EL IDEARIO EDUCATIVO EN MARIO BRICEÑO-IRAGORRY
Por Valmore Muñoz Arteaga
Docente
A
Don Rafael Ramón Castellanos.
En la
actualidad, cuando un fuerte sector educativo se ve amenazado por la retrógrada
visión del mundo del gobierno de turno, considero necesario y pertinente traer
a la dinámica social el pensamiento de una de las voces más claras
del siglo XX venezolano. La palabra ductora de Mario Briceño-Iragorry,
así como la de otras voces antiguas de nuestra tierra, representa un acicate
para las concepciones que pretenden establecerse en el sistema educativo
nacional, pero que en modo alguno representan el verdadero sentir venezolanista.
En
la obra de Mario Briceño-Iragorry, aunque no se manifieste algún proyecto
educativo de forma orgánica; sí plantea una serie de conceptos que pueden
funcionar como guías para la construcción de uno mejor que el actual.
Conceptos que, ligados a los del gran patrimonio pedagógico nacional pueden
constituirse en la columna vertebral de una gran proyecto de transformación
social, tan anhelado por este pueblo maltrecho y herido en su espíritu
colectivo.
Hay
un aspecto sumamente interesante abordado por Briceño-Iragorry en su discurso
pedagógico y que plantea en su Caballo de Ledesma: “Debemos enseñar a
las nuevas generaciones, no el inventario de nuestros pocos aciertos, sino las
caídas que han hecho imperfecta nuestra obra personal y, consiguientemente, han
impedido que ésta aflore con acento redondo en el campo colectivo”. El
maestro trujillano entiende que las nuevas generaciones deben ser ayudadas para
construir su propio destino desde la superación de los errores pasados.
Por
ello se hace imperativo concebir una profunda conciencia nacionalista que busque
su fuente nutricia en las venas de nuestras fuerzas cívicas y civilistas,
subyacidas, en escombros, en lo más profundo de la conciencia social. Esta
conciencia nacionalista tendría que fomentarse en la alimentación de una nueva
conciencia moral. Para Briceño-Iragorry, el pueblo necesita y desea que se le
enseñe más que letras, conductas; cuyas bases más sólidas sean las luces de
la moral, venidas a menos por el viscoso populismo sectario de los últimos 44 años
de intento democrático. “En la creación de la conciencia moral se debe
desterrar cualquier inclinación individualista y adoptar principios y
convicciones que tengan como epicentro la promoción de una vida social fundada
en la convivencia armónica” (Pedro Rosales Medrano).
Convivencia
que nace de dos valores caros a la doctrina cristiana: Caridad y Tolerancia;
virtudes que hacen vida y se sostienen en las instituciones educativas que hacen
de la fe en Cristo pilar de su funcionamiento. Virtudes corroídas por los
nuevos patrones de conducta que demarca la modernidad, vicio universal que
intenta destruir la sensibilidad humana.
Insiste Briceño-Iragorry en la idea de que “la cultura tiene que verse en la manera de funcionar el Estado”. El Estado está en la obligación insoslayable de brindar los medios necesarios para el perfecto funcionamiento del sistema educativo. Una atención que debe ser prestada no sólo al sector público sino al privado, y entendiendo que el buen desarrollo del primero no se cimienta destruyendo o subyugando al segundo. El Estado tiene la obligación de auspiciar la transmisión de la totalidad de las manifestaciones del pensamiento universal; más aún cuando esta afirma la libertad y la dignidad humana.
Podríamos pasar horas enteras analizando el tema educativo en la obra de Briceño-Iragorry, y las pasaremos, pero es importante que todos los sectores de la vida nacional vuelvan para orientarse desde la palabra fecunda de los fundadores de la Patria. Fundadores que forjaron su obra con la pluma y la tinta de las virtudes civilistas y que se encuentran sumergidos en la ignorancia de una historia que parece sólo entender de sables y rifles. El bolivarianismo y el nacionalismo se demuestra desde actitudes verdaderamente bolivarianas y nacionalistas..