ANDRÉS MARIÑO PALACIOS O LA PALABRA OLVIDADA

Valmore Muñoz Arteaga


 

A Miguel Ángel Campos

Hemos escrito en distintas oportunidades acerca de la fragilidad de la memoria colectiva del pueblo venezolano. Una fragilidad que se ha transformado en la presencia dolorosa de una enfermedad que ya ha dado muestras de metástasis. La descomposición que ha acelerado su paso en los últimos veinte o treinta años viene tejiéndose vertiginosamente en lo más caro de la vitalidad del ser humano: su espíritu. Los venezolanos hemos inmolado nuestra sensibilidad en función de establecer una sociabilidad pletórica de pillería, vilezas, laxitud y complicidades oscuras. Y esto ha ocurrido en medio de la complacencia de un pueblo sordo a la sangre que grita desde los confines de la tierra. Dicha complacencia me recuerda el título de una obra de esos buenos escritores venezolanos que nos hemos decidido olvidar: Los alegres desahuciados de Andrés Mariño Palacios.

 

Lamento no poder brindar mayor información sobre esta novela de Mariño Palacios, a menos que estén interesados en saber  que fue publicada en Caracas por las ediciones Contrapunto en 1948; que además obtuvo  Mención Honorífica en el Concurso “Arístides Rojas” junto al próximo olvidado, Arturo Uslar Pietri. Datos que en cierto modo no significan nada si no podemos degustar las líneas que se convocan en esta primera novela de Mariño Palacios. Lo mismo podemos decir de su segunda novela Batalla hacia la Aurora (1958). Algunos de sus cuentos han sido rescatados en antologías más o menos recientes.

 

Andrés Mariño Palacios pudo haberse transformado en un caso extraordinario de nuestras letras. Sus tres únicas obras (El límite del Hastío. Colección de cuentos publicados en 1946) fueron escritas por él entre los 19 y 31 años, lo que indicaría la posible construcción de una obra sólida llamada a situarse entre las fundamentales del país. Caso que nos recuerda a Luis Enrique Mármol y Cruz Salmerón Acosta. Integró entre 1946 y 1950 el grupo Contrapunto,

 

 

 

nombre tomado seguramente de la novela de Aldous Huxley, a quien leía con pasión, así como a Thomas Mann, Hermann Hesse, Albert Camus, Franz Kafka, toda esa frondosa obra de las primeras décadas del siglo XX que denunciaba la desesperación a la que fueron obligados los hombres de altos espíritus.

 

Nació en Maracaibo un 3 de noviembre de 1927, viajó a Valencia muy pequeño para finalmente residenciarse en Caracas hasta su muerte un 30 de octubre de 1965. Se inicia en el periodismo deportivo en el Diario El País bajo el seudónimo de Pablo Martín. Su nombre comienza a hacerse conocido en distintos periódicos de la capital. Esto no disminuyó nunca su deseo de escribir una gran obra, un libro que pudiera estar a la altura de un Ulises o de La montaña mágica, en todo caso quería figurar entre los grandes escritores del país, camino que lo llevaría a una realidad económica que le permitiera su realización intelectual.

 

Quiso construir una obra grande para cimentar su nombre y alcanzar altas posiciones dentro del mundo intelectual nacional, que irónico sería su final. ¿Pudo prever Mariño Palacios su destino fatal? Sus textos perdidos en el lodazal que se ha vuelto la vida venezolana brindan una respuesta adversa. Esta aventura de olvidar, de obviar, de ocultar es lamentable, no por lo olvidado sino por quien olvida, ya que queda desnuda su pobreza espiritual. A través de estas líneas hacemos una invitación para rescatar la obra de Andrés Mariño Palacios, fundamentalmente a las instituciones culturales y universidades zulianas. Es al Zulia a quien le toca esta tarea.