Una ausencia dolorosa
Por Rodolfo H. Terragno. Especial para La Nación
Le gustaba citar a Ludwig Wittgenstein: "Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo".
El mundo de Susana Rotker era extenso, por lo mismo que era extenso ese lenguaje que ella no dejó nunca de construir. Se enamoraba ardorosamente de las palabras, y fueron sus pasiones semánticas las que hicieron de ella una periodista, luego una escritora y, por último, una admirable profesora de lenguas ibéricas en la Rutgers University.
Recuerdo una crítica suya, impía pero templada. La víctima era Lucio V. Mansilla, ese "dandy" que se internó en territorio ranquel "con capa roja y guante de gamuza". Susana observó que Mansilla reservó su asco mayor para "el negro acordeonista", y a ella la agravió ese desprecio. Le exigía a Mansilla fidelidad en el reflejo del Río de la Plata del siglo XIX. Ella, que no era ranquel, ni aborigen, ni negra, ni pampeana, ni siquiera argentina. Era una catira venezolana que había construido un universo hecho de sílabas infinitas, dentro del cual cabía todo.
Cabía un conocimiento deslumbrante de esta Argentina que amaba. Cabían las incontables cosas sobre las que escribió páginas difíciles de olvidar. Cabía, por ejemplo, el sermón guadalupano de Fray Servando Teresa de Mier, aquel que en 1794 "reveló" cómo los aztecas habían sido convertidos por Santo Tomás, no por los españoles. Cabían los mundos de Fernando Pessoa, que había aprendido (como la propia Susana) que las palabras son intraducibles y, por lo tanto, Antinnous no podía escribirse en portugués.
No supe adivinar todo eso aquella tarde de 1979, cuando Susana llegó por primera vez al Diario de Caracas. Entonces, sólo me dispuse a verificar si, como me habían asegurado, ella podía escribir "decentes" críticas de cine. Luego descubrí su talento y, mucho antes de que naciera la amistad, aprendí a admirar su ingeniería lingüística, la solidez de su feminismo, su fervor latinoamericano y la incomparable capacidad que tenía para hilvanar conocimientos dispares. La vi por última vez el viernes 19 de mayo. Esa tarde, yo había dado una conferencia sobre las sociedades futuras, en la Universidad de Guadalajara. Susana y Tomás Eloy habían volado desde Nueva Jersey, más que para oírme, para aprovechar la invitación de Gabo y tener, así, la excusa del reencuentro con Sonia y conmigo.
Esa noche, antes de despedirnos, le dije: "Extraño Caracas". Susana me preguntó: "¿Qué extrañas tú de Caracas?". Le hice, entonces, un inventario apresurado y torpe: los colores del Avila, el concierto de las chicharras, el gusto de la guanábana, la emoción del jonrón, la entereza del araguaney, las palmadas en el hombro...
No era (sólo) eso. La Caracas que extraño está más lejos en el tiempo que en el espacio. A la actual le falta, entre otras cosas, habitantes que le eran imprescindibles. Susana era ya una de las ausencias inaceptables. Con todo, uno podía admitir que estaba de licencia. Ahora, ya no volveré a verlas juntas. Lo que pasó ayer fue, para mí, que Caracas cambió, irrespetuosa e irreparablemente.
La Nación, 29.11.2000
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