Juegos de niños
Por Mario Vargas Llosa El País
WASHINGTON
EL último día de febrero, en su clase de la escuela primaria
de Blue, en las
afueras de Flint, a cien kilómetros de Detroit, la niña Kayla
Rolland, de seis
años, reaccionó enfurecida cuando su vecino, un niño
de su misma edad,
escupió en su carpeta. Y lo increpó. El niño, entonces,
resentido sacó un
revólver de entre sus ropas. Y también una bala, que, alentado
por un
compañerito, colocó en el tambor de su arma. "Tú a
mí no me gustas", le dijo
a Kayla Rolland, a la vez que disparaba. La bala, que perforó la
garganta de
Kayla, la mató media hora después.
En los últimos tres años han tenido lugar numerosos episodios
de violencia
criminal en escuelas y colegios estadounidenses, aunque ninguno con
protagonistas tan pequeños como el de la escuelita de Blue. El más
espectacular ocurrió en el colegio secundario de Columbine, en Colorado,
en
abril del año pasado. Dos alumnos, Eric Harris y Dylan Klebold,
a los que los
miembros de los equipos de fútbol del colegio acostumbraban ridiculizar
y
vejar, se armaron con metralletas, revólveres y bombas caseras,
y
perpetraron, antes de suicidarse, una orgía de sangre de la que
resultaron un
profesor y catorce estudiantes muertos, además de decenas de heridos.
La
noche anterior, los adolescentes asesinos grabaron un vídeo en el
que
explicaron con toda minucia, para la posteridad, lo que iban a hacer.
La violencia criminal entre niños y jóvenes, que tiene como
escenario
frecuente las propias escuelas, está lejos de ser un rasgo exclusivo
de los
Estados Unidos. En Inglaterra ha habido también algunos casos horripilantes,
como el de 1992, en que una pandilla de jovencitos apenas salidos de la
niñez reprodujeron una escena sádica de una película
de la serie de Chucky
con una niña, a la que torturaron salvajemente, durante horas, antes
de
matarla.
Peligro en la escuela
Y tengo siempre muy presente en la memoria un documental que vi en
Francia, hace un par de años, sobre la violencia en los colegios
de la banlieue
de París. No era nada demagógico ni alarmista; por el contrario,
era visible el
empeño del realizador en encarar el problema de manera "constructiva".
Mostraba, por ejemplo, que en un liceo los actos de violencia contra
estudiantes y profesores habían disminuido desde que se colocó
un detector
de metales en la puerta principal -la única accesible-, que permitía
retirarles
de los bolsillos a los alumnos las navajas, manoplas, chavetas, punzones
y, a
veces, armas de fuego que pretendían introducir en el colegio.
El momento más intenso del documental era una entrevista a una profesora
irrompible, todavía joven, que, sonriendo con convicción,
afirmaba: "Si uno
toma precauciones, se evitan los peligros". Ella y varios de sus colegas
lo
hacían. Por ejemplo, se daban cita en la puerta del metro, para
andar en
grupo las cuadras que distaban hasta el colegio, ya que buen número
de
agresiones contra los maestros tenían lugar en las vecindades del
local. Y lo
mismo a la salida de las clases. Incluso dentro del liceo había
que evitar los
pasillos, las aulas solitarias o los patios, y procurar siempre andar en
grupos,
o al menos por parejas, pues eso desalentaba a los eventuales agresores.
Para esta maravillosa mujer, que enseñantes o alumnos arriesgaran
su
integridad física y acaso sus vidas por ir a enseñar o a
estudiar no parecía
nada anormal, sino una inevitable condición de la vida social, una
banalidad
de la existencia.
En muchos órdenes, la realidad humana ha progresado extraordinariamente
desde que yo era niño.Pero tengo el convencimiento de que, en lo
relativo a
la violencia infantil y juvenil, ha empeorado. Yo estuve dos años
en un
internado militar, donde la crueldad era en cierto modo alentada como un
sesgo de la virilidad. Pero, comparadas con las hazañas sangrientas
que
suceden todo el tiempo en los colegios de nuestros días, las de
los cadetes
leonciopradinos parecen simpáticas mataperradas. Como no cabe concluir
de
ello que los niños de nuestro tiempo son más malvados que
los de hace
veinte o treinta años, conviene preguntarse qué ha ocurrido,
a qué se debe
esta tendencia destructiva que está convirtiendo las escuelas y
colegios de
nuestro tiempo en junglas y territorios bárbaros.
Armas al alcance de todos
Que las armas de fuego estén al alcance de cualquiera que pueda
comprarlas, como ocurre todavía en muchos estados norteamericanos,
algo
para el simple sentido común parece una aberración descomunal,
fue en un
principio una gran conquista democrática, un acto de fe en el ciudadano
libre,
dentro de una sociedad abierta, un reconocimiento de su capacidad para
actuar de manera responsable y de su derecho a defenderse si era atacado.
A
la larga, esta conquista libertaria se tornó en su opuesto, en una
oportunidad
extraordinaria para que los delincuentes y criminales realizaran su trabajo.
Sin
embargo, explicar la violencia juvenil por la facilidad con que en los
Estados
Unidos se adquiere un arma es insuficiente. Porque en Suiza, por ejemplo,
casi todos los ciudadanos tienen armas que les confía el Estado,
y sus
escuelas y colegios son bastante pacíficos.
La desintegración de la familia, rasgo constitutivo de las sociedades
modernas, es un factor que todas las investigaciones de sociólogos
y
psicólogos señalan como causa importante de la violencia
infantil. Niños sin
padre o sin madre, o con padres que apenas ven, pues el trabajo profesional
les absorbe la vida, se ven obligados a crecer rápido, a quemar
etapas, y
ejercitar la violencia es una de las más persuasivas maneras de
sentirse
adulto. Por otra parte, los vástagos de la civilización rechazan
la autoridad, ni
llegan a enterarse de que existe, porque la cultura imperante ha generalizado
la idea de que imponérsela a los niños es lacerarlos moral
y psíquicamente,
estropear su formación, violentarlos. Desde luego, los viejos métodos,
las
palizas y tormentos con que se solía educar a los niños en
el hogar en el
pasado, podían llegar a lo monstruoso, y generar traumas indelebles
en
éstos. Pero del exceso a la abolición de la autoridad hay
un largo trecho, y
exonerar a los niños de toda vigilancia y control, abandonarlos
a que
descubran por sí mismos lo que es bueno, malo o pésimo, o
dejar que se
encarguen de ellos las escuelas puede producir también graves
deformaciones en la personalidad y la conducta de niños y jóvenes,
empezando por la confusión, la falta de discernimiento moral.
Y esto último tiene nafastas consecuencias a la hora de crecer en
un entorno
social como el de los países modernos, impregnado de violencia.
¿Cuál es la
influencia que tienen en la conducta de los niños las escenas de
escalofriante
crueldad, de sadismo y salvajismo, que son tan frecuentes en los programas
de televisión, en los vídeos y en las películas? Éste
es un asunto delicadísimo.
Cada vez que alguien lo menciona, se enderezan muchas orejas y cunde un
justo pánico, pues parece que admitir esa influencia significa justificar
la
censura.
Delicada estructura
Los niños que en la televisión, en el cine, en el ordenador,
en las salas de
juegos de vídeos, reciben ese baño continuo de imágenes
que banalizan,
exaltan, mitifican y sacralizan la crueldad difícilmente pueden
actuar como
ángeles. Sobre todo, sabiendo, como sabemos por lo menos desde Freud,
que la inocencia y la bondad infantiles son mitos, que un niño es
una delicada
estructura psíquica cuyo gobierno se disputan instintos, apetitos
y emociones,
que con facilidad pueden volverse destructivos, o autodestructivos, y que
el
entorno familiar y social es en ello determinante.
¿Es la censura la solución? No, desde luego. Porque la censura
puede atajar la
violencia de las imágenes usando la tijera, pero sus tijeretazos
terminan
siempre por destruir la creatividad y la libertad, sin las cuales no hay
obra de
arte, ni verdadera cultura, ni, por supuesto, democracia. El único
posible
paliativo para frenar el efecto distorsionador en la personalidad de los
niños
de las imágenes violentas de los medios audiovisuales es un estricto
control
en la calificación y el acceso a las salas de exhibición
o a los programas
televisivos. Esto no va a acabar con el problema, desde luego, pero puede
al
menos atenuarlo.
La verdadera solución debería venir de la cultura, de unos
valores y patrones
estéticos y morales que condenaran al fracaso las obras que, como
Chucky o
Asesinos por naturaleza, constituyen una gratuita y estúpida exaltación
de la
crueldad y el crimen. Pero es obvio que esto no va a ocurrir. Por el contrario,
la violencia ha alcanzado un derecho de ciudad gracias en buena parte a
la
cultura, ella es uno de sus productos más refinados y está
aquí para
quedarse, pues ha venido entreverada entre los pliegues de la más
preciosa
conquista humana, que es la libertad a la que debemos las mejores cosas
que le han sobrevenido a la humanidad. Pero, ay, también algunas
malas.
Por eso, aunque parezca absurdo, cabe decir que de algún modo esta
invisible y hermosa señora ayudó a apretar el gatillo del
revólver con que su
compañerito de clase mató a Kayla Rolland, aquel infausto
martes, en aquella
aldea perdida de Flint.
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