Vargas Llosa, entre chivos y demonios

 

Por Edmundo Paz Soldán

 

Desde Ithaca, Nueva York


 

Hace más de una década que redescubrí a Mario Vargas Llosa. Yo vivía en Buenos Aires y estudiaba relaciones internacionales, por suerte en una mediocre universidad, pues ello me daba mucho tiempo libre para mi pasión verdadera, la literatura, también redescubierta entre los anaqueles de la calle Corrientes y las distraídas multitudes de la feria del libro. Me quedaba horas en la cama, tratando de agotar la opera omnia de mis autores favoritos. Uno de ellos era Varguitas (recuerdo a otros: Faulkner, Camus, Kafka). Volví a La ciudad y los perros, novela con la que había descubierto al escritor peruano en mi adolescencia en Cochabamba —el mejor lugar desde el cual leerlo—, y continué con La casa verde, Pantaleón, La tía Julia, etc. Me detuve cuando me faltaba una sola novela: Conversación en la Catedral. Se me ocurrió preservarla para aquel futuro momento de sequía en que no hubiera Vargas Llosa por ningún lado. Era ingenuo, no sabía que había Varguitas para rato, que siempre nos estaría esperando en algún periódico dominical para emboscarnos con su bien argumentado fanatismo, y que sus novedades literarias, memorias, trabajos críticos y compilaciones de artículos merodearían sin falta por los estantes y las vitrinas de las librerías y, ahora, de los supermercados.

 

La ambiciosa nueva novela de Vargas Llosa, La fiesta del Chivo (Alfaguara), recreación literaria de la dictadura de Trujillo en la República Dominicana (1930-1961), sin ser una obra maestra a la altura de La guerra del fin de mundo o Conversación (obra que por fin leí hace un par de meses, como preparativo para La fiesta), es una gran novela que no desmerece el canon del escritor peruano. No es, después de todo, fácil competir con Vargas Llosa, ni siquiera para el mismo Vargas Llosa.

 

La fiesta del Chivo pertenece al emblemático y estereotípico subgénero de la novela del dictador. El dictador se ha convertido para los escritores latinoamericanos en lo que los gangsters italo-americanos para los guionistas de Hollywood: figuras crueles y pintorescas, socorridos arquetipos del Mal con coloridas anécdotas para regalar. Eso no significa negar la autenticidad de la visceral repugnancia que Vargas Llosa siente hacia esa figura de nuestras historias. Si hay alguien que ha hecho el tema suyo, ese es él: ya Conversación en la Catedral treinta años atrás, si bien no suele ser considerada novela del dictador —porque, en otro facilismo, el personaje del dictador tiene que estar presente para que la novela forme parte del subgénero: como si Kafka no nos hubiera enseñado hace mucho que el poder funciona mejor cuando es tan invisible como Dios—, revelaba la corrupción moral de la sociedad peruana como consecuencia directa de la dictadura de Odría. Que otros escritores célebres coqueteen con los dictadores, y se precien de ser sus amigos personales; para Vargas Llosa el camino opuesto, las continuas declaraciones en contra de todo dictador o de todo sistema que se disfrace de democrático pero que en el fondo sea dictatorial: la "dictadura perfecta" del PRI en México; Fujimori, alguna vez elegido democráticamente —vencedor, vaya la paradoja, de Varguitas—, y ahora, esto lo saben amigos y enemigos, digno representante del autoritarismo rampante en nuestras sociedades.

 

La fiesta del Chivo está situada en dos tiempos narrativos: el de la noche del 30 de mayo de 1961, cuando ocurre el atentado que acaba con la vida de Trujillo, y el del presente, cuando Urania Cabral, regresa a la República Dominicana a ver a su padre, el senador Cabral, convertida en una exitosa abogada en Nueva York pero todavía traumatizada por su encuentro de adolescente con Trujillo, dos semanas antes de su muerte. Entre esos dos tiempos, Vargas Llosa nos presenta, con magistral dominio de la caracterización y del ritmo narrativo, las diversas historias de los conspiradores —Antonio de la Maza, Estrella Sadhala -- y de los acólitos al régimen —Johnny Abbes, director del Servicio de Inteligencia, y Henry Chirinos, el Constitucionalista Beodo: las cabezas represiva y jurídica de la dictadura. También aparecen Ramfis Trujillo, el siniestro playboy hijo de Trujillo, alguien que sólo ha heredado de su padre "el frenesí fornicatorio, la necesidad de tumbar mujeres en la cama para convencerse de su virilidad", y el presidente Balaguer. La novela es, en realidad, La fiesta de Balaguer, pues es este diminuto personaje quien se la roba: inescrutable y maquiavélico —maquiavélico por lo inescrutable— Balaguer pasa, a la muerte de Trujillo, de ser un "presidente pelele" a ser un Jefe auténtico, reconocido por "tirios y troyanos y, sobre todo, los Estados Unidos" (464). ¿Cómo lo logra? Ni siquiera Vargas Llosa, tan afecto a encontrar razones para todo —incluso la razón de la sinrazón—, está seguro de ello, pero, al respetar esa zona de sombra en el personaje, nos entrega una de sus creaciones más memorables: el Balaguer vargasllosiano maneja tantos hilos y es tan complejo como uno de los más grandes personajes del género novelesco, el conde Mosca de La cartuja de Parma (aunque su ascetismo lo haga muy diferente al apasionado Mosca).

 

Vargas Llosa ha hecho un gran trabajo de investigación para escribir esta novela. Uno de los defectos es que, a ratos, se nota: cuando Urania dialoga/monologa en voz alta con un padre enfermo incapaz de responderle, se puede decir que este es un gran recurso narrativo que simboliza la ruptura de la comunicación entre ambos. Sin embargo, mucho de lo que Urania dice es forzado, parece estar más dirigido al lector que a su padre (la anécdota sobre el "joven sabio Henríquez Ureña", por ejemplo). El capítulo once, en el que Trujillo cena con su viejo instructor de los marines, Simon Gittleman, incurre en lo mismo: Gittleman pregunta "De todas las medidas que ha tomado para hacer grande este país ¿cuál fue la más difícil?". Pregunta didáctica si las hay, que servirá para que Trujillo (y Vargas Llosa) informen al lector sobre uno de los capítulos mán sangrientos de la dictadura: 2 de octubre de 1937, cuando "Su Excelencia decidió cortar el nudo gordiano de la invasión haitiana" (hay una novela reciente sobre este episodio, The Farming of Bonesde la haitiano-americana Edwige Dandicat). Son estos momentos en que el escritor se ve rebasado por la historia los que impiden que La fiesta del Chivo, indiscutiblemente obra de un maestro, sea una obra maestra.

 

Entonces: si Vargas Llosa ya ha escrito la mejor novela de la dictadura —Conversación en La Catedral—, ¿tiene sentido para él volver al tema? La respuesta es afirmativa: como dice la enfermera del senador Cabral en la novela, Trujillo "sería un dictador y lo que digan, pero parece que entonces se vivía mejor" (127-28). Muchos dominicanos, continúa el narrador, "añoraban ahora a Trujillo. Habían olvidado los abusos, los asesinatos, la corrupción, el espionaje, el aislamiento, el miedo: vuelto mito el horror" (128). Esta nostalgia de las dictaduras es un proceso familiar a las sociedades latinoamericanas, y nunca, pese a todo, es excesivo recordar los grados de la corrupción y la abyección a los que las dictaduras someten a un pueblo. Podrá el Trujillo vargasllosiano encarnar la banalidad del Mal, podrá, con la excesiva demostración de su virilidad acoplada a sus disfunciones sexuales, recordarnos a otros dictadores literarios (sobre todo el de El otoño del Patriarca, también basado en parte en Trujillo), pero, aun así, es imposible prescindir de él: estamos condenados a escribir sobre él, Vargas Llosa lo sabe mejor que nadie. Dicen que hay que conocer la historia para no repetirla. En el caso latinoamericano, hay que conocer la historia para saber cuan patética y tristemente repetitiva es.

 

Por supuesto, treinta años no pasan en vano, y en el retorno hay más oscuridad, más violencia. En Conversación, el eje de la dictadura es Cayo Bermudez —Cayo Mierda—, un personaje patético por el cual el lector llega a sentir cierta compasión: no justificamos sus acciones, pero entendemos su resentimiento a esa sociedad racista que lo denigra por su condición mestiza, a esa élite que se relaciona con él por su poder, pero sin dejar de considerarlo un inferior. En La fiesta del Chivo, ya no hay forma de sentir compasión por la dictadura: los desmanes de sexo y violencia que la componen impiden cualquier forma de identificación. Las vívidas escenas de tortuna y brutalidad dejan en claro que si bien aquí no hay héroes perfectos, no hay tampoco —excepto, quizás, en Balaguer— ambigüedad posible: del lado de la luz, los conspiradores, los que se oponen a la dictadura; en las tinieblas, los que la defienden, con argumentos o sin ellos. Para otros autores la relatividad moral tan de moda en nuestros tiempos, la justificación de lo injustificable; no para Vargas Llosa, cuya visión melodramática de la vida es ideal para narrar el caos provocado por los excesos del deseo —de lujuria, de poder—, y extraer de éste, inconfundibles, el vicio y la virtud.

 

Por cierto, hay razones más personales para volver al tema: las obsesiones narrativas de la primera hora, que alimentan toda la obra posterior de un narrador, y la necesidad de saldar cuentas, de manera indirecta no tan indirecta, con Fujimori. Al volver al tema con Trujillo, ¿no está en el fondo Vargas Llosa hablando del régimen actual de Fujimori? ¿No hay una línea directa, por ejemplo, entre Johnny Abbes y Vladimiro Montesinos? "El coronel puede ser un demonio; pero al Jefe le sirve: todo lo malo se le atribuye a él y a Trujillo sólo lo bueno. ¿Qué mejor servicio que ése? Para que un gobierno dure treinta años, hace falta un Johnny Abbes que meta las manos en la mierda. Y el cuerpo y la cabeza, si hace falta. Que se queme. Que concentre el odio de los enemigos y, a veces, el de los amigos. El Jefe lo sabe y, por eso, lo tiene a su lado. Si el coronel no le cuidara las espaldas, quién sabe si no le hubiera pasado ya lo que a Pérez Jiménez en Venezuela, a Batista en Cuba y a Perú en Argentina". Para que existan los Chivos, se necesitan los Demonios; para que existan los Fujimoris, se necesitan los Montesinos.

 

 

EDMUNDO PAZ SOLDAN es boliviano, autor de la novela Río fugitivo y la colección de cuentos Amores imperfectos, ambos publicados por Alfaguara

 

 

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