Los sicarios
Por Mario Vargas Llosa
MEDELLIN
LA localidad de Sabaneta se halla en las afueras de Medellín, separada
de
esta ciudad por el pueblo de Envigado, que luce en su Plaza Mayor algunas
airosas casas coloniales. Sabaneta no tiene mucha gracia en lo que a
arquitectura se refiere. Su atracción principal, y acaso única,
es su iglesia,
grande, blanca y bien tenida, o, mejor dicho, su altar, presidido por una
María
Auxiliadora de túnica roja y manto azul, coronada y con el Niño
en los brazos,
más conocida ahora como la Virgen de los Sicarios.
Fui a visitar Sabaneta un día martes laborable, a media tarde, y
me llevé una
sorpresa, pues la iglesia estaba atestada (sólo Nicaragua puede
competir con
Colombia en iglesias todavía repletas de gente) y un gran número
de fieles
seguían el oficio desde el atrio y desparramados por la arbolada
placita del
contorno, arrodillándose y santiguándose con devoción.
Había hombres,
mujeres y niños, y, sobre todo, jóvenes. No tengo manera
de saber cuántos
de ellos ejercían la antigua profesión de asesinos mercenarios
que la manía
clasicista de los colombianos ha dignificado con un apelativo de raigambre
latina, sicario, pero todo parece indicar que muchos lo eran, o lo serán,
o
sueñan con serlo.
Además de formar parte de la vida social y política de Colombia,
los sicarios
constituyen también, como los cowboys del Oeste norteamericano o
los
samuráis japoneses, una mitología fraguada por la literatura,
el cine, la
música, el periodismo y la fantasía popular, de modo que,
cuando se habla
de ellos, conviene advertir que se pisa ese delicioso y resbaladizo territorio,
el
preferido de los novelistas, donde se confunden ficción y realidad.
El sicario
prototípico es un adolescente, a veces un niño de doce o
trece años, nacido y
crecido en el submundo darwiniano de las "comunas", barriadas de pobres,
desplazados y marginales que han ido escalando las faldas de las montañas
que cercan a Medellín. Vistas de lejos, desde el valle o las calles
de la ciudad,
las comunas parecen apacibles, y de noche, bellísimas _un manto
de
luciérnagas_, pero en verdad impera en ellas una indecible violencia,
atizada
por la miseria, el desempleo, la desesperanza, la droga, la corrupción
y una
criminalidad sin freno, cuyo emblema y epifenómeno es precisamente
el
sicario.
La institución proporciona dinero fácil, aventura, riesgo
y diploma de virilidad,
de modo que no es extraño que niños y jóvenes de vidas
embotelladas y sin
esperanza, vean en ella una tabla de salvación. El sicario se alquilaba
al
principio casi exclusivamente a los narcos, pero luego el espectro de los
empleadores se amplió, y abarca ahora a paramilitares, grupos políticos,
pandillas y particulares ansiosos de liquidar a un enemigo, deshacerse
de un
socio incómodo o enviudar de prisa. El precio de un crimen varía
con las
fluctuaciones de la oferta y la demanda; en septiembre de este año,
una vida
humana en Medellín valía dos mil cuatrocientos dólares.
Ritos de iniciación
Para graduarse de sicario hay que pasar ciertas pruebas, como para ser
caballero en la Edad Media. La más severa, termómetro de
la sangre fría del
aspirante, consiste en matar a un pariente cercano, pero más común
es la de
apostarse ante un semáforo y descerrajarle un tiro al primer automovilista
detenido por la luz roja. Quien aprueba tiene derecho a su caballo, es
decir, a
su moto y su arma de fuego. Es entonces cuando el joven va a postrarse
a los
pies de la Virgen de Sabaneta y hacer bendecir los tres escapularios que
llevará siempre encima, uno en la muñeca, para el pulso;
otro en el corazón,
para proteger su vida, y el último en el tobillo, por dos razones:
para escapar
a tiempo y para que la cadena de la moto no se lo dañe demasiado.
(Al
disparar, desde la moto en marcha, el sicario mantiene el equilibrio apretando
los talones contra su máquina, como el jinete los ijares de su montura,
y con
frecuencia la cadena de la moto lo hiere. ƒsa es la razón, me aseguran,
de
que la cirugía plástica del tobillo sea, en los hospitales
"paisas", la más
avanzada del mundo.)
Antes de salir a hacer su trabajo, el sicario hierve las balas de su arma
en
agua bendita. Después se hierve a sí mismo con tragos de
aguardiente y
jalones de droga. Vacunado de este modo contra los escrúpulos y
las
emociones, está en condiciones óptimas para hacer un trabajo
eficiente.
Suelen morir jóvenes, a veces tiroteados por la policía,
pero más a menudo
por otros sicarios, debido a disputas territoriales o liquidados por orden
de sus
propios empleadores, que les perdieron la confianza. Sabedores de lo
precaria que es su existencia, la viven a cien kilómetros por hora,
quemando
enseguida lo que ganan por sus asesinatos en droga, trago, música,
sexo (y
algunos exvotos a María Auxiliadora).
Apocalipsis y esperanza
¿Cuánto de esto es cierto y cuánto imaginación?
No lo sé. El país anda muy
mal, desde luego, desgarrado por el terrorismo, las guerrillas, el narcotráfico,
los paramilitares, una cancerosa corrupción, los delincuentes comunes
(la
próspera industria del secuestro, en especial) y una gran desilusión
con el
presidente Pastrana, cuyo plan de paz despertó inmensas expectativas.
Pero,
esto lo sabe ya todo el mundo, gracias a los medios que presentan a
Colombia como un país en vías de delicuescencia.
Lo que no se sabe en el extranjero es que, junto a las desgracias que
Colombia padece, hay en este país muchas cosas que andan mejor que
en
otras partes, empezando por los países vecinos.
En el Perú, la frágil democracia no sobrevivió al
terrorismo de Sendero
Luminoso y la inflación, y los peruanos sufren desde 1992 un régimen
autoritario, con un fantoche civil al frente, y una pandilla militar de
torturadores y asesinos en la sombra, que preside el celebérrimo
capitán
Vladimiro Montesinos, personaje digno de figurar en la Historia universal
de la
infamia, de Borges. La democracia venezolana ha quedado maltrecha debido
a la demagogia y la corrupción y nadie sabe si saldrá indemne
del populismo
cesarista del comandante Chávez. En Colombia, en cambio, pese a
los
cataclismos sociales y políticos, hay todavía una legalidad,
una prensa libre,
unas fuerzas militares sometidas al poder civil, y un consenso muy amplio
en
contra del golpe militar. Esto justifica siempre la esperanza, aun en medio
del
apocalipsis.
Y otra cosa que en Colombia va bien, muy bien, es la cultura. Cuando la
realidad histórica, el suelo que se pisa, parece deshacerse y el
horizonte se
nubla y los seres humanos se sienten sin orden ni concierto donde viven,
afanosamente buscan otros órdenes donde refugiarse, otras vidas
y rumbos
más limpios, más bellos y más seguros que los que
tienen a la mano. Nada
crea un ambiente más propicio y estimulante para la creación
y el arte que
esta sensación de catástrofe y derrumbe social.
Efervescencia cultural
Estuve en Manizales, en el Festival de Teatro, y una muchedumbre codiciosa
de jóvenes abarrotaba los espectáculos y reía a carcajadas
con una versión
desopilante y circense del Quijote, presentada por La Candelaria de Bogotá,
que dirige Santiago García. En la Feria del Libro de Medellín
acaso no se
vendían tantos libros como libreros y editores esperaban (la devaluación
del
peso y la crisis de la economía han golpeado con saña a los
consumidores),
pero los lectores estaban allí, merodeando con avidez en torno a
los estantes
y acudiendo en masa a las mesas redondas y conferencias literarias
convocadas por el Ateneo. Y el Festival Internacional de Arte de Cali,
con su
exuberancia de exposiciones plásticas, conciertos, funciones de
teatro y
danza, y charlas y debates literarios, denotaba una vitalidad y una energía
que hace tiempo no tenía ocasión de compartir (¡y eso
que asisto a
festivales!).
Por eso, no es de extrañar que la literatura colombiana viva una
efervecencia
creativa. Poetas, narradores, críticos, crecidos o noveles, publican
sin cesar, y
sería difícil seguirles los pasos a todos, aun leyéndolos
de sol a sol. A quien
este artículo le haya abierto el apetito sobre el tema de los sicarios,
recomiendo dos novelas que leí de un tirón durante mi viaje,
las dos muy
divertidas sin dejar de ser terribles: La Virgen de los Sicarios, de Fernando
Vallejo, y Rosario Tijeras, de Jorge Franco Ramos.
La primera es mucho más literaria e intelectual, y la segunda, más
ligera y
sentimental, pero ambas aprovechan con enorme ingenio y vivacidad de
lenguaje esa materia prima atroz que es la condición de los adolescentes
asesinos a sueldo de la violencia colombiana para edificar unas ficciones
llenas de garra, color y desenfado que, al mismo tiempo que hunden sus
raíces en experiencias desgarradoras, chisporrotean de libertad,
humor,
insolencia y diatribas. Qué bueno que los escritores colombianos,
azuzados
por los estragos que los rodean, vengan a salvarnos de las frivolidades
de la
literatura light.
Copyright 2000 S.A. LA NACION | Todos los derechos reservados