La verdad en el fondo del pozo

Por Adriana Petra


Con Ficciones Verdaderas, Tomás Eloy Martínez ofrece una nueva vuelta de tuerca a la conflictiva y siempre latente relación entre historia, realidad y ficción. El libro, recientemente publicado por Planeta, es una antología de trece textos en los que se revisa la forma en que la literatura se ha apropiado de hechos reales para reelaborarlos y devolverlos al lector transfigurados.

La selección -realizada juntamente con Jennifer French, discípula de Eloy Martínez en la Universidad Rutgers de Nueva Jersey- incluye en orden cronológico un rastreo de los hechos reales que inspiraron grandes obras literarias, desde Macbeth hasta Beloved de Toni Morrison. Cada texto va precedido de una breve nota introductoria y la reproducción de un fragmento del documento histórico original con su correspondiente ficcionalización.

Eloy Martínez ha realizado una búsqueda exhaustiva e inteligente, para lograr un libro que entretiene y también sorprende por su trabajo de investigación y el hallazgo de fuentes prácticamente imposibles. Sin embargo es, como lo dice el mismo autor, una antología incompleta (¿alguna no lo es?), ya que en tren de hilar fino no hay prácticamente obra literaria en la que no puedan rastrearse huellas de la época y del mundo social en el que fue escrita.

Hay casos "vox populi" como Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez, La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa o El impostor inverosímil Tom Castro, uno de los pintorescos relatos de Jorge Luis Borges publicados en la revista Multicolor del diario Crítica y luego reunidos en Historia Universal de la Infamia. Borges, que comenzó ejercitándose en las ficciones verdaderas porque desconfiaba de su propia imaginación, deformó a su antojo el artículo The Tichborne Claimant publicado en la edición de 1911 de la Enciclopedia Británica, que cuenta la estafa que Arthur Orton o Tom Castro, el casi analfabeto y torpe hijo de un carnicero del arrabal de Londres, consumó contra la baronesa Tichborne, haciéndole creer que era su hijo desaparecido trece años antes en un naufragio.

También hay textos cuya filiación con la realidad no es tan popular. Es el caso de La princesa de Clèves de Madame de La Fayatte, Los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas o El agente secreto de Joseph Conrad. En todos ellos es evidente la cristalización que se produce cuando el novelista toma un dato aparentemente trivial y lo rescata para narrarlo a su manera. La transfiguración es tal que ya no parece posible reconocer la historia real.



La rama y los diamantes

Para definir qué es la ficción verdadera, Tomás Eloy Martínez toma ( también a su manera ) la definición que dio Stendhal en De l'amour (1822) sobre la ilusión del amante: "... en las minas de sal que hay en Salzburgo se deja caer a veces una rama sin hojas al fondo de un pozo en desuso. Dos o tres meses más tarde, ésta ya está cubierta por brillantes cristalizaciones. Las ramitas más chicas, semejantes a las patas de una golondrina, se adornan con innumerables diamantes deslumbradores, y ya no es posible reconocer el original".

Al modo de las ramitas cubiertas de diamantes de Stendhal, los textos literarios que reelaboran la realidad toman datos de ésta para engendrar un universo propio donde el único lugar de la verdad está en la imaginación, sea cual fuere el apego del autor por los documentos históricos. La lectura de los hechos siempre es otra.

Los dos grandes estímulos de las ficciones verdaderas son, por un lado, llenar un vacío que la historia omite por un exceso de ambigüedades que, por supuesto, no se puede permitir; por otro, reescribir la realidad según las leyes del propio deseo o placer. Pero en ambos casos la interdependencia del texto con el imaginario de la sociedad de la cual emerge es claro, y la mayoría de las veces, inequívoco. De ahí que el pacto con el lector sea determinante y profundo, sólo así la literatura puede ofrecer la posibilidad de leer la realidad de otro modo.

A diferencia de la historia o del periodismo, la ficción puede darse el lujo de tomar un hecho, moldearlo, sumergirlo en la fabulación, y devolvérselo al lector, quien, si el relato es eficaz, sabrá recoger el guante. Arthur Miller escribió The Crucible en 1953 con la certeza de que la superchería de las brujas de Salem -cuyos procesos se originaron en 1692- serían percibidos por el público norteamericano como una metáfora del macartismo.

En Ficciones Verdaderas, Tomás Eloy Martínez escudriña las fuentes de grandes obras de la literatura universal con paciencia de araña, busca las huellas de la historia allí donde todo parece pura fantasía y comprueba, que al final de cuentas, la realidad supera la ficción. O por lo menos la alimenta.

Encontrado en: http://www.losandes.com.ar/2000/1215/nota5320_1.htm