CECILIO ACOSTA

PENSADOR CATÓLICO

Valmore Muñoz Arteaga


          A la memoria de Wintila Pérez.

 

Uno de los pensamientos más preclaros y activos de mediados y finales del siglo XIX corresponde al de Cecilio Acosta, quien sin menoscabo es uno de los dos más importantes pensadores del catolicismo venezolano, el otro Mario Briceño-Iragorry. Aunque habría que mencionar en esta breve lista a otros como Juan Germán Roscio, Juan Vicente González, José Izquierdo, J. M. Núñez Ponte, pero sin duda, ninguno tuvo aportes tan prolíficos como el de Acosta y Briceño-Iragorry. 

En las líneas que conforman el trabajo intelectual de Cecilio Acosta se dejan respirar todos los atajos que conducen al más puro ideal cristiano. Acosta es un artesano de la fe y del amor al terruño, que no puede verse desde otro punto de vista sino a través del amor a un Cristo vivo.  

Acosta rescata valores fundamentales de la fe católica como la caridad, la tolerancia, la comprensión, la justicia, y hablar de estos conceptos en el ambiente que tuvo que vivir el pensador le dispensan una mayor importancia. Impuso estos valores fundamentales a las intrigas, los abusos, la intolerancia, que junto a la sangre derramada por la ambición del monarca de turno, eran las condiciones de sociabilidad demarcada por la práctica política del momento. El 10 de diciembre de 1855 publica un opúsculo en forma de folleto, denominado “Caridad”, opúsculo que él dedica a su madre y a su corazón rico en tan sublime sentimiento. En este breve ensayo Acosta apunta lo siguiente: “Para la inteligencia que calcula, basta el universo como teatro; para el corazón, que quiere, y que quiere todo poseerlo, es menester tener a Dios como término, y a la Providencia como medio”. El siglo XX es testigo excepcional de cómo convivir de espaldas a Dios y a su significado. Las miserias más bajas del ser humano desfilaron ante nuestros ojos atónitos, y mientras buscábamos alguna respuesta para justificar lo injustificable, seguíamos hundiéndonos en una especie de laberinto del que sólo podría salirse a través de un pacto sangriento tal como ha sucedido en rublos primitivos. Con sangre el mundo celebra sus victorias en el plano político y con hambre en el económico. Avanzamos científicamente lo inimaginable, pero sin Dios en el corazón, sometiendo a la condición humana con el bisturí de la razón y  de la ciencia a una disección mortal. Lo peor, entramos al siglo XXI con los peor del XX como norma mundial de convivencia. 

En el mismo texto escribe: “La naturaleza de la virtud cristiana, está en ser práctica, y no especulativa; social, y no de convención; desprendida, y no egoísta; del amor, y no tirana”. La virtud cristiana que desgaja sino se lleva a la dinámica social, sino se estampa con nuestro ejemplo en la vida de los desterrados del bien común, que sólo es común para la elite (política, económica, cultural, religiosa), y mientras ese bien (los intereses construidos con el hambre y la miseria de las mayorías) se encuentre intacto, el país vive lleno de fortuna y bonanza. Desde el siglo XIX pudo respirar Cecilio Acosta la podredumbre humana que expedía el siglo en puertas.  

Cecilio Acosta nos insiste en que la caridad es el valor fundamental y necesario para la convivencia de los pueblos. A ella debemos someternos como único vínculo entre los hombres y Dios. La caridad debe ser lo único globalizado y que las leyes del mercado las apunte lo más sublime del corazón. “Ya San Agustín había dicho que la caridad, la más grande de las virtudes, debe ser entre los hermanos alegres; y antes que él San Pablo, que la caridad no tiene envidia de nadie”. Más adelante apunta, “Los intereses malos serán malos, pero el corazón no se puede gobernar sino por sus leyes, y lo sublime del cristianismo es que las ha encontrado y revelado de una vez todas: el amor al prójimo, la más civilizadora y generosa”. 

Don Cecilio Acosta nació en San Diego de los Altos, estado Miranda, en 1818 y murió en Caracas en 1881. El camino que nos lleva a su palabra prístina es tan imposible y difícil, como el que conduce a su pueblo natal donde se encuentra su hogar, transformado en museo gracias a la labor titánica de Ildefonso Leal. Sus obras también se encuentran lejos de las nuevas promociones y de la palabra doctora del docente moderno, tan ávido de huelgas y compromisos laborales. El pobre no tiene tiempo ni siquiera para formarse una idea original en su desafortunada cabeza. Pero ahí vamos, construyendo algo amorfo para el futuro a ver a quien se le ocurre hacer algo. Mientras, polvo sobre polvo, la palabra lumínica de Cecilio Acosta se debate silente en las marañas mentales de los países sin memoria, ni siquiera reciente.