La Nación
                      Sección Opinión
                      Fecha de publicación  08.03.2000
 

Juegos de niños
Por Mario Vargas Llosa El País

                     WASHINGTON

                     EL último día de febrero, en su clase de la escuela primaria de Blue, en las
                     afueras de Flint, a cien kilómetros de Detroit, la niña Kayla Rolland, de seis
                     años, reaccionó enfurecida cuando su vecino, un niño de su misma edad,
                     escupió en su carpeta. Y lo increpó. El niño, entonces, resentido sacó un
                     revólver de entre sus ropas. Y también una bala, que, alentado por un
                     compañerito, colocó en el tambor de su arma. "Tú a mí no me gustas", le dijo
                     a Kayla Rolland, a la vez que disparaba. La bala, que perforó la garganta de
                     Kayla, la mató media hora después.

                     En los últimos tres años han tenido lugar numerosos episodios de violencia
                     criminal en escuelas y colegios estadounidenses, aunque ninguno con
                     protagonistas tan pequeños como el de la escuelita de Blue. El más
                     espectacular ocurrió en el colegio secundario de Columbine, en Colorado, en
                     abril del año pasado. Dos alumnos, Eric Harris y Dylan Klebold, a los que los
                     miembros de los equipos de fútbol del colegio acostumbraban ridiculizar y
                     vejar, se armaron con metralletas, revólveres y bombas caseras, y
                     perpetraron, antes de suicidarse, una orgía de sangre de la que resultaron un
                     profesor y catorce estudiantes muertos, además de decenas de heridos. La
                     noche anterior, los adolescentes asesinos grabaron un vídeo en el que
                     explicaron con toda minucia, para la posteridad, lo que iban a hacer.

                     La violencia criminal entre niños y jóvenes, que tiene como escenario
                     frecuente las propias escuelas, está lejos de ser un rasgo exclusivo de los
                     Estados Unidos. En Inglaterra ha habido también algunos casos horripilantes,
                     como el de 1992, en que una pandilla de jovencitos apenas salidos de la
                     niñez reprodujeron una escena sádica de una película de la serie de Chucky
                     con una niña, a la que torturaron salvajemente, durante horas, antes de
                     matarla.

                     Peligro en la escuela

                     Y tengo siempre muy presente en la memoria un documental que vi en
                     Francia, hace un par de años, sobre la violencia en los colegios de la banlieue
                     de París. No era nada demagógico ni alarmista; por el contrario, era visible el
                     empeño del realizador en encarar el problema de manera "constructiva".
                     Mostraba, por ejemplo, que en un liceo los actos de violencia contra
                     estudiantes y profesores habían disminuido desde que se colocó un detector
                     de metales en la puerta principal -la única accesible-, que permitía retirarles
                     de los bolsillos a los alumnos las navajas, manoplas, chavetas, punzones y, a
                     veces, armas de fuego que pretendían introducir en el colegio.

                     El momento más intenso del documental era una entrevista a una profesora
                     irrompible, todavía joven, que, sonriendo con convicción, afirmaba: "Si uno
                     toma precauciones, se evitan los peligros". Ella y varios de sus colegas lo
                     hacían. Por ejemplo, se daban cita en la puerta del metro, para andar en
                     grupo las cuadras que distaban hasta el colegio, ya que buen número de
                     agresiones contra los maestros tenían lugar en las vecindades del local. Y lo
                     mismo a la salida de las clases. Incluso dentro del liceo había que evitar los
                     pasillos, las aulas solitarias o los patios, y procurar siempre andar en grupos,
                     o al menos por parejas, pues eso desalentaba a los eventuales agresores.
                     Para esta maravillosa mujer, que enseñantes o alumnos arriesgaran su
                     integridad física y acaso sus vidas por ir a enseñar o a estudiar no parecía
                     nada anormal, sino una inevitable condición de la vida social, una banalidad
                     de la existencia.

                     En muchos órdenes, la realidad humana ha progresado extraordinariamente
                     desde que yo era niño.Pero tengo el convencimiento de que, en lo relativo a
                     la violencia infantil y juvenil, ha empeorado. Yo estuve dos años en un
                     internado militar, donde la crueldad era en cierto modo alentada como un
                     sesgo de la virilidad. Pero, comparadas con las hazañas sangrientas que
                     suceden todo el tiempo en los colegios de nuestros días, las de los cadetes
                     leonciopradinos parecen simpáticas mataperradas. Como no cabe concluir de
                     ello que los niños de nuestro tiempo son más malvados que los de hace
                     veinte o treinta años, conviene preguntarse qué ha ocurrido, a qué se debe
                     esta tendencia destructiva que está convirtiendo las escuelas y colegios de
                     nuestro tiempo en junglas y territorios bárbaros.

                     Armas al alcance de todos

                     Que las armas de fuego estén al alcance de cualquiera que pueda
                     comprarlas, como ocurre todavía en muchos estados norteamericanos, algo
                     para el simple sentido común parece una aberración descomunal, fue en un
                     principio una gran conquista democrática, un acto de fe en el ciudadano libre,
                     dentro de una sociedad abierta, un reconocimiento de su capacidad para
                     actuar de manera responsable y de su derecho a defenderse si era atacado. A
                     la larga, esta conquista libertaria se tornó en su opuesto, en una oportunidad
                     extraordinaria para que los delincuentes y criminales realizaran su trabajo. Sin
                     embargo, explicar la violencia juvenil por la facilidad con que en los Estados
                     Unidos se adquiere un arma es insuficiente. Porque en Suiza, por ejemplo,
                     casi todos los ciudadanos tienen armas que les confía el Estado, y sus
                     escuelas y colegios son bastante pacíficos.

                     La desintegración de la familia, rasgo constitutivo de las sociedades
                     modernas, es un factor que todas las investigaciones de sociólogos y
                     psicólogos señalan como causa importante de la violencia infantil. Niños sin
                     padre o sin madre, o con padres que apenas ven, pues el trabajo profesional
                     les absorbe la vida, se ven obligados a crecer rápido, a quemar etapas, y
                     ejercitar la violencia es una de las más persuasivas maneras de sentirse
                     adulto. Por otra parte, los vástagos de la civilización rechazan la autoridad, ni
                     llegan a enterarse de que existe, porque la cultura imperante ha generalizado
                     la idea de que imponérsela a los niños es lacerarlos moral y psíquicamente,
                     estropear su formación, violentarlos. Desde luego, los viejos métodos, las
                     palizas y tormentos con que se solía educar a los niños en el hogar en el
                     pasado, podían llegar a lo monstruoso, y generar traumas indelebles en
                     éstos. Pero del exceso a la abolición de la autoridad hay un largo trecho, y
                     exonerar a los niños de toda vigilancia y control, abandonarlos a que
                     descubran por sí mismos lo que es bueno, malo o pésimo, o dejar que se
                     encarguen de ellos las escuelas puede producir también graves
                     deformaciones en la personalidad y la conducta de niños y jóvenes,
                     empezando por la confusión, la falta de discernimiento moral.

                     Y esto último tiene nafastas consecuencias a la hora de crecer en un entorno
                     social como el de los países modernos, impregnado de violencia. ¿Cuál es la
                     influencia que tienen en la conducta de los niños las escenas de escalofriante
                     crueldad, de sadismo y salvajismo, que son tan frecuentes en los programas
                     de televisión, en los vídeos y en las películas? Éste es un asunto delicadísimo.
                     Cada vez que alguien lo menciona, se enderezan muchas orejas y cunde un
                     justo pánico, pues parece que admitir esa influencia significa justificar la
                     censura.

                     Delicada estructura

                     Los niños que en la televisión, en el cine, en el ordenador, en las salas de
                     juegos de vídeos, reciben ese baño continuo de imágenes que banalizan,
                     exaltan, mitifican y sacralizan la crueldad difícilmente pueden actuar como
                     ángeles. Sobre todo, sabiendo, como sabemos por lo menos desde Freud,
                     que la inocencia y la bondad infantiles son mitos, que un niño es una delicada
                     estructura psíquica cuyo gobierno se disputan instintos, apetitos y emociones,
                     que con facilidad pueden volverse destructivos, o autodestructivos, y que el
                     entorno familiar y social es en ello determinante.

                     ¿Es la censura la solución? No, desde luego. Porque la censura puede atajar la
                     violencia de las imágenes usando la tijera, pero sus tijeretazos terminan
                     siempre por destruir la creatividad y la libertad, sin las cuales no hay obra de
                     arte, ni verdadera cultura, ni, por supuesto, democracia. El único posible
                     paliativo para frenar el efecto distorsionador en la personalidad de los niños
                     de las imágenes violentas de los medios audiovisuales es un estricto control
                     en la calificación y el acceso a las salas de exhibición o a los programas
                     televisivos. Esto no va a acabar con el problema, desde luego, pero puede al
                     menos atenuarlo.

                     La verdadera solución debería venir de la cultura, de unos valores y patrones
                     estéticos y morales que condenaran al fracaso las obras que, como Chucky o
                     Asesinos por naturaleza, constituyen una gratuita y estúpida exaltación de la
                     crueldad y el crimen. Pero es obvio que esto no va a ocurrir. Por el contrario,
                     la violencia ha alcanzado un derecho de ciudad gracias en buena parte a la
                     cultura, ella es uno de sus productos más refinados y está aquí para
                     quedarse, pues ha venido entreverada entre los pliegues de la más preciosa
                     conquista humana, que es la libertad a la que debemos las mejores cosas
                     que le han sobrevenido a la humanidad. Pero, ay, también algunas malas.
                     Por eso, aunque parezca absurdo, cabe decir que de algún modo esta
                     invisible y hermosa señora ayudó a apretar el gatillo del revólver con que su
                     compañerito de clase mató a Kayla Rolland, aquel infausto martes, en aquella
                     aldea perdida de Flint.
 

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