Historia de la violencia en Colombia

Título bonito para una guerra muy fea

Al Día News


El escritor Tomás Eloy Martínez publicó recientemente en el periódico La Raza, de Chicago, uno de sus selectos artículos dedicado a la violencia en Colombia. No hay ni para qué decir que es un texto elaborado con maestría, como todos los del profesor Martínez.

Lo tituló "Colombia: hojas al viento de una larga guerra". No cabe duda, un excelente título, pero como casi todo lo que se dice por fuera del territorio colombiano acerca de ese cruentísimo conflicto, es un título bonito para una guerra muy fea.

Cuenta el profesor la desdichada historia del niño guerrillero Clemente Mosquera quien era "frágil y menudo como un pájaro". Empieza el trágico relato en un "barrio precario" de la bellísima ciudad de Cartagena donde habló durante media hora con aquel muchachito a punto de cumplir 13 años pero que parecía de seis. "Su pelo oscuro y salvaje, su mirada huidiza y tenía una cicatriz enorme en la mejilla, abierta por el mismo machete que había segado la vida de sus padres".

"Todos tenemos que morir tarde o temprano" dice el profesor Martínez que le dijo Clemente en su fugaz encuentro y que de inmediato agregó: "Morir temprano es mejor. Se sufre menos".

El profesor Tomás Eloy Martínez siguió por cartas, recados y otros medios, la trayectoria de Clemente Mosquera, quien fue a la ciudad de Santa Marta, sobre el mar Caribe y otros lugares de Colombia buscando al último tío que le quedaba sobreviviente de las masacres que arrasaron con su familia. Estuvo también en Montería, otra ciudad de la costa atlántica, después de una azarosa travesía en una caravana de lanchones por el legendario río Sinú. "En tres días de interminables jornadas comió dos bananas y tomó dos dedos de agua".

El profesor Martínez dice que "Al amanecer del cuarto día cuando los viajeros avistaron a lo lejos las torres de la catedral , los atacó una avanzada de la guerrilla.

"Las cartas que Clemente envió a la familia Mendoza un año después del asalto nunca explicaron cuál fue el destino de los que iban con él. Con un lenguaje escueto, laborioso, difícil de descifrar, Clemente sólo contó que los oficiales atacantes le ofrecieron adiestrarlo en el uso de las armas y pagarle un salario quincenal si se les unía. ‘Les dije que sí. Ya estoy en edad de ganar algún dinero’, escribió".

El escritor, quien se refiere también en su columna al libro de la periodista Alma Guillermoprieto, "Las Guerras en Colombia" en el que aborda el tema de los niños en la guerrilla, dice que Clemente Mosquera, después de haber sido entrenado para matar, e incorporado a un batallón de élite, murió aún siendo niño, en su calidad de comandante guerrillero de un pelotón de niños guerrilleros, menores que él en un cruento combate con el Ejército en las montañas de Santander, cerca a Bucaramanga, llamada la Ciudad Bonita.

El mayor problema, profesor Martínez, no es que haya niños en la guerra, ni que muchos, como Clemente Mosquera, mueran con sus cuerpos aún tiernos destrozados por las balas. El problema no son los niños ni los adultos en la guerra. El problema es la guerra.

Un conflicto, como el colombiano, que ha sobrevivido 50 años, se ha nutrido de la sangre de sus muertos pero los que realmente le permiten perdurar no son los que mueren sino los que sobreviven. Porque a ese engendro no le interesa matar a todas su víctimas, le conviene que muchas vivan (muertas en vida) no sólo para que, en palabras del niño guerrillero, "sufran más" sino para que le permitan sobrevivir en sí mismo como una especie de herencia maldita.

Clemente Mosquera no inventó la guerra, él no la hizo, la encontró hecha y se lo tragó como un monstruo ávido de vidas humanas.

Clemente Mosquera fue un niño guerrillero, lo entrenaron para matar pero no es un victimario, es una víctima. En esa medida la guerra en Colombia está llena de niños. Niños-víctima. Niños que mueren, niños que matan. Huérfanos, abandonados, niños mutilados, desaparecidos, desplazados, imposibiltados para ir a la escuela, niños marginados, con sus almas nuevas y ya marchitas llenas de confusiones, de temores y de odios. Para que no haya niños en la guerra lo único que se necesita es que no haya guerra.

¿Desde cuándo está Colombia en guerra?. Desde siempre.

Lo que ocurre es que han inventado unas guerras "buenas" y otras "malas". Guerras que han empezado "buenas" y se han vuelto "malas". O la misma guerra que para unos es "buena" y para otros "mala". En todas ha habido niños, unos han muerto y otros han sobrevivido( no se sabe qué es más trágico si morir o sobrevivir). Son herederos de una guerra que a unos los atrapó niños y los mató aún siendo niños. Otros empezaron niños y se han muerto de viejos en el trasegar de esa lucha sin límites ni contemplaciones.

Esa larga y dolorosa historia de la guerra en Colombia es la que intentaremos escribir desde esta columna a lo largo de las próximas semanas…

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