Los pies de Fataumata
Por Mario Vargas Llosa Para La Nación
BARCELONA NO conozco a esa señora, pero su exótico nombre,
Fataumata
Touray; su país de origen, Gambia, y su residencia actual, la catalana
ciudad
de Banyoles, me bastan para reconstruir su historia. Una historia vulgar,
comparable a la de millones de mujeres que nacieron en la miseria y
probablemente morirán en ella. Sería estúpido llamar
trágico a lo que le ha
ocurrido, porque, ¿acaso hay algo, en la vida de esta señora,
que no merezca
ese calificativo teatral? Para Fataumata y los suyos morir trágicamente
es
morir de muerte natural.
No necesito ir al hospital Josep Trueta, de Girona, donde ahora están
soldándole las costillas, las muñecas, los huesos y los dientes
que se rompió
al saltar por una ventana del segundo piso del edificio donde vivía,
para
divisar su piel color ébano oscuro, su pelo pasa, su nariz chata,
sus gruesos
labios, esos dientes que fueron blanquísimos antes de quebrarse,
sus ojos
sin edad y sus grandes pies nudosos, hinchadísimos de tanto caminar.
Son esos enormes pies agrietados, de callos geológicos y uñas
violáceas, de
empeines con costras y dedos petrificados, lo que yo encuentro más
digno de
admiración y reverencia en la señora Fataumata Touray. Allá,
en el África
bárbara, echando a correr a tiempo, esos pies no la salvaron sin
duda de la
"castración" femenina que practican en las niñas muchas familias
musulmanas, pero sí de alguna fiera, o de plagas, o de esos semidesnudos
y
tatuados enemigos que, por tener otro dios, hablar en otra lengua o haber
heredado otras costumbres, estaban empeñados en hacerla desaparecer
a
ella, sus parientes y toda su tribu.
Ilusión de tranquilidad
Aquí, en la civilizada España, en la antiquísima Cataluña,
esos pies alertas la
salvaron de las llamas en que querían achicharrarlos a ella y a
buen número
de inmigrantes de Gambia otros enemigos, tatuados también probablemente,
y sin duda rapados, y desde luego convencidos, como aquellos salvajes,
de
que Fataumata y su tribu no tienen derecho a la existencia, que el mundo
-Europa, España, Cataluña, Banyoles- estaría mucho
mejor sin su negra
presencia.
Metiendo las manos en el fuego para que me crean, afirmo que el viaje
protagonizado por esos pies formidables desde Gambia hasta Banyoles
representa una odisea tan inusitada y temeraria como la de Ulises de Troya
a
Ítaca (y acaso más humana). Y, también, que lo que
dio fuerzas a la mujer
encaramada sobre esos peripatéticos pies mientras cruzaba selvas,
ríos,
montañas, se apretujaba en canoas, sentinas de barcos, en calabozos
y
pestilentes albergues infestados de ratas era su voluntad de escapar, no
de
las flechas, las balas o las enfermedades, sino del hambre. Del hambre
vienen huyendo esos pies llagados desde que Fataumata vio la luz (en una
hamaca, en un claro del bosque o a orillas de un arroyo), del estómago
vacío
y los vértigos y calambres que da, de la angustia y la rabia que
produce no
comer y no poder dar de comer a esos esqueletitos con ojos que en maldita
hora parió.
El hambre hace milagros, estimula la imaginación y la inventiva,
dispara al ser
humano hacia las empresas más audaces. Miles de españoles,
que hace cinco
siglos pasaban tanta hambre como Fataumata, escaparon de Extremadura,
Andalucía, Galicia, Castilla, y realizaron esa violenta epopeya:
la conquista y
colonización de América. Fantástica hazaña,
sin duda, de la que fueron
partícipes, entre muchísimos otros, mis antecesores paternos,
los
hambrientos Vargas, de la noble y hambrienta tierra de Trujillo. Quiero
decir
con esto que la señora Fataumata Touray, a la que quisieron quemar
viva en
Banyoles por invadir tierras ajenas y tener una piel, una lengua y una
religión
distintas de las de los nativos, es, aunque a simple vista no lo parezca,
una
hembra de la raza de los conquistadores.
Hace apenas cuarenta años, otra oleada de miles de miles de españoles
(no
es excesivo suponer que entre ellos figuraban algunos tíos, abuelos
y hasta
padres de los incendiarios de Banyoles) se esparció por media Europa,
ilusionada con la idea de encontrar un trabajo, unos niveles de vida, unos
ingresos que la España pobretona de entonces era (como la Gambia
de hoy a
Fataumata) incapaz de ofrecerles. En Alemania, en Suiza, en Francia, en
Inglaterra, trabajaron duro, sudando la gota gorda y aguantando
humillaciones, discriminaciones y desprecios sin cuento, porque eran distintos,
los negros de la Europa blanca.
Ésa es vieja historia ya. Los españoles ya no necesitan ir
a romperse los
lomos en las fábricas de la Europa próspera, para que las
familias murcianas
o andaluzas puedan parar la olla. Ahora cruzan los Pirineos para hacer
turismo, negocios, aprender idiomas, seguir cursos y sentirse europeos
y
modernos. No hay duda de que lo son. España ha prosperado muchísimo
desde aquellos años en que exportaba seres humanos, como hace ahora
Gambia. Y la memoria es tan corta, o tan vil, que un buen número
de
españoles ya han olvidado lo atroz que es tener hambre, y lo respetable
y
admirable que es querer escapar de ella. Y se dan el lujo de despreciar,
discriminar (y hasta querer carbonizar) a esos negros inmigrantes que afean
el paisaje urbano.
No debía de irle tan mal a Fataumata en Banyoles, cuando se quedó
en esa
bonita localidad, y puso a sus grandes pies a descansar. ¿Pensaba
que había
llegado por fin la hora de la tranquilidad, de estarse quieta? Vaya ilusión.
Fataumata lo supo en la madrugada del 19 de julio, cuando, en la vivienda
de
inmigrantes de la calle de Pere Alsis donde vive, la despertaron las llamas
y
la sofocación, y sus rápidos pies la hicieron saltar de la
tarima y, luego de
descubrir que las lenguas de fuego ya se habían comido la escalera
(los
incendiarios sabían lo que hacían), la lanzaron por una ventana
al vacío. Esos
pies le evitaron una muerte atroz. ¿Qué importan esos estropicios
que acaso
le inutilicen las manos, las piernas, e impidan a su boca masticar, si
la
alternativa era la pira? En cierto sentido, hasta cabría decir que
Fataumata es
una mujer con suerte.
Ésta es una historia banal en la Europa de finales del segundo milenio,
donde
intentar quemar vivos a los inmigrantes de pieles o culturas o religiones
exóticas se va volviendo un deporte cada vez más extendido.
Hay que
guardar la serenidad e imitar el ejemplo del alcalde de Banyoles, señor
Pere
Bosch, y del consejero de Gobernación de la Generalitat, señor
Xavier Pomés.
Ambos, con una envidiable calma, han negado enfáticamente que lo
ocurrido
fuera un atentado racista. El señor Pomés ha añadido,
con énfasis y poco
menos que ofendido: "No se puede hablar de xenofobia en la capital del
Pla
de l'Estany". Bien, el prestigio de esa civilizada localidad queda inmaculado.
Pero, ¿cómo explicamos entonces que, con toda premeditación
y alevosía,
unas manos prendieran fuego a la vivienda donde dormían Fataumata
y sus
compatriotas? "Una gamberrada."
Cosas de muchachos
Ah, menos mal. Los jóvenes que quisieron convertir en brasas a Fataumata
Touray no son racistas ni xenófobos. Son gamberros. Es decir, muchachos
díscolos, traviesos, malcriados. Se aburrían y quisieron
divertirse un poco,
intentar algo novedoso y excitante. ¿No es típico de la juventud
transgredir la
regla, insubordinarse contra las prohibiciones? Se excedieron, desde luego,
nadie va a justificar lo que hicieron. Pero tampoco hay que magnificar
un
episodio en el que ni siquiera hubo muertos.
Esta explicación, inspirada en el noble patriotismo, sin duda, tiene
un talón de
Aquiles. ¿Por qué estos jóvenes enfermos de tedio,
nada racistas, no
quemaron la casa del alcalde, el señor Pere Bosch? ¿Por qué
esos muchachos
nada xenófobos no hicieron un raid con su galones de gasolina hacia
la
vivienda del consejero señor Pomés? ¿Por qué
eligieron el cuchitril de
Fataumata? Sé muy bien la respuesta: por pura casualidad. O, tal
vez, porque
las casas de los inmigrantes no son de piedra sino de materiales innobles
y
arden y chisporrotean muchísimo mejor.
¿Se sentirá aliviada la señora Fataumata Touray con
estas explicaciones?
¿Sobrellevará con más ánimo su probable cojera
y cicatrices ahora que sabe
que sus quemadores no son racistas ni xenófobos, sino unos chiquilines
majaderos? De lo que estoy totalmente seguro es de que, apenas salga del
hospital, sus sabios pies se echarán una vez más a andar,
a correr a toda
prisa, con rumbo desconocido, por los peligrosos caminos llenos de fogatas
de Europa, cuna y modelo de la civilización occidental.
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