La Nación
                     Sección Opinión
                     Fecha de publicación 05.10.1999
 

Los sicarios
Por Mario Vargas Llosa

                     MEDELLIN

                     LA localidad de Sabaneta se halla en las afueras de Medellín, separada de
                     esta ciudad por el pueblo de Envigado, que luce en su Plaza Mayor algunas
                     airosas casas coloniales. Sabaneta no tiene mucha gracia en lo que a
                     arquitectura se refiere. Su atracción principal, y acaso única, es su iglesia,
                     grande, blanca y bien tenida, o, mejor dicho, su altar, presidido por una María
                     Auxiliadora de túnica roja y manto azul, coronada y con el Niño en los brazos,
                     más conocida ahora como la Virgen de los Sicarios.

                     Fui a visitar Sabaneta un día martes laborable, a media tarde, y me llevé una
                     sorpresa, pues la iglesia estaba atestada (sólo Nicaragua puede competir con
                     Colombia en iglesias todavía repletas de gente) y un gran número de fieles
                     seguían el oficio desde el atrio y desparramados por la arbolada placita del
                     contorno, arrodillándose y santiguándose con devoción. Había hombres,
                     mujeres y niños, y, sobre todo, jóvenes. No tengo manera de saber cuántos
                     de ellos ejercían la antigua profesión de asesinos mercenarios que la manía
                     clasicista de los colombianos ha dignificado con un apelativo de raigambre
                     latina, sicario, pero todo parece indicar que muchos lo eran, o lo serán, o
                     sueñan con serlo.

                     Además de formar parte de la vida social y política de Colombia, los sicarios
                     constituyen también, como los cowboys del Oeste norteamericano o los
                     samuráis japoneses, una mitología fraguada por la literatura, el cine, la
                     música, el periodismo y la fantasía popular, de modo que, cuando se habla
                     de ellos, conviene advertir que se pisa ese delicioso y resbaladizo territorio, el
                     preferido de los novelistas, donde se confunden ficción y realidad. El sicario
                     prototípico es un adolescente, a veces un niño de doce o trece años, nacido y
                     crecido en el submundo darwiniano de las "comunas", barriadas de pobres,
                     desplazados y marginales que han ido escalando las faldas de las montañas
                     que cercan a Medellín. Vistas de lejos, desde el valle o las calles de la ciudad,
                     las comunas parecen apacibles, y de noche, bellísimas _un manto de
                     luciérnagas_, pero en verdad impera en ellas una indecible violencia, atizada
                     por la miseria, el desempleo, la desesperanza, la droga, la corrupción y una
                     criminalidad sin freno, cuyo emblema y epifenómeno es precisamente el
                     sicario.

                     La institución proporciona dinero fácil, aventura, riesgo y diploma de virilidad,
                     de modo que no es extraño que niños y jóvenes de vidas embotelladas y sin
                     esperanza, vean en ella una tabla de salvación. El sicario se alquilaba al
                     principio casi exclusivamente a los narcos, pero luego el espectro de los
                     empleadores se amplió, y abarca ahora a paramilitares, grupos políticos,
                     pandillas y particulares ansiosos de liquidar a un enemigo, deshacerse de un
                     socio incómodo o enviudar de prisa. El precio de un crimen varía con las
                     fluctuaciones de la oferta y la demanda; en septiembre de este año, una vida
                     humana en Medellín valía dos mil cuatrocientos dólares.

                     Ritos de iniciación

                     Para graduarse de sicario hay que pasar ciertas pruebas, como para ser
                     caballero en la Edad Media. La más severa, termómetro de la sangre fría del
                     aspirante, consiste en matar a un pariente cercano, pero más común es la de
                     apostarse ante un semáforo y descerrajarle un tiro al primer automovilista
                     detenido por la luz roja. Quien aprueba tiene derecho a su caballo, es decir, a
                     su moto y su arma de fuego. Es entonces cuando el joven va a postrarse a los
                     pies de la Virgen de Sabaneta y hacer bendecir los tres escapularios que
                     llevará siempre encima, uno en la muñeca, para el pulso; otro en el corazón,
                     para proteger su vida, y el último en el tobillo, por dos razones: para escapar
                     a tiempo y para que la cadena de la moto no se lo dañe demasiado. (Al
                     disparar, desde la moto en marcha, el sicario mantiene el equilibrio apretando
                     los talones contra su máquina, como el jinete los ijares de su montura, y con
                     frecuencia la cadena de la moto lo hiere. ƒsa es la razón, me aseguran, de
                     que la cirugía plástica del tobillo sea, en los hospitales "paisas", la más
                     avanzada del mundo.)

                     Antes de salir a hacer su trabajo, el sicario hierve las balas de su arma en
                     agua bendita. Después se hierve a sí mismo con tragos de aguardiente y
                     jalones de droga. Vacunado de este modo contra los escrúpulos y las
                     emociones, está en condiciones óptimas para hacer un trabajo eficiente.

                     Suelen morir jóvenes, a veces tiroteados por la policía, pero más a menudo
                     por otros sicarios, debido a disputas territoriales o liquidados por orden de sus
                     propios empleadores, que les perdieron la confianza. Sabedores de lo
                     precaria que es su existencia, la viven a cien kilómetros por hora, quemando
                     enseguida lo que ganan por sus asesinatos en droga, trago, música, sexo (y
                     algunos exvotos a María Auxiliadora).

                     Apocalipsis y esperanza

                     ¿Cuánto de esto es cierto y cuánto imaginación? No lo sé. El país anda muy
                     mal, desde luego, desgarrado por el terrorismo, las guerrillas, el narcotráfico,
                     los paramilitares, una cancerosa corrupción, los delincuentes comunes (la
                     próspera industria del secuestro, en especial) y una gran desilusión con el
                     presidente Pastrana, cuyo plan de paz despertó inmensas expectativas. Pero,
                     esto lo sabe ya todo el mundo, gracias a los medios que presentan a
                     Colombia como un país en vías de delicuescencia.

                     Lo que no se sabe en el extranjero es que, junto a las desgracias que
                     Colombia padece, hay en este país muchas cosas que andan mejor que en
                     otras partes, empezando por los países vecinos.

                     En el Perú, la frágil democracia no sobrevivió al terrorismo de Sendero
                     Luminoso y la inflación, y los peruanos sufren desde 1992 un régimen
                     autoritario, con un fantoche civil al frente, y una pandilla militar de
                     torturadores y asesinos en la sombra, que preside el celebérrimo capitán
                     Vladimiro Montesinos, personaje digno de figurar en la Historia universal de la
                     infamia, de Borges. La democracia venezolana ha quedado maltrecha debido
                     a la demagogia y la corrupción y nadie sabe si saldrá indemne del populismo
                     cesarista del comandante Chávez. En Colombia, en cambio, pese a los
                     cataclismos sociales y políticos, hay todavía una legalidad, una prensa libre,
                     unas fuerzas militares sometidas al poder civil, y un consenso muy amplio en
                     contra del golpe militar. Esto justifica siempre la esperanza, aun en medio del
                     apocalipsis.

                     Y otra cosa que en Colombia va bien, muy bien, es la cultura. Cuando la
                     realidad histórica, el suelo que se pisa, parece deshacerse y el horizonte se
                     nubla y los seres humanos se sienten sin orden ni concierto donde viven,
                     afanosamente buscan otros órdenes donde refugiarse, otras vidas y rumbos
                     más limpios, más bellos y más seguros que los que tienen a la mano. Nada
                     crea un ambiente más propicio y estimulante para la creación y el arte que
                     esta sensación de catástrofe y derrumbe social.

                     Efervescencia cultural

                     Estuve en Manizales, en el Festival de Teatro, y una muchedumbre codiciosa
                     de jóvenes abarrotaba los espectáculos y reía a carcajadas con una versión
                     desopilante y circense del Quijote, presentada por La Candelaria de Bogotá,
                     que dirige Santiago García. En la Feria del Libro de Medellín acaso no se
                     vendían tantos libros como libreros y editores esperaban (la devaluación del
                     peso y la crisis de la economía han golpeado con saña a los consumidores),
                     pero los lectores estaban allí, merodeando con avidez en torno a los estantes
                     y acudiendo en masa a las mesas redondas y conferencias literarias
                     convocadas por el Ateneo. Y el Festival Internacional de Arte de Cali, con su
                     exuberancia de exposiciones plásticas, conciertos, funciones de teatro y
                     danza, y charlas y debates literarios, denotaba una vitalidad y una energía
                     que hace tiempo no tenía ocasión de compartir (¡y eso que asisto a
                     festivales!).

                     Por eso, no es de extrañar que la literatura colombiana viva una efervecencia
                     creativa. Poetas, narradores, críticos, crecidos o noveles, publican sin cesar, y
                     sería difícil seguirles los pasos a todos, aun leyéndolos de sol a sol. A quien
                     este artículo le haya abierto el apetito sobre el tema de los sicarios,
                     recomiendo dos novelas que leí de un tirón durante mi viaje, las dos muy
                     divertidas sin dejar de ser terribles: La Virgen de los Sicarios, de Fernando
                     Vallejo, y Rosario Tijeras, de Jorge Franco Ramos.

                     La primera es mucho más literaria e intelectual, y la segunda, más ligera y
                     sentimental, pero ambas aprovechan con enorme ingenio y vivacidad de
                     lenguaje esa materia prima atroz que es la condición de los adolescentes
                     asesinos a sueldo de la violencia colombiana para edificar unas ficciones
                     llenas de garra, color y desenfado que, al mismo tiempo que hunden sus
                     raíces en experiencias desgarradoras, chisporrotean de libertad, humor,
                     insolencia y diatribas. Qué bueno que los escritores colombianos, azuzados
                     por los estragos que los rodean, vengan a salvarnos de las frivolidades de la
                     literatura light.
 

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