho más rico. Y
ahí es donde somos mejores.
*****
SEGUNDA PARTE
DB - Tomás Eloy Martínez tiene en sus manos en este momento algo que
creo que es la envidia de muchos, pero que ya algunos que han venido de
Estados Unidos exhiben. Es una agenda bastante original. Se conecta a la
computadora, y de ella se quita...
TEM - Sí, no quiero hacer propaganda... Pero, en realidad, es práctica.
Yo nunca había usado una agenda electrónica, hasta que mi mujer me
convenció de que tenía que hacerlo. Es muy práctica. En un juguete.
DB - Sí. Es lo último de lo último.
TEM - Esta es la última versión. Es un modelo que ha salido hace tres
meses de los Estados Unidos. De modo que todavía no lo sé manejar muy
bien.
DR - Es maravillosa. Luces muy impactantes...
DB -¿Dónde pasa la mayor parte del tiempo, en Buenos Aires o Highland?
TEM - "Vivo" en Buenos Aires, en el sentido concreto de la
palabra "vivir". Es decir: en el sentido de las palabras
"jugar", "divertirse", "conversar",
"perder tiempo", entusiasmarse, amar, gozar, sufrir. Todos los
placeres y los dolores a mí se me producen en Buenos Aires.
DB - ¿Y la mayoría de la familia está más en la Argentina?
TEM - Toda mi familia, salvo mi mujer y mi hija más chica (que viven
conmigo en Estados Unidos), el resto está toda en Argentina. Por eso,
vuelvo cada vez que puedo a Buenos Aires. Pero trabajo en los Estados
Unidos. Mi división es ésa. A veces sucede que en los Estados Unidos,
mientras trabajo también amo, también me enfermo, también me suceden
cosas.
DB - Nos imaginamos...
Dijo Vargas Llosa, a propósito de este lugar donde usted vive, que es
el pueblo más feo del estado más feo de los Estados Unidos.
DB - Sí: nunca van a terminar de recriminarle suficientemente a Vargas
Llosa eso. No sé de dónde lo habrá sacado. El pueblo -mi pueblo,
concretamente- no es para nada tan feo. Hay un pueblo al lado -que es
donde está la universidad y donde está la central internacional de la
Johnson & Johnson, esta fábrica de productos farmacéuticos donde
hay una gran cantidad de laboratorios - que es muy feo, realmente. Pero
lo que pasa es que él no vio la zona donde está la universidad ni la
zona donde están las centrales de los laboratorios, sino que paseó
desde Princeton por la calle principal de ese pueblo, que se llama New
Braswick -¡que no es mi pueblo!- donde vio el barrio más feo de la
zona. Que es como si dijera que vio un cantegril en Montevideo y a
partir de él describió toda la ciudad.
DB - Hablando de Argentina, un tema sensible para un argentino como Tomás
Eloy Martínez, me entretuve leyendo una entrevista que le hicieron en
el diario Clarín para la revista Viva, en la que usted decía de
Argentina cosas como ésta: "Argentina es el país que amo; mi
hogar; el país cuyo lenguaje entiendo mejor. Soy fatalmente argentino.
Pero me costaría mucho aprender a escribir en Argentina. Yo encuentro
aquí [se refería a Estados Unidos] mi tono".
"Las costumbres
"psicoanalíticas" de Buenos Aires hacen que la gente
lo siente a uno y le pregunte: "Y ahora, ¿en qué estás?
¿Por qué escribiste esta novela en tal dirección, y no en tal
otra?" Ese cuestionamiento colectivo y multitudinario va
impidiéndonos ser como somos; y sacar de adentro lo mejor y lo
peor de nosotros es la razón de ser de la literatura".
|
TEM - Sí. "Soy fatalmente argentino" significa que
nacer en cualquier parte es una especie de fatalidad. Uno no toma
decisiones. No sé si hubiera elegido otra cosa. No lo creo. Realmente,
hubiera elegido el mismo destino que tengo. Pero siempre se trata de una
fatalidad, de una imposición ajena. Uno no decide dónde nace.
Respecto de dónde escribir, o cómo escribir, Argentina, por largas décadas
de autoritarismo -y Buenos Aires en particular- es una ciudad muy
represora. Todo el tiempo está diciéndole a uno lo que tiene que
hacer, cómo lo tiene que hacer y echándole en cara si uno defrauda a
la gente. Yo creo que la carrera de un escritor, como la de cualquier
ser humano, se compone de los errores, y de ellos se aprende. Los
errores nos salvan.
DB - Ahora: ¿ Argentina, Buenos Aires, o el ambiente intelectual, le
dicen a usted "lo que tiene que hacer"?
TEM - Ambas cosas, porque las costumbres "psicoanalíticas" de
Buenos Aires hacen que la gente lo siente a uno y le pregunte: "Y
ahora, ¿en qué estás? ¿Y por qué estás en eso? ¿Y por qué no hacés
esto otro? ¿Y por qué escribiste esta novela en tal dirección, y no
en tal otra?" Entonces, todo el tiempo uno se siente cuestionado. Y
creo que ese cuestionamiento colectivo y multitudinario va impidiéndonos
ser como nosotros somos, descubrirnos. Y sacar de adentro lo mejor y lo
peor de nosotros mismos, que es la razón de ser de la literatura.
DR - ¿Y estar lejos, estar en los Estados Unidos, lo salva de ese
control colectivo, de esa especie de ahogo? Porque su trabajo está muy
referido a su pueblo, a su gente, a su historia y a la de su país.
TEM - Sí, lo que pasa es que en los Estados Unidos son muy respetuosos
de la privacidad. A veces, exageradamente. Son un pueblo muy solidario
en el terreno práctico. Por ejemplo, si a uno se le rompe una manguera,
allá habrá tres vecinos tratando de ayudarlo a arreglarla. Pero si uno
está reprimido, no hay quien le dé una mano. Esa es la diferencia
central.
Estoy metido todo el tiempo en problemas de mi país, en efecto, porque
escribo sobre mi país o sobre sus dramas. En mi trabajo hablo de eso
muchísimas veces. Pero estar inmerso es distinto de cuando la cosa se
torna meramente práctica, una cuestión meramente laboral. Cuando hay
una cuestión afectiva hay un compromiso grueso del ser, en la cual uno
está obligado a cuestionarse infinitamente. Y yo prefiero cuestionarme
a solas, que cuestionarme en grupos.
DB - ¿Por estas cosas es que decía que Argentina es un país que
"expulsa", que lo "echa", de alguna manera?
TEM - Esa es una verificación histórica. El máximo héroe de la
nacionalidad argentina (y eso lo explico largamente en mi último libro
"El sueño argentino"), que es José de San Martín, vivió 72
años. De esos 72 años, sólo 11 vivió en Argentina. Una vez intentó
volver a Argentina, en 1826, y en la rada del puerto de Buenos Aires lo
detuvieron, y le dijeron: "¡No entre! No entre porque este pueblo
siempre está lleno de caos". Siempre a uno le dicen "no
entre".
Y fíjese usted que todas las grandes figuras del siglo XIX, las buenas
y las malas, murieron afuera: Sarmiento, Echeverría, Rosas, Alberdi.
Los constructoras de la nacionalidad murieron afuera. Y en este siglo no
es extraño que Cortázar y Borges hayan muerto fuera, dos figuras tan
cercanas a la cultura argentina. ¿Por qué esto de irse a morir fuera?
DB - No es casualidad para usted.
"El decirle a Borges 'A
mí también me hubiera gustado almorzar con Eva Perón'. fue
suficiente para que, durante siete u ocho años, no me saludara
más. Nos reconciliamos en 1978, en Caracas, cuando le tendí la
mano, y le dije: 'Borges, soy Tomás Eloy Martínez'. Y él sólo
me contestó: 'Madre se acordaba mucho de usted'".
|
TEM - No. Hay infinitos antecedentes. La cultura argentina se
va destruyendo a golpes de sable, de bastón, o como quiera llamarle. En
una sola noche, por ejemplo, toda la ciencia argentina huyó. Una noche
de julio de 1966, cuando el ex dictador Juan Carlos Onganía cerró a
bastonazos la Facultad de Ciencias Exactas de Buenos Aires. Y todos los
que después fueron Premios Nobel o grandes investigadores tuvieron que
marcharse del país. La ciencia argentina retrocedió 50 años en una
sola noche.
Entonces, ese tipo de "fatalidades" argentinas son una
demostración de hasta qué punto el país expulsa. Yo recuerdo que una
vez estaba hablando con La Opinión, de Buenos Aires, que quise volver,
porque López Rega se había ido, y alguien me dijo por el teléfono:
"¡No! ¿No te das cuenta que aquí hay caos, hay represión, hay
asesinatos inexplicables? Este país ya no es para gente como vos".
¿Qué quería decir eso? ¿Qué es un país que "ya no es para
gente como uno"? Uno no entiende muy bien, pero es recurrente en
Argentina.
DB - En esta entrevista que le hacía Clarín, terminaba diciendo que en
Argentina "es muy difícil ser quien uno es". Y le preguntaban
algo a propósito de Borges: "¿Cómo hizo Borges para escribir
toda su obra allí?" Y usted contesta algo que, bueno, suena muy
fuerte: "Muy sencillo: era ciego".
TEM - Claro. Es que Borges no veía la realidad inmediata. Borges, que
tenía un inmenso talento imaginativo y verbal, y es probablemente -o
quizá, sin duda- el mejor escritor argentino, era, sin embargo, ciego a
la realidad. Por eso se casó con mujeres tan horribles, generalmente.
Eso demuestra hasta qué punto podía llegar su ceguera.
DB - Una ceguera, pero que va más allá... Usted pone unas pizcas de...
política. ¿O no? ¿Pasa por la política también? ¿Ciego en ese
sentido?
TEM - El no entendía mucho lo que pasaba en el país. Y en el momento
en que se lo hacían entender, Borges reaccionaba de buena manera. Pero
puedo contar -si tengo tres minutos, o dos- un incidente personal que
tuve con Borges en 1972.
Yo iba todas las mañanas, de 10 a 12 de la mañana, a casa de Borges
porque estábamos traduciendo juntos, para La Opinión, de Buenos Aires,
su autobiografía, que había salido en inglés, y accedió por primera
vez a que se tradujera al español. Y la razón por la cual nunca se
hizo hasta ahora -acaba de salir - es la siguiente: una mañana,
encuentro a Borges, a eso de las 10 y media, muy deprimido, cabizbajo,
molesto. Y me dice: "¿Sabe de lo que me he enterado? Que fulano de
tal (un amigo de él que no voy a nombrar, que todavía está vivo),
almorzó con la ... (y aquí lanza una palabra muy fuerte), esta mujer
de tal por cual, esta cualquiera". En aquel tiempo, almorzar era
sinónimo de almorzar con Mirtha Legrand, una actriz que dominaba la
televisión en esos momentos. Y le dije: "Mire, Borges: no use esas
palabras tan fuertes para nombrar a Mirtha Legrand, que es una señora
de bien. Es una actriz. El epíteto que usted está usando es un digno
de hace dos o tres siglos, pero no de ahora". "¡No, no! Usted
no me entiende. Yo estoy hablando de la otra, de la mujer del tirano prófugo.
De esa mujer vergonzante, cuyo nombre no voy a pronunciar". "¡Ah!
Usted está hablando de Evita", que había muerto hacía 20 años.
"Pero no se moleste porque un amigo suyo almorzó con ella. A mí
también me hubiera gustado saber qué ráfagas de la historia pasaron
por esa mujer. Y le aseguro que yo también hubiera ido a almorzar con
ella".
Borges se demudó, se levantó, se puso de pie, y me dijo: "Creo
que madre me llama". Y se fue al cuarto de su madre. Esperé como
media hora que volviera. No volvió. Le dije a la mucama que lo atendía,
llamada Fanny: "¿No le dice al señor que estoy esperándolo?"
Y ella me dijo: "Me parece que el señor no va a volver. Usted le
ha dicho algo que lo ha enojado mucho". El "algo" que le
dije era "a mí también me hubiera gustado almorzar con Eva Perón".
Eso fue suficiente, durante siete u ocho años, para que Borges no me
saludara más. No nos dirigimos la palabra. Y nos reconciliamos sólo en
1978, en Caracas, cuando le tendí la mano, y le dije: "Borges, soy
Tomás Eloy Martínez". Y él sólo me contestó: "Madre se
acordaba mucho de usted".
*****
TERCERA PARTE
DB - Y en todo esto que hemos hablado de Argentina, de aquellas cosas
que Tomás Eloy Martínez describía como un contexto quizá difícil,
de ese país que expulsa, que expulsó a muchas de las principales
figuras de su historia y su ciencia; en este fin de siglo, ¿qué culpa
tiene en todo esto el actual presidente de los argentinos, Menem? Usted
ha dicho que Menem ha establecido una "verdadera revolución
cultural, nos ha cambiado. Creo para mal". ¿Por qué él?
TEM - Creo que hay ciertos cambios drásticos en la cultura argentina, y
ninguno de ellos ha sido beneficioso. Lo que quiero decir es que
Argentina, en tanto comunidad, en tanto nación, en tanto institución
espiritual, ha ido perdiendo con algunos de sus gobiernos.
Los tres mayores cambios drásticos que veo son, uno, que tiene rasgos
positivos y negativos. Es el del '45, con Perón, que tiene su base en
la necesidad de una cierta justicia social. Se hace eco de un clamor
popular, y al mismo tiempo reinstala el autoritarismo en la democracia,
en Argentina.
El otro cambio violento, brutal, de cultura, en Argentina, fue la
dictadura en 1976. Después de eso, los argentinos nunca volvimos a ser
los mismos.
Menem reinstala otra cosa: frivoliza a la sociedad de una manera
exagerada. Erosiona un elemento que es tan importante para la vida en
comunidad que es la solidaridad. Instala el egoísmo, el individualismo:
"primero yo; y que los demás caigan, no importa". Parte la
sociedad en dos sectores muy gruesos y destruye la clase media en
Argentina, que era como el sustento de la identidad nacional.
A partir de ahí creo que los argentinos ya no somos como éramos. Esa
cultura de tener mejores autos; de ver quién llega primero; compararse
con el vecino; saber de qué manera sacarle ventaja al otro. Descartar
por completo los valores de la solidaridad y la creación de una
comunidad rica, es algo que me parece que debemos centralmente a Menem.
Le debemos otras cosas, tal vez, positivas. Pero son cosas de orden
material. A mí me parece que la destrucción de Menem es una destrucción
en el orden de la identidad.
DR - ¿Pero puede ser un individuo solo, aunque sea el presidente de un
país, el responsable de todo eso que usted dice? ¿El responsable, por
ejemplo, de la banalización o de la frivolización de los valores de
una sociedad?
"Menem frivoliza a la
sociedad de una manera exagerada. Instala el egoísmo, el
individualismo Parte la sociedad en dos sectores muy gruesos y
destruye la clase media en Argentina, que era como el sustento
de la identidad nacional".
|
TEM - La pregunta es muy buena. No: nunca es un individuo
solo. Por supuesto, para que alguien logre algo se necesita una sociedad
cómplice, un tejido social. Todos tenemos alguna participación, todos
consentimos. No hay dictaduras sin un consentimiento tácito de la
sociedad. No.
Pero lo que pasa es que nuestros regímenes, en particular en Argentina
(en Uruguay, no tanto), son presidencialistas, y el modelo que está al
frente del Ejecutivo es un modelo que se expande al resto de la
sociedad. Lo que hace el presidente es una especie de modelo paterno,
fija el rumbo de toda la sociedad. Los demás lo siguen. No digo que los
demás no seamos responsables: digo que el camino está fijado por esa
figura central. Entonces, la responsabilidad mayor es de ella.
DB - De todas maneras, usted decía que con el mismo modelo económico y
social, pero con otro presidente, no hubiera pasado lo que pasó. ¿Sería
otra esta Argentina, sin Menem? ¿Realmente lo cree?
TEM - Sería mejor o peor, pero sin duda sería una Argentina diferente.
Las alternativas que había antes de Menem no eran mucho mejores que las
de Menem. Primero fue Angeloz, después fue Masachesi. No creo que
Argentina se hubiera construido mejor como país sin Menem. Tal vez,
cuando Menem fue reelegido y tenía un peso muy fuerte, la alternativa
de José Octavio Bordón hubiera sido mejor. Era el representante de la
Alianza. No se puede predecir lo que podría haber pasado con un país
cuando pasaron otras cosas. Es difícil hacer este tipo de ejercicios.
DB - Y en ese contexto de decadencia de ciertos valores humanos, también
de degradación ética (en algún caso usted ha hablado de esto, y
bastante, a propósito de la corrupción), también dijo que los
argentinos no discutieron lo suficiente sobre el pasado reciente. Me
imagino que se refiere, sobre todo, a la época de la dictadura militar.
¿Por qué pasó lo que pasó? Usted cree que deberían discutir más.
TEM - Lo que ocurre es que los argentinos tenemos miedo a reabrir las
antiguas heridas, pero eso ha tendido un campo de sospechas sobre toda
la comunidad que no se ha atenuado para nada. No sabemos muy bien por qué
los que se quedaron, se quedaron; ni por qué los que se fueron, se
fueron, ni quiénes tienen más o menos responsabilidad en ese juego.
Fíjense ustedes que el asunto es tan grave que se culpa a los que
sobrevivieron de los campos de concentración de la dictadura, el haber
sobrevivido. Es un poco lo que pasó con las víctimas del Holocausto
nazi o con algunos soldados rusos que sobrevivieron a la guerra y
volvieron a la Unión Soviética en los años '45 y '46. Eran como
leprosos dentro de la sociedad. Y lo mismo ha pasado con los
sobrevivientes de la dictadura. Si sobrevivieron... "por algo será".
Ese "por algo será" se tiene como una especie de acusación
fatal sobre toda la comunidad. Es un problema todavía no resuelto de la
vida argentina.
DB - ¿Se culpa a los que sobrevivieron en el sentido de que "algo
habrán hecho", que "alguna culpa tendrán"? ¿O ni
siquiera eso?
TEM - No. En el sentido de que si estuvieron en el campo de concentración
y sobrevivieron, es porque colaboraron de alguna manera con los
represores y fueron cómplices de algún modo.
DB - Y en todo esto, ¿cuál es el rol de los intelectuales en
Argentina, en este mapa, en este contexto, en esta suerte de diagnóstico
rápido que hemos trazado? Porque usted reclamaba justamente, en este
sociedad "menemizada", o en esta era de
Menem en Argentina, que no tiene un diálogo con la gente pensante, con
la "clase intelectual". ¿Qué rol le asigna?
TEM - Eso es constante en Argentina. No sucede lo mismo, por fortuna, en
Uruguay, ni en Venezuela, Colombia o México. Siempre el intelectual
argentino ha estado de espaldas al Estado. Es muy mal visto que alguien
haga un viaje pagado por el gobierno argentino; por ejemplo, que un
escritor haga una gira por el exterior o que un pintor la haga.
Inmediatamente se sospecha que hay algo turbio.
DB - Como un "curro"...
TEM - Exactamente: un "curro". Entonces, ante eso, el poder
político prefiere no leer, no oír, no saber. Es decir: el intelectual
puede hablar muy, muy alto, pero si no tiene quien lo oiga, no tiene
sentido nada de lo que dice. Y, en realidad, no nos oyen.
DR - Pero hay un subconjunto, dentro de los intelectuales, que son los
periodistas. Y que es, justamente, su caso. ¿Qué responsabilidad
corresponde, entonces, en este caso al periodismo, después que hablamos
de la situación de la política y de la sociedad argentina? Y ésos sí
tienen lugares en donde hacerse oír. ¿O no?
TEM - Una cosa es un lugar donde hacerse oír, y otra cosa es que
realmente a uno lo oigan, que es algo totalmente distinto. Pero tenemos
toda la responsabilidad. Tenemos que hablar en cada caso, ante cada
ocasión, sobre todo lo que sucede. Yo insisto en este último libro que
he publicado -"El sueño argentino"- las peores cosas que se
pueden decir sobre mi propio país. Y, sin embargo, es un libro que ha
sido muy bien recibido por la comunidad argentina, que de algún modo se
siente retratada en ese espejo terrible. Creo que nuestro deber, nuestra
obligación, es siempre ser inconformistas, señalar los desvíos dentro
de una sociedad. Si no, no tendría razón de ser la función del
intelectual. ¿Cuál es, si no ésa?
DB - Y el Mercosur, en todo esto; la famosa integración regional, ¿qué
le parece a usted? No lo convencía del todo. Por lo menos, usted decía
que esta integración es un asunto de la política, pero no de la
cultura.
TEM - Me convence mucho, pero todavía creo que es una expresión de
deseos: cuánto sabemos nosotros realmente de la cultura uruguaya (hablo
de los argentinos), de la brasileña -vastísima cultura brasileña-.
Nuestro diálogo es muy, muy escaso. Los mejores escritores uruguayos
ahora se leen poco en Argentina. Y a la inversa, tal vez.
DB - Sabemos menos que antes de los otros.
TEM - Menos que en los '60, sin ninguna duda. En el '60 había unas
poleas de comunicación, "sistemas circulatorios" que
funcionaban muy rápidamente. No sabemos casi nada.
Y de Brasil, yo a veces lanzo dos o tres nombres de los que a mí me
parecen los grandes escritores brasileños, y veo que enfrente de mí
hay caras "de nada", como si nadie hubiese oído hablar de
ellos. Y eso, realmente, no ocurría hace 30 años.
*******
CUARTA PARTE
DB - Usted se define siempre antes como escritor que como periodista, ¿no?
TEM - No separo un trabajo del otro. Creo que todos son la misma efusión
de un mismo ser.
DB - Hay una anécdota muy linda a propósito -se la contaba a Daina
ayer por teléfono- de cómo...
DR - De cómo apareció el narrador.
DB - De cómo apareció el narrador. ¿Una escapada de la escuela al
circo fue?
DR - Una penitencia.
TEM - Y un primer amor, además, porque me prohibían que fuera a un
circo de mala muerte que había en Tucumán en aquel tiempo, cuando yo
tenía 9 o 10 años, aunque creo que Clarín dice 7 años. Era un poco más
grandecito.
Fui al circo con intención de quedarme cinco minutos. Y la primera
imagen que vi fue la de una muchachita muy flaca, con unas enormes alas
de mariposa, dando vueltas alrededor de la pista sobre un caballo
blanco. Esta imagen...
DR - ¡Quién no se enamoraría de esa imagen!
TEM - Se me clavó en la cabeza. Pero yo me hubiera ido si no fuese
porque el presentador que anunció a la muchacha (ya no recuerdo qué
nombre tenía) dijo que iba a reaparecer al final como protagonista de
la obra de teatro que iba a darse esa noche. Entonces, yo dije: "¡Ah!
Me quedo a verla". Y ahí se pasaron las horas... se pasaron las
horas. Me quedé a verla. Hacía de tísica. Era tan flaquita... en una
obra de Belisario Roldán.
Cuando llegué a mi casa, mis padres habían preguntado dónde estaba en
los hospitales y en la Policía. Habían revuelto la ciudad en mi búsqueda
y, obviamente, estaban muy disgustados. Y me dieron una penitencia que
para mí, entonces, era terrible: me prohibieron leer e ir al cine
durante un mes.
Yo estaba realmente desesperado...
DB - "Eso que te gusta, ¡no!"
"Los diarios
norteamericanos y las revistas de mayor éxito, ante la batalla
planteada por la televisión e Internet, no sabían cómo
proceder. Y descubrieron que el relato es el camino que atrapa
al lector de un modo más rápido e inmediato (...)Humaniza la
noticia"
|
TEM - Claro, porque las penitencias son eso. "Te gusta,
no lo hacés". Si te gusta jugar al fútbol, es no jugar al fútbol.
Pero en mi caso, me gustaba ir al cine y leer.
Entonces, yo decidí, ya que no podía ver ni recibir la imaginación
ajena, tenía que inventar mi propia fórmula de imaginación para
sobrevivir. Y escribí un cuentito de venganza para mis padres, en el
cual un chico muy bondadoso, castigado por padres malignos, terribles,
se mete dentro de una estampilla de otro país, y en ella lo recorre y
empieza a ver todas las películas del mundo y a leer todos los libros
del mundo. Iba contando historias distintas de películas inexistentes.
Era un cuentito breve de tres páginas. Se lo mostré a mi madre, y mi
madre pensó que un chico que escribiera era mucho peor que un chico que
leyera. Entonces, me levantó de inmediato la penitencia.
DR - ¿Tiene guardado todavía ese relato?
TEM - No, no. Ese relato quién sabe dónde está.
DR - ¡Qué lástima!
DB - ¿Sus padres viven?
TEM - No. Mis dos padres han muerto. Mi madre murió hace unos tres o
cuatro años, poco antes de que saliera "Santa Evita". Mi
padre murió hace diez años.
DB - ¿Pero apoyaron su carrera? ¿Lo dejaron seguir escribiendo? ¿Lo
veían con buenos ojos?
TEM - A regañadientes. Les parecía que un escritor era una especie de
tránsfuga. A ellos no les disgustaba que yo fuera periodista porque
ellos tenían acciones en el diario de mi ciudad natal y me destinaban a
ser director de ese diario algún día. Pero yo hice "cruz
diablo": desde un principio me fui de ahí.
DR - Usted estuvo ayer participando en una celebración de los 150 años
de la Universidad de la República. El tema fue "Etica y
periodismo". ¿Lo eligió usted, se lo propusieron?
TEM - Me lo propusieron y yo lo acepté, porque creo que la ética es
inseparable del periodismo. El ejercicio de una cosa involucra
inmediatamente la otra. Entonces, era un buen modo de hablar de la
profesión. Y todo lo que uno toque de la misma: si habla de modas, si
habla de cómo hacerse, si habla de cómo informarse, todo tiene que ver
con la ética. Siempre el periodismo es un problema, más que estético,
ético.
Ayer pude hablar sobre la profesión y hablar, lateralmente, también
sobre la ética.
DR - Para el que lo escuchaba ayer quedaba todavía más diluida esa
frontera entre el narrador y el periodista porque usted vinculó muchísimo
la ética a la humanización de la información (corríjame si utilizo
mal la expresión) a través de la narrativa, a través de un estilo que
usted dice que cada vez se está dando más en el mundo. Un estilo de
introducir el aspecto subjetivo en la información.
TEM - No subjetivo: humano, de la información.
DR - A ver.
TEM - Lo que yo quise decir ayer es que los diarios norteamericanos
-hablo de los grandes diarios, y en especial del New York Times- y las
revistas de mayor éxito en los Estados Unidos, de medios masivos que
venden 3 o 4 millones de ejemplares por semana o por día, ante la
batalla planteada por la televisión y la Internet, no sabían cómo
proceder. Y descubrieron que la narración, el relato, es el camino que
atrapa al lector de un modo más rápido e inmediato. Lo que ellos
tratan de hacer es que usted lea una información y lograr que lo agarre
de la solapa, del cuello, y no lo deje moverse durante media hora o una
hora. Que lo clave al diario.
Lo mismo que usted lee en cualquier otro diario: "Hubo ayer un
avance de la guerrilla en Colombia y hubo 45 muertos", ahí está
contado como un relato. "La señora fulana de tal, que caminaba por
el sendero tal, fue atacada por cuatro guerrilleros. Murió, sus tres
hijos quedaron solos", etcétera. Humaniza; individualiza, más que
humaniza, la noticia. Y esto, que al principio produjo un poco de
desconcierto en los Estados Unidos, porque decían: "El New York
Times se ha convertido en un diario arrevistado, una revista", poco
a poco ha ido permeando más y más la sociedad.
Les cuento cómo se hace esto. El New Yorker -que es una revista que a mí
me gusta mucho, me parece la que mejor se hace en el mundo entero -
cuando terminó el episodio Mónica Lewinsky - Clinton, congeló la
escena central en el baño de la oficina oval. Y le dijo a diez
escritores norteamericanos "¿cómo narrarían ustedes esto?".
Entonces, las diez fueron piezas maestras, escritas por Tony Morrison,
por Doctorov... Algunos de ellos no son norteamericanos, como Salman
Rushdie. Pero estos diez dieron un retrato de esa escena central, de esa
"escena primaria" de la política norteamericana, e hicieron
diez piezas excepcionales, ejemplares, que transmitían de un modo mucho
más vivo el conflicto político, ético, de costumbres, de violación
del puritanismo norteamericano que había en esa escena, que cualquier
relato hecho de otro modo por la televisión, por la radio o por la
prensa convencional.
DB - Siempre con un grado de fidelidad hacia lo que ocurrió; o sea, a
la realidad de lo que supuestamente pasó.
TEM - Por supuesto. Sin fidelidad a la realidad no hay periodismo. Eso
ya sería entrar en el terreno de la ficción. No, el periodismo exige
fidelidad a lo que uno cree que es la verdad.
Pero como cada uno de nosotros narra la verdad de una manera distinta,
personaliza la noticia de ese modo.
DR - ¿"El sueño argentino" es novela, es una forma de narrar
la verdad?
TEM - "El sueño argentino" no es una novela. Es un libro de
ensayos -algunos cortos y otros más largos- compuestos de textos que
publiqué en la prensa norteamericana y en la prensa latinoamericana en
general. También hay algunas conferencias dadas en universidades. Tiene
como cinco grandes bloques de pensamiento. El último de ellos tiene
mucho que ver con el reflotamiento del mito de Eva Perón a partir de
1985. Otro de esos bloques tiene que ver con el menemismo y otro, con
los grandes mitos de la historia argentina.
Pero el razonamiento central es cómo un país como Argentina, que, a
comienzos de siglo, en 1910, era presentado por gente como Rubén Darío,
Lugones o Clemenceau como una potencia que podía rivalizar con los
Estados Unidos; que en 1928 tenía más automóviles que Francia, más
teléfonos que Japón; cómo un país, que parecía -o se creía-
predestinado a la grandeza, cae en la pequeñez en que ha caído ahora.
Todo lo que Argentina pudo haber sido y no fue, cómo ese sueño quedó
exterminado; es una reflexión sobre qué le pasó a ese país. Y, en
definitiva, qué nos pasó a todos nosotros: uruguayos, chilenos,
brasileños, venezolanos, colombianos. Qué nos pasó en este siglo. Es
una larga reflexión sobre todas esas historias.
DB - Es su última obra, editada por Planeta. Mientras tanto, ¿Tomás
Eloy Martínez sigue escribiendo?
TEM - Estoy escribiendo dos libros ahora, a la vez. Un libro que me ha
pedido la editorial Objetiva, de Brasil, que es una novela que se llama
"El vuelo de la reina". La editorial armó una colección
sobre los siete pecados capitales. Se llama "Plenos pecados",
y le encargó un pecado a otros tantos escritores: tres brasileños, dos
latinoamericanos no brasileños y dos europeos. En el momento de la
elección de los pecados a mí me asignaron -casi me forzaron- a
escribir sobre el pecado de soberbia o de arrogancia, sólo por el
"delito" de ser argentino.
DB - ¿Y lo aceptó gustosamente?
TEM - ¡Con mucho gusto!
--------------------
Transcripción: Fernando Iglesias
Edición: Mariana Viera Cherro
|