La Jornada 29 de noviembre de 1998

Formas de la ficción pueden ser narradas como verdades: Eloy Martínez

César Güemes


El anuncio y el título de su nueva novela, la noticia de que la universidad para la que trabaja en Estados Unidos fundará en Cuernavaca un centro de estudios latinoamericanos, y su actual estancia en México a fin de dar a conocer aquí Lugar común la muerte (Grupo Editorial Planeta) son motivos suficientes para hablar con Tomás Eloy Martínez, el autor de las necesarias obras La novela de Perón y Santa Evita.

-Lugar común la muerte es un libro a la par literario y periodístico. Es un volumen que no niega la cruz de su parroquia.

-Escribí esos textos a lo largo de muchos años. Es una colección de artículos periodísticos que tienen un lazo en común. Son trabajos en los cuales ciertas sensaciones de la realidad, percibidas sólo por mí, fueron escritas como verdades, publicadas en periódicos de lectura corriente y leídos como si fueran parte de la realidad. Son los primeros ejercicios en los cuales descubrí que ciertas formas de ficción podían ser narradas como verdades puesto que forman parte del periodista que percibe en primera persona. De modo que fueron escritos en los cuales periodismo y literatura se confundían. Siempre he entendido que ambos oficios, mientras los escriba un solo ser, lograrán la fusión. Y esas formas fueron desarrolladas de manera más clara después con La novela de Perón y Santa Evita.

-La indagación de Lugar común... le implicó, entonces, un largo lapso. Fue un amplio periodo formativo para usted.

-Los trabajé de1964 a 1991, y el libro es la selección de una vasta serie de trabajos periodísticos que tienen en común esa característica, la muerte. Son investigaciones de vidas, de ciudades, de maneras de escribir o de grupos étnicos que están en el límite mismo de la muerte. Eso por un lado, y por el otro el trabajo fronterizo entre la literatura y el periodismo. Es lo que yo llamaría escritura en el borde de la realidad.

-A estas alturas de su trabajo, ¿se mantiene de acuerdo con lo que vino escribiendo desde entonces?

-Ese libro no me disgusta de ningún modo. Me representa claramente. No estoy descontento de él. Lo que ahora se podrá leer en México es una revisión de un pequeño volumen que hice en Caracas en el 79. Lo revisé, lo aumenté y me pareció útil como ejercicio periodístico y como revelación de lo que es un proceso de escritura.

-En México y seguramente en otras latitudes esperamos una nueva novela suya. ¿La está trabajando?

-En este momento trabajo, sí, en una nueva novela. Se titula, te lo digo desde ahora, El vuelo de la reina. y saldrá hacia septiembre u octubre del año que viene. Y forma parte de una serie sobre los siete pecados capitales. Los otros seis están a cargo de otros tantos escritores. A mí, como argentino, me adjudicaron el de la soberbia. Pero voy a tratar de meter los otros seis pecados en un mismo saco. Es pues una reflexión sobre el orgullo, la ambición y la vanidad.

-Por contrapunto le preguntaría, Tomás, ¿qué tanta humildad hay en usted cuando escribe?

-Si soy humilde o no, eso se refleja en mis textos y en mi vida personal. En la medida en que soy un hombre nacido en una pequeña ciudad de provincia, en el norte de Argentina, no participo de la arrogancia que suele caracterizar a muchos de mis compatriotas.

-¿Es posible que dada la cálida lectura que recibieron La novela de Perón y Santa Evita se vea relacionada con una temática y una forma narrativa determinada?

-Sucede. Precisamente publiqué La mano del amo en el 91 para demostrar que mi lenguaje no era solamente el de un novelista aferrado al mundo del peronismo. La mano del amo es una intensa metáfora sobre la creación artística. Cuando tenía 18 o 19 años la hice en forma de cuento. Y luego de nuevo como cuento en Caracas, y finalmente la desarrollé como novela entre el 90 y el 91. Es decir, que está entre La novela de Perón y Santa Evita, y tiene una voz diferente y no se parece a ningún otro libro hecho por un autor latinoamericano. Al menos esa fue la intención. Probablemente La mano del amo es la novela mía que más me gusta. Y sin embargo ha corrido con poca fortuna, porque no se parece a lo que el público quizá espera de mí. Pero creo que ese es el deber de todo escritor: arriesgarse, ir más allá de donde puede el propio cuerpo, como decía Spinoza, y tratar de desentrañar lo que hay de más profundo en uno mismo.

-En este libro he encontrado franca prosa poética. ¿Qué tanto también la poesía es parte de su quehacer aunque no la haga pública?

-En verdad, si algo soy es un poeta frustrado, que siempre quiso escribir poemas y no pudo porque le salieron muy malos. Entonces trato de reivindicar esa parte secreta de mí en algunos fragmentos de mis novelas mayores y en prácticamente toda La mano del amo, que está narrada usando las ventajas y la fuerza que tiene la poesía.

-¿Qué tanto su labor docente en Estados Unidos tiene que ver con su trabajo literario?

-Es un estímulo para el trabajo literario. He enseñado mucho sobre antiguos escritores mexicanos que relatan la conquista desde el lado azteca y también las grandes historias de los documentos cortesianos. Me ha tocado también dar clase sobre el barroco, sobre Sor Juana. Y en los más recientes semestres he impartido seminarios sobre Borges. Es decir, todos son estímulos intelectuales, maneras de reaprender a pensar.

-Por lo que dice, la literatura mexicana ha estado presente desde siempre en su desempeño como lector.

-El pasado mexicano tiene para mí una inmensa fascinación, desde la gran ciudad de la laguna, esa urbe con la que soñaba Bernal Díaz y que le pareció algo digno de Amadís de Gaula. Eso más el México contemporáneo, multifacético, imaginado por Frida Kahlo o Carlos Fuentes.

-¿Qué lugar ocupa el periodismo en su vida actual?

-Escribo una columna cada 15 días para el sindicato del New York Times y para La Nación, de Buenos Aires. Son reflexiones sobre la actualidad, y hago solamente eso.

-Estará unos días en Guadalajara, una ciudad en la que ha vivido. ¿Además de lo periodístico, que le dice esta parte de México?

-Guardo de Guadalajara uno de los mejores recuerdos de mi vida. Estuve haciendo en esa ciudad algo que realmente me importaba muchísimo, como crear un periódico nuevo. En 1991 dicté ahí los primeros talleres de periodismo, con los que continúo a partir de la Fundación para un Nuevo Periodismo, que preside García Mázquez. Casi no hay persona vinculada al mundo editorial que no esté presente en la FIL. Guadalajara es la Frankfort de América Latina.

-Finalmente: ¿viene a México con un plan de trabajo concreto?

-Sí. Estamos creando en mi universidad un centro de estudios académicos de América Latina, para que tenga su sede en Cuernavaca. Intentamos comprar allá una casa para invitar a académicos del mundo entero a pensar y escribir sobre nuestro continente. Sería la primera vez que una universidad de Estados Unidos crea un centro de ese tipo en América Latina. Si esta posibilidad se concreta, seré tan feliz como cuando termino una de mis novelas.

-¿Lo dirigiría usted?

-No, porque soy muy mal administrador. Yo sirvo para inventar centros de estudio o para imaginar periódicos.


Encontrado en: http://www.jornada.unam.mx/1998/nov98/981129/cul-martinez.html