MARIO BRICEÑO-IRAGORRY EN SUS PRIMEROS LIBROS.

Valmore Muñoz Arteaga


 

Mario Briceño-Iragorry (1897-1958) es uno de los más importantes ensayistas venezolanos. Su obra refleja un amor visceral por Venezuela. Conocidos son sus textos Tapices de Historia Patria, El Caballo de Ledesma, Casa León y su tiempo, El Regente Heredia y, el de mayor reconocimiento crítico, Mensaje sin Destino. Pero poco o casi nada se conoce de su obra de juventud en donde se encuentra el caldo de cultivo de un pensamiento revolucionario y, hasta cierto punto, contestatario. Apenas un libro recoge brillantemente algunos aspectos de esa producción germinal: Artesano de la escritura de Luis Javier Hernández, quien apunta como el crítico más importante de la obra briceñiana.  

En la prensa trujillana y merideña se dilatarán sus primeros intentos, luego su nombre se hace presente en Caracas y Maracaibo. Sus primeros libros recogen lo más importante de esos años: Horas (1921), Motivos (1922) y Ventanas en la noche (1925).  En ellos se desnuda un hombre que alcanza progresivamente la madurez de su pensamiento. Allí está presente un Briceño-Iragorry imbuido de las venas modernista y liberal romántica  que prestaba su inspiración a la lucha contra el imperialismo: voz de ejército que triunfa, voz de hombres llenos de vanidades y de orgullos, voz de pueblos potentes que absorben pueblecillos pobres. Así como su fuerte crítica contra la burguesía del momento que se rendía genuflexa a los caprichos autoritarios tan comunes en Sudamérica.   

En ellos asoma un duro y combatiente pensamiento social, seguramente heredado de su contacto con Manuel Ugarte en Caracas: La vida espiritual es hermana de la pobreza y del silencio y pobreza y silencio son destruidos por la ola poderosa del progreso, de este actual progreso de hierro, de máquinas gigantes, de valores incalculables. La literatura de Briceño-Iragorry se ve golpeada anímicamente por la Primera Guerra Mundial, y hermanándose con Romain Rolland y Hermann Hesse, siente el compromiso moral de elevar su voz para fustigar los crímenes de la guerra que suponen una negación de la sensibilidad humana: La guerra careció de Justicia y de Derecho; si acaso tuviéranlos quienes repelieron ataques e invasiones, alegarlos podrían tal vez los que temieron ser sorprendidos: si la gran injusticia iba a tener comienzo, poco valía empezarla claramente sin justicia, ya que vencer era el único fin de la contienda. Su pacifismo estaba fundamentado en un misticismo que no aprendió en la Iglesia de la hora, lo aprendió de sus infatigables lecturas de los místicos españoles, pero alumbrados por la luz del modernismo que construía Darío, Nervo y Silva. Mario Briceño-Iragorry siempre mantuvo reservas con relación a la Iglesia católica a la que consideró en más de una oportunidad cómplice de los desmanes del pueblo venezolano y latinoamericano. Podría alguien decir que este Briceño-Iragorry coqueteó con las ideas del socialismo utópico y no estaría muy lejos de la realidad, pero es que no sólo lo asumió en su juventud, esta concepción socialista está siempre presente en su obra y en su vida. Su pasión venezolanista no puede entenderse si se pasa por alto su obra de juventud. Entendemos que ese Briceño-Iragorry no le conviene a mucha gente, pero como él mismo decía: hay que llamar al vino, vino.  

Hoy, ya lejos del año del centenario, Mario Briceño-Iragorry ha vuelto al olvido. Pasó la moda, se desmayaron los ánimos. Don Mario vuelve a ser mensaje sin destino. Es una verdadera pena. La publicación de sus Obras Completas perdió sus dolientes. ¿A nadie le interesa ahora? ¿Tendremos que esperar otros cien años para recobrar el interés? En manos de la Asamblea Nacional está poder culminar la edición de las obras de Don Mario que es reclamada por los verdaderos dolientes: los no-oficiales. Se anuncia la publicación de los textos de Uslar Pietri, noticia extraordinaria. Esperemos que finalicen lo que han comenzado, señal por la cual se reconocen a los hombres completos.