ÁNGEL MIGUEL QUEREMEL

Valmore Muñoz Arteaga


 

Ángel Miguel Queremel es una de las voces más importantes y sobresalientes de la poesía venezolana. Su discurso metafórico y cargado de una imaginería desordenada constituyen un testimonio de los niveles que alcanzó en determinado momento la lírica nacional.  Nace en Coro en 1899 y muere en Caracas el 21 de mayo de 1939.  Para muchos ha sido el poeta venezolano más español de todos, ya que en su larga estada en España fue fuertemente influenciado por la renovación poética encarnada en la pluma de García Lorca, Alberti, Cernuda, y toda la juventud de la Generación del 27 española. Queremel fue un puente entre dos generaciones poéticas venezolanas, ambas fundamentales en el proceso histórico de la poesía contemporánea nacional, me refiero a las generaciones del 18 y del 27. 

El poeta coreano se encuentra entre los introductores del ultraísmo en Venezuela. Escribe José Ramón Medina: “Efectivamente, ya para la época en que Ángel Miguel Queremel trae su mensaje europeo a la poesía nacional, el ultraísmo ha perdido el vigor de sus primeros tiempos, dando paso a otra forma, más consistente, de la poesía contemporánea, el surrealismo, que entonces encontrará una acogida más fervorosa en las promociones de poetas venezolanos que insurgen después del año 30”.  Entre sus obras más importantes podemos destacar: El barro florido, La feria de los caprichos, Las voces estremecidas, Tabla y Santo y seña. Publicados entre 1924 y 1939, en donde se asistió estupendamente de las corrientes literarias del momento, es decir, una obra que se pasea desde el simbolismo hasta el surrealismo que profundizarían luego en Venezuela sus compañeros de Viernes.  

Queremel encarnará la demolición de los antiguos estilos que prevalecían en la poética venezolana. Su primera obra profundiza en los laberintos de la imagen y el simbolismo que bebió en Europa de Mallarmé, Nerval, Lautreamont, entre otros. Así queda evidenciado en uno de sus poemas iniciales:

 

Sangra mi alma; ¡Oh la herida entreabierta

al Ensueño, infinito y brumoso;

cómo su sangre es la puerta

del Paraíso de mi gozo!

 

¡Amor...! Surge desnuda

y baila sobre rosas una danza macabra;

mi Salomé, que sea tu boca siempre muda

y sea tu desnudez la gran palabra!

 

¡Amor...! Y es un relámpago que ciega.

El agua clara que la sed mitiga...

Es Dios que sabe y llega:

sobre la tierra innoble

la robustez del roble

y el candor de la espiga!

 

Tu ánfora rebosa

de emoción, Juventud,

y hay una rosa

que se irisa

en la sonrisa

de tu plenitud...

 

Sangra mi alma. Sobre la herida

la sangre es bálsamo que aroma

y el Dolor la mano que la cuida:

y es mi alma una paloma

que se ha quedado dormida!

 

Sangra mi alma. ¡Amor! Mi corazón

es una espina entre rosales;

¿tu nombre? Son siete letras, y son

como siete puñales...

La musa desnuda. El barro florido.

 

La vanguardia hace su tardía aparición en Venezuela aproximadamente en 1930. Sin duda alguna la revista Válvula representará, en medio de la represión gomecista, la ventana iniciática del fenómeno literario. El proceso vanguardista ya lo habían iniciado algunos de los más brillantes exponentes de la generación del 18, Antonio Arráiz, Paz Castillo, Ramos Sucre, y el propio Queremel. Mariano Picón Salas explica maravillosamente el proceso evolutivo: “Y en la cuerda tensa de una fantasía liberada, los nuevos poetas que surgían ensayaban sus saltos mortales. En ese metaforismo, cuyos símbolos se toman de la técnica moderna: de la Aviación y la Radiotelefonía; en esos versos poblados de hélices y antenas que ahora reemplazan a los viejos versos poblados de lirios, se inscriben también otros de los sueños y angustias de la época”. El surrealismo se aborda casi religiosamente, aparecen los textos de Vicente Gerbasi, Luis Fernando Álvarez, José Ramón Heredia; en Maracaibo surge un movimiento importante de renovación liderado por Hesnor Rivera llamado Apocalipsis. Queremel está también a la cabeza de esta nueva revolución literaria:

 

Del aire y del tiempo flor cercenada

cernido acero búscate sin descanso.

Todo el espacio es sangre y muerte de voces.

Reos de luna y sombra desaparecen.

 

Mareas de tres mares alzan tus párpados

y cantos de sirena forjan tus rejas

de soledades blancas, enmohecidas

en tu redonda celda de altos cerrojos.

 

Atado a tu silencio –viva columna-

pájaros, soles, brisas, en largo espejo,

calcinada estadística de sueños tuyos

copian, humo que a altivo cielo fue reintegrado.

 

Vuelan insectos, polvo, dueños del mundo.

Agua y viento marchan con su destino.

La flor de tu cabeza de humo y cabellos

cae en el cesto amargo de tus raíces.

 

¿Dónde la cruz en vuelo, la golondrina?

¡Ay, libertad sin venas sobre los pulsos!

¡Ay, libertad sin nudos en las palabras!

Santa quietud, imagen en dos partida:

una en mi pena.

Martirio y muerte de la Santa Quietud. Santo y seña.

 

Podríamos hallar en estas líneas un profunda angustia por la condición humana golpeada por una crisis mundial que desembocaría irremediablemente en la II Guerra Mundial, y a lo a ella siguió; una profunda descomposición de la sensibilidad en el hombre. Queremel escribe un poema doloroso y angustiante que recoge, de alguna manera, el sentir de los espíritus nobles que fijaron posición ante la irremediable realidad. Ese poema es el Manifiesto del soldado que volvió a la guerra, del cual anotamos algunos fragmentos:

Sabedlo

Las balas perdidas mueren en la boca de los muertos

   olvidados.

 

Lo he visto. Y he visto también los fusiles enterrados,

sembrados por la lluvia

crecer y florecer entre el humo negro, y anidar las

alondras

entre ramajes de bayonetas.

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Sabedlo

Yo sé lo que es el frío de esas manos crispadas

que buscan una lápida en la cantera de la madrugada

y una cruz en el vuelo de la golondrina sin destino.

Manifiesto del soldado que volvió a la guerra. Santo y seña.

 

Venezuela tiene en Ángel Miguel Queremel a una de sus voces más diáfanas y mejores dotadas. Como siempre, su obra está adormecida bajo las sombras robustas de nuestro olvido colectivo. Voces inmensas y monumentales padecen de esta incontinencia cultural hecha cotidiana dolencia en nuestro país. La obra poética de Queremel es digna de ser rescatada como la de otros que conforman el corpus literario del país.