VARGAS LLOSA EN MONTEVIDEO

El fantasma de la literatura por sus fueros

Son cuatro ya las veces que Mario Vargas Llosa visitó el Uruguay. Y siempre fue un Vargas Llosa distinto. Esta vez atacó por donde no se lo esperaba: defendiendo a la literatura. Por peligrosa, por subversiva, por difícil e inquieta. Por vulnerable.

Ana Inés Larre Borges


Vargas Llosa vino por primera vez en 1966, cuando apenas había publicado una colección de cuentos y una novela -Los jefes y La ciudad y los perros- y era todavía de izquierdas. Volvió muchos años después, en los ochenta, casi al final de la dictadura. Ya estaba distanciado de Cuba y de la izquierda, pero en aquel contexto de silencios y ausencias su presencia y sus palabras fueron igualmente un símbolo antidictatorial, un avance en la recuperación de un ejercicio intelectual entonces perdido. Regresó -más furtivamente, tanto que muchos no lo recuerdan- en la primera presidencia de Sanguinetti y dio una conferencia para pocos en el Edificio Libertad, cuando ya se perfilaba como candidato a la presidencia del Perú y comulgaba en el más ortodoxo liberalismo. 

El viernes 8 volvió, invitado por el diario El País. Fue su visita más fugaz -no pisó suelo uruguayo por más de 24 horas- pero acaso la que lo puso en contacto -mediático y directo- con una audiencia mayor. Paraninfo, Edificio Libertad y Cine Plaza, los lugares que ha transitado Vargas Llosa en Montevideo, parecen la deliberada puesta en escena de alguna de sus ficciones para ambientar adecuadamente los distintos actores que ha sabido encarnar: el intelectual, el político y el personaje.

El último visitante desborda ya no sólo el perfil del escritor, ni siquiera ese de la tradición latinoamericana que desde el siglo XIX combina al creador con el tribuno y al hombre de letras con el político, para definirse como una notoriedad. La publicidad que preparó su llegada con una estrategia que parece reservar para las estrellas del espec-táculo pudo recurrir sin engaños a un currículum pasmante: premio Cervantes, premio Planeta, premio Príncipe de Asturias, premio de la Paz -recientísimo- de los libreros alemanes (acaso como tantas veces una antesala frankfortiana al codiciado Nobel sueco). Y, además, catedrático de la Real Academia, candidato derrotado a la presidencia de Perú, ciudadano español desde que sus peleas con Fujimori lo despojaron de su ciudadanía peruana, cruzado del liberalismo y nuevo héroe para las derechas latinoamericanas. 


Más allá del espectáculo

El espectáculo montado -como para él la amistad, la literatura para algunos es algo más privado y secreto- y los fastidios que algunos sentimos con muchas de sus opiniones, se conjuraban para provocar prevenciones. Pertrechados de distancia crítica pero curiosos, resignados pero en disciplina, ocupamos nuestras butacas junto a cientos o miles de entusiastas que llenaron los tres pisos del Plaza.

La presentación -prolija, larga, politizada- de Enrique Beltrán parecía confirmar las sospechas. Pero Vargas Llosa se desmarcó y desarmó al público. Eligió hacer una defensa de la literatura. Fue inteligente y persuasivo. Acaso magistral. Sin las nostalgias de algunos escritores que parecen temer la pérdida del empleo, sin el rencor apocalíptico de otros frente al mundo audiovisual que baila el cancán sobre sus lamentos, sin mitificaciones, apostó por la literatura midiéndose con adversarios que él mismo trajo al ruedo -como el crítico George Steiner- y que son temibles, no por brutos -como los adversarios que otros le inventan a la literatura- sino por su talento. Defendió a la literatura por peligrosa, por vulnerable, por difícil. Porque "la obra de arte hace consciente al lector de las insuficiencias de la vida, de que el mundo real es más pobre que el mundo de los sueños y eso aumenta la aptitud para la infelicidad". 

Vargas Llosa defendió a la literatura porque no sólo sabe entretener. "(Existe) la literatura light, de entretenimiento, cultivada por muchos de los mejores escritores de nuestro tiempo que asumen con toda deliberación la función de entretener (...). Mi impresión es que si la literatura se empeña en competir de igual a igual con los productos audiovisuales que efectivamente están destinados a entretener, halagar, a no dejar huella, está condenada a desaparecer." Defendió a la literatura porque exige trabajo: "un espectador y un lector son cosas muy diferentes y hasta antagónicas". Porque"despierta mentalmente un desasosiego y un espíritu crítico" y por subversiva: "hace a los seres humanos mucho menos dóciles y mucho menos propensos a la servidumbre y a acatar las verdades oficiales, atiza el deseo de cambio en una sociedad". Porque miente, ya que si "cada época no solamente tiene unas ciertas ideas, unas ciert El domingo, en una extensa y muy bien llevada entrevista de Jorge Traverso por Canal 10, Vargas Llosa estuvo en la televisión. Ahora sí los temas fueron varios: América Latina, su candidatura política, Cuba, su giro a la derecha, la fama, la cultura de fin de siglo, la escritura. El entrevistador no eludió los temas difíciles pero el entrevistado -un poco acartonado ahora- ostentó demasiado training y parecía responder de acuerdo a un guión previo. Fatigado. Decía sus opiniones polémicas sin polemistas a la vista, decía cosas inteligentes, era amable. Era el tribuno, el escritor y el personaje. Era la oportunidad -infrecuente en televisión- de escuchar la voz de un intelectual, una palabra que apela a la seducción y la provocación de las ideas. Raro también el acto del cine Plaza y las páginas que se le destinaron. Raros por escasos en un paisaje tan desbordante de información.

Encontrado en: http://www.galeon.com/icimavall/Art/amario1.htm